Una fiesta con lágrimas en los ojos

Fotos de Ruslan Sujushin

Fotos de Ruslan Sujushin

Sasha Uliánov marchó al frente de la Segunda Guerra a los 11 años. No fue, el frente le cayó encima cuando en las primeras horas de los bombardeos alemanes del 41 ardió el barrio de madera de Minsk en el que Sasha vivía con la abuela. La abuela se quedó como enfermera en el hospital y el pequeño se marcho al bosque, con los guerrilleros.

Distancia de trinchera


Hoy, 70 años después, aunque Alexandr Alexándrovich no tiene que huir ya de los fascistas ni ocultar civiles, de todas formas se inquieta. Vive en una típica región dormitorio de Moscú. Un derrengado edificio de nueve pisos. En cada entrada alguien bebiendo cerveza. La limpieza con lavandina con motivo de la fiesta apenas si disimula el olor a borrachera. El tío Sasha, como lo llaman, no se inmuta. Hoy, en la escuela, les contará la guerra a los jóvenes.

En vísperas del Día de la Victoria todas las escuelas de la ciudad invitan a los veteranos de la Gran Guerra Patria, escuchan sus relatos, cubren la mesa y les ofrecen conciertos. Entre los veteranos del barrio, unos veinte sobrevivientes, hay incluso héroes de la Unión Soviética. Uliánov se apresura hasta el lugar de reunión: la parada de ómnibus a unas veinte cuadras de casa. Como si no sintiera la edad ni el pesado saco con las condecoraciones.

-¡Felicidades! –saluda al veterano un guardia pero se calla sin poder explicar por qué, además de ellos, no hay nadie más. Aunque sorteando los autos se acerca otro saco con medallas.

-¡Bien! Pensaba que sería el primero. Vivo del otro lado de la calle.

-Nos adelantamos. Por algo somos guerrilleros –sonríe el tío Sasha y se cuadra ante el viejo camarada.

-¿Quieren sentarse?- pregunta el guardia sacando una silla.

-Somos jóvenes, 88 años, nos quedamos parados. ¡Qué te piensas!

Llega el micro escolar y de repente, de diferentes lados, se acercan los veteranos.

-No está Sídorov –advierte la mujer que ordena el contingente, al contarlos.

-Él ya no sale –le responden.

¡Recepción normal!


En el patio trasero de la escuela una formación de alumnos sobresalientes del quinto grado recibe a los veteranos. Los chicos observan con prevención a estos ancianos con gorras.

-Pero si están al aire libre –comenta un viejo operador de radio y se dirige a los chicos-. ¡Pasen, pasen! –Los escolares se turban un poco pero el maestro ya invita a todos a subir al tercer piso.

Por el camino, uno de los veteranos comparte un reciente encuentro: “se me acercaron en la calle unos cinco muchachos armenios. Miraron las medallas, las estrellitas. Lo más importante es que encontraron las palabras para felicitarme. Esto vale mucho. Los escolares también nos aman. Por cierto, dos veces al año: el 23 de febrero (antes el día del Ejército Rojo y hoy el Día del Defensor de la Patria) y el 9 de mayo.

Los altavoces escolares difunden canciones sobre la guerra, de las paredes cuelgan dibujos alusivos. Los propios escolares mientras tanto pasan por la instrucción de los maestros: a quién y a qué clase llevar, cómo dirigirse…

Algún maestro graba lo que ocurre en una cámara de video. La escuela no es una simple escuela estatal sino comercial, con dinero. Un enorme custodio que se aferró a un fotógrafo mientras los veteranos se distribuían por las aulas evidencia este estatus. Los periodistas dejaron de inquietarse con la criatura sólo cuando su protegido se precipitó a la planta baja sabiendo que hoy no habría clases.

Mientras tanto, los chicos se reparten los bancos con los veteranos.

20 minutos para el recuerdo

- ¿Durante la guerra usted era una nena? –le pregunta una pequeña a Svetlana Semiónovna.

-Soy de la generación de chicos que nacieron después de la guerra –comienza su relato una sonriente mujer, todavía no anciana-. Toda nuestra infancia la pasé en colas: por el kerosene, por el pan. ¿Medias? No sabíamos qué era eso. La compra de un retazo de tela para el vestido de graduación era una suerte increíble.

-¡Queridos niños, nuestro futuro! –la voz del ex operador de radio tiembla de emoción-. Tuvimos el gran honor de defender la Patria en nuestros años mozos. Teníamos 19 años cuando nos instruyeron en el comando de tropas. Los soldados podían ser mis padres –dice Piotr Ilich teniendo en cuenta la diferencia de edad pero es difícil que los chicos lo entiendan-. Yo los mandaba. La victoria la logramos con sangre y sudor. Moríamos por no tener con qué disparar, no alcanzaban las armas ni las municiones.

-Tuve que ir al ataque –recuerda otro-. Ocurrió un caso curioso: el alemán tiró su fusil y gritó “¡Ich bin Gall, Ich bin Gall!” (“¡soy francés, soy francés!”). Le tuve lástima y no le disparé, que se arreglara con los suyos. En ese combate me hirieron en la columna.

-Soy veterano del trabajo. Nací en 1933 y recuerdo cómo contemplaba los combates aéreos pensando que era entrenamiento y en realidad era la guerra –relata Iván Petróvich-. En la evacuación trabajé en una fábrica y luego de la guerra fui a la escuela. Por entonces no nos preocupaba el futuro, íbamos por un camino trillado: el campamento de pioneros, la escuela, el komsomol (juventud comunista) y luego del instituto la destinación laboral. No pensábamos sobre las cosas domésticas. Pensábamos cómo se desarrolla la ciencia, cómo no retrasarnos de los norteamericanos. Luego del instituto me destinaron a una fábrica donde producíamos motores para las naves cósmicas. El 12 de abril de 1961 estaba en la Biblioteca Lenin y escuché que Gagarin había regresado del cosmos. Me sentí orgulloso porque él no había volado ni para las Seychelles ni para Londres sino para nuestra querida patria. La guerra no terminó en 1945. Había comenzado la guerra fría. Cuando Gagarin voló al cosmos todo el mundo vio que con nosotros no se podían gastar bromas.

Toma la palabra un héroe de la Unión Soviética Gueorgui Antónovich Kuznetsov quien lee sus propios versos: “Sólo la muerte y los impuestos son inevitables… Alguien traicionó a los soldados triunfantes y borró del mapa el entrañable Stalingrado”, y agrega: “En Francia hay una plaza, una calle y una estación del metro que se llaman Stalingrado. Ellos saben desde dónde comenzó su liberación del fascismo. Lo que ahora tenemos nosotros es algo por lo que yo no combatí. Nosotros combatimos por otra cosa, por el socialismo”.

Después de las charlas, la maestra invita al concierto. Ella escuchó a los veteranos con emoción, a diferencia de los chicos. Resultó que en la familia de Zoia Alexándrovna también había un héroe de la Unión Soviética, condecorado con esta máxima orden combatiendo por su natal Daguestán. Así que ahora ella escucha a los veteranos con un sentimiento especial.

“Durante la guerra nadie preguntaba quién era tadzhiko o uzbeko –recuerda la mujer-. A todos los enterraban en una fosa común. Ahora de estos pueblos hacen terroristas. Daguestán es un lugar dejado de la mano de Dios, la gente con verdadera instrucción se marcha de allí. Den trabajo, den a la gente una idea. Es necesario cohesionar a todos los pueblos de nuestro país”.

En la conversación con ella surge el nombre de Vladímir Vladímirovich (Putin) quien “todo lo sabe” pero ¿por qué no presta atención?

Pese a todo, la victoria


En el salón de actos ya comenzó el espectáculo. Un ceceoso jovencito lee de un papel “sobre la guerra”. En un ángulo de la pantalla una cita del presidente: “Es muy importante conocer la historia además de interesarse simplemente en ella”. Los veteranos están sentados en las primeras filas y observan todo con atención. Los chicos que todavía no salieron a escena, deambulan en la entrada y alardean con sus celulares. Las chicas aparecen y desaparecen algunas con birretes en la cabeza, otras con zapatillas de baile. Los números se alternan uno tras otro e incluso cuando a los chicos algo no les sale bien –desaparece un tema o se rompe el micrófono- los veteranos continúan en un estado francamente alegre. Tampoco se niegan a cantar algo del repertorio del frente. El concierto se traslada sin alteraciones al refrigerio. Los veteranos, algo fatigados ya, son sentados ante amplias mesas y dejados solos: gracias a Dios, nadie ha suprimido todavía los cien gramos de vodka que daban en el frente.

Los alumnos finalmente son enviados a casa pero no todos se apresuran y, en general, no debido a los veteranos.

-¿Cuánto cobra por la hora de trabajo? Necesitamos fotos de nuestra fiesta de egresados-. Son las futuras egresadas que abordan al fotógrafo. Aparece una madre y con ella también la conversación es corta.

-Mamá, ¿entendiste todo lo del dinero?

Una exposición en el stand escolar arroja luz sobre el dinamismo de las jóvenes ladies: horario de clases, rating de asistencia y citas de Confucio y de Kant: “Sólo los más sabios y los más tontos no se prestan al aprendizaje” y “Enseñar no los pensamientos, sino a pensar”. O sea, nosotros no nos prestamos a aprender, sino que aprendemos a pensar.

Mientras los veteranos reposan, la vida en la escuela retorna a su cauce habitual: chillidos y corridas con tacones por los corredores y el desconocimiento del director de estudio, no demasiado severo al final del día de fiesta. De pronto, las chicas a coro comienzan a cantar “Este es el Día de la Victoria” y la canción es coreada también por los veteranos.

A casa


Finaliza el día, los veteranos son conducidos por la región y Alexandr Uliánov de nuevo retorna a su domicilio. En la entrada como siempre un hombre bebe cerveza, por cierto es uno distinto.

-Este es mi lugar de trabajo –el guerrillero se acerca a la computadora a través de montones vaya a saber de qué cosas pertenecientes a su hija, que nunca se muda al nuevo departamento recibido por ser madre de hijos numerosos.

“Hijos del regimiento” es un libro que escribió un alemán sobre los chicos guerrilleros. Aquí está su historia y muchas otras. Pero ahora ya no será posible escucharlas porque el antiguo guerrillero tiene por hoy otra tarea: celebrar el cumpleaños del hijo. A las apuradas el tío Sasha nos cuenta orgulloso que este año lo invitaron al desfile en la Plaza Roja. Antes no alcanzaban las entradas. En lugar de Uliánov iban al desfile el presidente del consejo barrial y sus dos vices, aunque ninguno de ellos estuvo en la guerra.

-El 9 por la tarde voy a la Casa del Cine. Me encontraré con los camarógrafos del frente. Quedaron sólo dos. ¡Venga!

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