Los gobernantes y los escritores viven en mundos diferentes

Es posible que el que empezara con esto fuera el propio Puskhin puesto que en pocos días era capaz de escribir versos con mensajes políticos contradictorios. Primero escribió su llamada a los revolucionarios decembristas: “Los pesados candados reventarán... En vuestra puerta os recibirá la libertad”.

Posteriormente, adoptó un tono de hombre de estado. “Con la esperanza de gloria y bondad/ sin temor miro al futuro./ Los gloriosos primeros días de Pedro/ estuvieron empañados por ejecuciones y alborotos”.

El significado es sencillo. Un par de oficiales y poetas han sido colgados y el resto de los agitadores enviado a Siberia, pero, ¿qué se puede hacer? Durante la época de Pedro el Grande pasaron cosas incluso peores. Aunque esto no acababa con la sed de gloria y bondad.

Un siglo después, Osip Mandelstam escribió: “...las autoridades son repugnates como las manos de un barbero”, para luego prometer “Si llegarás a intentar separarme de mi tiempo/ te juro, que te romperías tu propio cuello”.

El escritor ruso tiende a ser, simultáneamente, partidario de un estado fuerte y un revolucionario. Usamos “revolucionario” en un sentido amplio del término, y nos referimos principalmente a la libertad de espíritu. En este sentido, Maxim Gorki continuó esta tradición cuando se involucró en cuerpo y alma con la Revolución Bolchevique para acabar con la monarquía, y posteriormente pasó a servir de buena fe y fielemente al nuevo César. Algunas décadas antes, Fiodor Dostoievski estuvo a punto de ser ejecutado por subversivo mientras que pasó a la historia con una reputación de monárquico y conservador.

Si se examina la vida de cualquier gran escritor ruso se verá que un mismo autor es a menudo el difamador y el vilipendiado. Ahí están los ejemplos de Gogol, Leskov, Lev Tolstói, Chejov, Esenin, Pasternak, Leonid Leonov, Solzhenitsyn o incluso Brodsky. Reducir la obra de cualquier escritor soviético en una encarnizada lucha contra el régimen sería una burda simplificación, del mismo modo que la tosca interpretación de los investigadores soviéticos que no veían en los clásicos del siglo XIX más que odio al zar en cada línea de Lermontov o Turguéniev.

En los más de doscientos años de existencia de la literatura secular en Rusia, los hombres de letras y las autoridades han experiementado tanta atracción mutua como rechazo. Ambas partes siempre han dialogado entre sí y, en sentido histórico, ha sido una conversación entre iguales. Aunque la autoridad haya exterminado físicamente a los hombres de letras.

Tan solo a partir de la última década y media se ha producido un cambio cualitativo. Ni tan siquiera trataré de juzgar si ha sido para mejor o para peor. La verdad es que la literatura (y el arte en su conjunto) ya no es percibido por la autoridades como algo que dé sentido a la vida y que, por lo tanto, sea relevante a la hora de gobernar un país.

Nicolás primero fue el censor personal de Pushkin. Stalin escribió “¡Escoria!” en los márgenes de los libros de Andréi Platonov, mientras que Gorbachov entendió el valor de las palabras y coqueteó sinceramente con algunos encantadores.

Sin embargo, no puedo ni imaginarme a Dmitri Medvédev o Vladímir Putin como censores. Ni tan siquiera como atentos lectores o interlocutores del, digamos, esóterico posmodermo que es Víktor Pelevin. Tampoco puedo imaginar a Vladímir Putin leyendo las obras de Eduard Limonov, autor radical y líder del Partido Nacional Bolchevique, y escribiendo “¡Escoria!” en el margen. Y constituye un verdadero esfuerzo de la imaginación ver a la pareja en una discusión sobre la prosa realista psicológica de Vladímir Makanin.

De hecho, apenas puedo concebirlos como ávidos lectores en su tiempo libre. El presidente parece bastante feliz con sus aparatos electrónicos mientras que el Primer Ministro disfruta encima de sus skis o con su casco de piloto dentro de un caza. En definitiva, quizá la vida de un escritor nunca haya sido tan tranquila como lo es hoy. No hay miedo de ser gritado, abucheado o pisoteado. Todavía es más improbable que el escritor o sus amigos sean ahoracados por sedición. Actualmente, las autoridades y los escritores existen como entes separados y rara vez se encuentran, solamente ocurre a la hora de cumplir con los formalismos, de modo que sus reuniones carecen de significado.

Entonces, ¿qué pasa si Borís Akunin y Liudmila Ulítskaya se pronuncian en defensa de Mijaíl Jodorkovski? ¿Qué pasa si Borís Grebenshikov Kinchev, famosas estrellas del rock que resultan ser maravillosos poetas, escriben una carta en vísperas de año nuevo y expresan su deseo de que Jodorkovski no sea encarcelado por segunda vez? Aquí tenemos una democracia, ¿no es cierto? Si deseas escribir, hazlo; si quieres protestar, bienvenido seas.

En este tipo de democracia uno puede decir lo que piensa. Hablar sobre uno mismo, sobre el país, el futuro, las autoridades... sobre cualquier cosa. Lo único que pasa es que lo que puedas decir le da exactamente igual a los de arriba.

Zájar Prilepin nació en Riazan en 1975. Fue un soldado de las fuerzas especiales, es escritor y periodista de Novaya Gazeta. Famoso por sus críticas al gobierno. Está ampliamente reconocido en los círculos literarios y su obra ha sido traducida a diferentes idiomas.

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