Las estrellas al alcance de la mano

Fotos de Anton Akímov, subtítulado por Yegor Mostovschikov 

Cuando suena la frase: “Según sabrán, nuestros dispositivos se mueven por la superficie de Marte. Es algo… algo alucinante”, Faína Rubliova interrumpe a la tartamudeante joven diciendo: “No, no, Sveta. Eso no es así. ¿No ves que todo el mundo se distrae?”. La chica baja la mirada mientras Faína Rubliova, una señora enérgica de mediana edad y vestida con colores vivos enseña cómo se hace una visita guiada: “Dmitri, por favor, póngase detrás del mando”. Dmitri, un joven delgado, mueve las palancas y pone en funcionamiento un modelo del astromóvil de Marte, que con visible esfuerzo empieza a escalar un montículo de arena roja. “Ven, ahora la atención de los oyentes se centra en el objeto”, tranquiliza Rubliova a los futuros guías. Los compañeros de clase de Sveta y Dmitri, estudiantes del Instituto de Astronomía, adjunto a la Universidad Estatal de Moscú, que lleva el nombre del astrónomo y revolucionario Pável Sternberg, observan pensativos los esfuerzos del aparato y parece que ya han desconectado por completo de la clase.

Además del personal, hay obreros trabajando en las salas, las conversaciones son interrumpidas por el zumbido ensordecedor de las taladradoras y los golpes de los martillos. Todavía resulta difícil orientarse sin en los grandes espacios del nuevo edificio de techos altos y paredes blancas, ya que carece de indicadores, en lugar de los cuales, se han colocado provisionalmente folios DIN А4 con las inscripciones “Continuación de la exposición—> Cartel sobre la pared. Material: cristal. Tipo de letra y fondo de acuerdo con el estilo del Planetario”.

En vísperas de la inauguración del planetario, Faína Rubliova, directora científica, se dedica a preparar a los estudiantes del Instituto Sternberg para ser guías oficiales, restableciendo de esta manera la conexión perdida entre las generaciones: en la capital ha crecido una generación que si ha oído hablar del planetario, seguramente nunca lo haya visitado. Rubliova es testigo de la larga y, durante los últimos 17 años, trágica historia del Planetario de Moscú. Lleva 32 años trabajando aquí y es la única empleada que se ha quedado a trabajar en el planetario remodelado desde aquella lejana época anterior a 1994, cuando fuera cerrado por obras.

El sol soviético

En 1929, durante la inauguración del planetario prevista por un decreto del Soviet de Moscú, estuvieron presentes el primer vicecomisario del pueblo para Asuntos Exteriores, Maxim Litvínov, el catedrático Nikolái Semashko y el escritor Anatoli Lunacharski, mientras que el poeta Mayakovski dedicó unos versos a este teatro estelar. La creación del primer planetario de la Unión Soviética se convirtió en un acontecimiento importante: los alimentos escaseaban en el país y, sin embargo, los proletarios podían ver un cielo lleno de estrellas. Cada año los programas de la cúpula estelar se ampliaban y se complicaban tanto que las constelaciones celestes del edificio 5 de la calle Sadóvaia-Kúdrinskaia se convirtieron en el mayor espectáculo de la capital. Toda una diversión visual para las masas: debajo de la cúpula se elevaban las nubes, brillaba el cielo, volaban a gran velocidad los cometas, se eclipsaba el sol, pasaba el cohete de Tsiolkovski con su cola de fuego, y al final de la sesión, acompañada de solemne música, aparecía una proyección del aparato “El Sol Soviético”. Se empezó también a impartir un cursillo de astronomía donde cada año estudiaban hasta medio millar de escolares, había también un curso especial para pilotos y agentes militares, hacían prácticas los navegadores de la aviación polar y de larga distancia, y los primeros cosmonautas aprendieron astronavegación. Había también una plataforma astronómica y un observatorio. Incluso durante la guerra el planetario sólo fue cerrado durante dos meses.

Aunque tras la caída de la Unión Soviética, la vida del planetario pasó a un un período que podría resumirse periodístiamente con una sola frase: “Pasaron los años”. En 1994, Ígor Mikitásov, empresario proveniente del mundo del espectáculo, adquirió el 50% de las acciones de la recién creada sociedad anónima “Planetario de Moscú”. Mikitásov tenía intenciones de convertir el Planetario en un “centro contemporáneo de ciencia y ocio”, con un restaurante y otras atracciones comerciales, y cerró el edificio para su remodelación. Faína Rubliova, en aquel entonces directora del departamento de ciencia y metodología, recuerda que justo después del cierre, ella y otros 7 colegas que se habían quedado, llevaron todos los objetos de la exposición, los documentos, los archivos, los modelos de los planetas hechos a mano e incluso los viejos proyectores del cielo nocturno al edificio de al lado, donde los estuvieron protegiendo a modo de batallón de combate a pesar de que iba mermando cada año que pasaba.

Mikitásov pronto se quedó sin dinero, la búsqueda de inversores se convirtió en un conflicto con el intermediario del banco y finalizó con la apertura de un expediente penal. Más tarde, empezaron a tener lugar verdaderas guerras de las galaxias alrededor del planetario que al final terminaron en la adjudicación del 100% de las acciones al ayuntamiento, que destituyó a Mikitásov e invirtió en la reconstrucción 3.000 millones de rublos (alredodr de 74 millones de euros). Mikitásov calificó lo ocurrido como expropiación forzosa y abandonó el país. Es posible que haya habido una expropiación, pero el planetario ganó mucho con la aportación del presupuesto público. Toda la reconstrucción se redujo a una elevación de 6 metros en la altura y a la construcción de dos torres en el observatorio que sustituyeron a la antigua. Según recuerda Anastasia Kazántseva, en 2008, cuando llegó a trabajar una de las empleadas del nuevo planetario, el edificio parecía un piso de nueva construcción: paredes vacías y hormigón por todas partes.

Un universo interactivo


Los autores del proyecto intentaron construir un centro moderno. Las típicas abuelitas con números que abundan en los roperos rusos han sido sustituidas por percheros que se mueven solos por rieles, hay un cine 4D y ascensores para personas con movilidad reducida. Al entrar en el edificio, uno entra en el museo llamado Urano, la mayor parte de la colección la constituyen los objetos conservados por Faína Rubliova. En el centro del edificio hay una maqueta de un astrólogo rodeado de instrumentos antiguos para el estudio del cielo, libros y dibujos. En las vitrinas y los armarios se ven maquetas de aparatos y equipamientos espaciales así como una exposición dedicada a la historia del planetario: fotos, maquetas y dos grandes proyectores viejos. En las paredes hay pantallas incrustadas con videos espaciales y sonido de fondo.

En la segunda planta del museo hay una colección de meteoritos auténticos (los empleados declaran con orgullo que cada piedra extraterrestre tiene su propia documentación que confirma la autenticidad del objeto) y un modelo del sistema solar: mitades de planetas pintados a mano y situados sobre un suelo inclinado de cerámica negra. Más arriba todavía se sitúa lo más importante del teatro de las estrellas: una cúpula de 25 metros de diámetro y 1.000 metros cuadrados de superficie. En el centro de la sala se encuentra el famoso proyector Universarium M9, de Zeiss, parecido a la Estrella de la Muerte, capaz de mostrar con sus 32 objetivos 9.100 estrellas. Como el pueblo sigue pidiendo espectáculos como los de antaño, se están preparando espectáculos sobre las estrellas y las galaxias de 50 minutos de duración.

En el tejado del planetario se sitúa la Plataforma Astronómica que permanecerá abierta desde finales de primavera hasta principios del otoño. Está previsto que los niños que la visiten puedan apretar los botones, poner los mecanismos en movimiento y aumentar sus conocimientos sobre el funcionamiento del espacio que nos rodea. En realidad, los objetos aquí expuestos atraen a los visitantes de cualquier edad, aunque de momento sólo estén los guías, los obreros y las empleadas de limpieza.

Debajo del techo de la segunda planta hay tubos transparentes por los cuales se pueden lanzar cohetes que vuelan propulsados por motores de oxígeno e hidrógeno y después estallan. Si uno desvía los rayos de luz que se reflejan en los espejos hacia los paneles fotovoltaicos, empiezan a girar pequeños aviones. Hay una grúa con mando a distancia que permite coger, levantar y transportar “el terreno de Marte”. Con el contador Geiger se puede medir el nivel de radiactividad, con la antena manual de radio, recibir señales de radio, con un aparato de video, acoplar una nave espacial a la Estación Espacial Internacional. Pequeños tornados y minúsculos agujeros negros: uno gira una palanca y el agua situada en un cilindro largo va poco a poco formando un embudo que absorbe bolitas de goma. Hay una pantalla en la que uno puede, desde la Luna, acercar y ver cualquier estrella o cuerpo estelar. Una balanza que muestra lo que va a pesar uno en distintas partes de la galaxia: 1 kilo en Plutón, 190 en Júpiter, 30 en Marte y 10 en la Luna. Matraces con corriente de tránsito y plasma. Un modelo del Universo multidimensional, diferencias de superficies y tipos de terreno en distintas zonas de la Galaxia. En una esquina de la sala, una empleada de la limpieza, cuando no la ve nadie, hace volar asteroides en una gran pantalla y los hace chocar contra los planetas. El asteroide va zumbando hasta chocar contra la superficie de un planeta que empieza a echar humo y la pantalla indica el cuerpo celeste que acaba de ser aniquilado. Y una decena de objetos más, con botones, palancas y mandos de control que se pueden apretar, tirar y lanzar para ver qué va a pasa.

El nuevo planetario, siguiendo el ejemplo de los museos científicos europeos, hace hincapié en la fórmula educación + entretenimiento. La administración incluso llegó a restablecer los antiguos cursillos de astronomía: cada año saldrá una convocatoria para que alumnos de 5º y 6º hagan un curso de tres años de duración, por las tardes, dos horas a la semana. Después de pasar los exámenes finales, los que así lo deseen podrán quedarse a trabajar en el verano en el planetario haciendo de guías o de ayudantes en el observatorio.

Es una pregunta más bien retórica la de si al visitar el planetario va a haber más niños que decidan hacerse cosmonautas o astrónomos, pero el hecho de que en Moscú haya surgido un sitio donde uno pueda destruir Plutón o Saturno tirándoles un par de asteroides, parece todo un logro espacial en comparación con las promesas estatales sobre la modernización.

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