El Bolshoi en Brasil concluye el primer año de una nueva era

Foto de Nilson Bastian

Foto de Nilson Bastian

La Escuela de Ballet del Teatro Bolshoi en Joinville (Santa Catarina) cumple 11 años y, para celebrar, la compañía hace una gran presentación.

El Bolshói de Moscú acaba de firmar un contrato con dos bailarines de su escuela en Joinville (Brasil). Erick Swolkin y Bruna Gaglianone embarcaron hacia la capital rusa y en septiembre formarán parte del elenco del ballet más famoso del mundo.

“Realmente, para un extranjero, es muy difícil entrar allí. Era un sueño lejano”, comparte Swolkin. El bailarín, que fue descubierto en una escuela de la periferia catarinense, ya comenzó a estudiar el idioma ruso para facilitar su adaptación.

Gaglianone, reclutada en Maranhão por la filial del Bolshói, también fue contratada por el teatro moscovita. Los dos bailarines pasaron diez años en la escuela de Joinville donde obtuvieron una formación clásica en el método ruso.

Pável Kazarián, supervisor general de la escuela, dice que es el primer caso en que el Bolshói contrata a los brasileños sin pasar por una etapa previa de prácticas. “Significa que la escuela está en el camino correcto, y los bailarines pueden soñar muy alto”, asegura Kazarián. 

La pareja estará presente en la función de reapertura del Bolshói, cuyo edificio principal se cerró por reformas hace seis años.La única filial de la compañía rusa Bolshoi en el mundo va llevar a Brasilia, por primera vez, el llamado ballet de repertorio. Luego de meses de trabajo duro, el 5 de mayo 90 alumnos, bailarines y profesores subirán al escenario de la Sala Villa Lobos, del Teatro Nacional, dispuestos a fascinar. “Estamos preparando algo grande, con producción nuestra. Habrá gente que nunca salió de Joinville, gente que nunca viajó en avión....Va a ser muy emocionante” dice el ruso Pável Kazarián, supervisor de la escuela en Santa Catarina.

Así como el Quijote cuando luchaba contra los molinos de viento, los creadores del proyecto de montar a fines de los años 1990 en Brasil -y lejos de las capitales- una escuela del más tradicional ballet ruso fueron vistos como locos. La conquista, ahora, debe ser celebrada con el espectáculo Gran suite de ballet Don Quijote, una nueva versión coreográfica de Vladímir Vasíliev, considerado el bailarín del siglo.

De Brasil para el mundo

Una de las estrellas de la compañía, la joven Bruna Gaglianone, de apenas 20 años, ya bailó en algunos de los escenarios más prestigiosos del mundo y conoce de cerca los desafíos de los escenarios tanto en Estados Unidos como en Rusia. 

Ella cuenta que, para la presentación en la capital federal, el montaje será de alto nivel y debe superar las expectativas. “La gente viene para igualarse con los rusos. Bailamos con ellos el año pasado y asistimos a muchos videos. Vamos a hacer algo lindo” afirmó la graciosa bailarina de aspecto menudo y aire de niña.

Gaglianone es el resultado de la Compañía Joven, uno de los proyectos sociales de la escuela del Bolshoi en Brasil, que frente a la dificultad para insertar a sus recién formados bailarines en el mercado mundial, creó un cuerpo de ballet propio, con base en el teatro de la escuela, en Joinville. Allí están los grandes talentos brasileños.

Desde 2007, cuando se contrató a cinco estudiantes, la compañía ya incorporó 19 egresados de la escuela. De ese grupo, ocho fueron contratados por grandes compañías de Austria, Estados Unidos, Polonia, Alemania y la consagrada formación brasileña de baile contemporáneo Grupo Corpo.

“Les damos el primer empleo en blanco. Ganan dinero, ayudan a la familia y ahorran para viajar a las audiciones. Si consiguen entrar en una compañía, para nosotros es un orgullo” explica Kazarián.

Estrategia bilateral

La escuela tiene importancia estratégica en las relaciones entre Brasil y Rusia. Además de ser la única filial de la compañía tradicional, es el mayor proyecto de intercambio cultural entre los dos países.

“La escuela une a los gobiernos. Está más allá de partidos políticos e intereses. Todo en la política cambia, pero el apoyo a la escuela continúa” destaca el supervisor, que recuerda las autoridades que ya estuvieron allí para admirar el proyecto. “El presidente Lula pasó por aquí y se convirtió en fan. Así como el embajador de Rusia y el director del Bolshoi de Moscú” agrega.

En sus once años de existencia, más de mil alumnos ya ensayaron en las salas del predio de 6 mil metros cuadrados, en Joinville. Decenas de estudiantes brasileños ya hicieron el curso de intercambio en Moscú, mientras que muchos bailarines, profesores y músicos rusos estuvieron en Santa Catarina. Este año, la escuela cuenta con 283 alumnos de 15 estados brasileños, además de tres alumnas argentinas. De ellos, el 95% está becado.

La mayor dificultad que enfrenta la escuela, de todos modos, es la de recaudar fondos. “Por ello es que estamos siempre detrás de cosas nuevas” dice Kazarián. Galina Krávtchenko, una de las fundadoras y primera profesora de la escuela, agrega: “cuando comenzamos teníamos sólo un espectáculo. Ahora, en nuestro repertorio están Gisele y Don Quijote, entre otros. Eso significa que tenemos algunos alumnos talentosos y que evolucionamos en la enseñanza”.

Hasta 60 alumnos por vacante

Los alumnos son elegidos por profesores calificados, en acaloradas reuniones -algunas con hasta 60 candidatos por vacante-. Esa competitividad, además de reforzar el prestigio del Bolshoi en Brasil, crea una responsabilidad en la enseñanza, destaca la profesora. “Tenemos un proceso de selección muy duro pero recibimos y enseñamos a aquellos que cumplen con los requisitos físicos. No hay diferencias entre brasileños   y rusos” enfatiza.

Pasar por la selección es apenas el inicio de un largo proceso que puede durar hasta ocho años. Para gran parte de los alumnos, ello significa dejar su ciudad natal y vivir en Joinville, lo que puede llegar a provocar un serio impacto. Todos reciben comida, atención médica, seguimiento físico y clases en escuelas de la ciudad. Los chicos que vienen de otros sitios van a las llamadas “Casas de los Estados”, una suerte de repúblicas estudiantiles financiadas por alianzas entre los gobiernos y la iniciativa privada y supervisadas por una madre.

En la Casa do Piauí, por ejemplo, viven diez estudiantes y una madre, Maria do Socorro. “Aquí la gente hace de todo para traer un poco de nuestra tierra natal, para quedarse con un gustito a su casa” dice.

Entre dibujos de edificios de la capital piauiense, Teresina, hechos por universitarios de la UFPI (Universidad Federal do Piauí), pasando por una sala repleta de bolsas para dormir y terminando por el arroz María Isabel, plato típico de ese estado, todo allí es amor a la tierra natal, rodeado de un clima de organización y disciplina.

Determinación

“A esos chicos no les resulta fácil renunciar a todo, ir hasta el otro lado del país y vivir en otro Estado, con otro acento y otro clima. Uno ayuda en lo que puede pero también mantiene el control” explica Socorro.

No es de extrañar que uno de los mayores problemas que enfrenta la escuela de Joinville (Santa Catarina) sea la deserción. Además de tener la rutina alterada, los alumnos enfrentan rigurosos ensayos.

Bruna Gaglianone recuerda que cuando entró había dos clases de 40 alumnos. En un determinado momento, ambas se juntaron y de los 80 apenas 10 se recibieron. “Es una vida de mucho sacrificio. El ballet es muy egoísta, quiere todo” dice.

Aún así, como buenos adolescentes, intentan burlar los límites con salidas nocturnas. “A veces hacemos fiestas los viernes, cuando es el cumpleaños de alguien. Y cuando llega el lunes pensamos ‘Dios ¿para qué  salí?’” bromea la joven bailarina. Esta vez, la fiesta será en Brasilia y el festejo, por cierto, va a atravesar el mundo.


Diego da Cunha

20 años, alumno del Ballet Bolshoi de Brasil

Diego da Cunha se inició en el baile cuando todavía vivía en Salvador (Bahía). No conocía la escuela y ni sabía lo que era el ballet, pero ya trabajaba en danza folclórica y contemporánea para colaborar en el sustento familiar. En 2006, una prueba cambió su vida: fue elegido para estudiar en el Bolshoi. Hoy, baila y asombra a gente del mundo entero con sus pasos.

 

Cuando llegaste ¿te extrañó la disciplina de la escuela?

La disciplina, la cultura, la estructura, el acento....Todo es muy distinto, la adaptación es difícil. La comida fue uno de los puntos más difíciles, el horario y el frío (de Joinville). Pero el sacrificio vale la pena si uno piensa que proviene de una familia pobre, llega aquí y consigue subir de nivel de vida y tener una educación. Ahora puedo llegar a cualquier escuela y decir que tengo diploma y que me gradué en el Ballet Bolshoi. Para ser profesor, coreógrafo o lo que sea, cuento ahora con esa posibilidad.

¿Cuál fue la influencia del ballet en tu vida?

Fue fundamental. Tengo hermanos que trabajan en Europa desde hace años, ganan su sueldo, viven allí...Mejoraron su nivel de vida. Gracias al arte, al proyecto.

Es una rutina difícil. ¿Pensaste alguna vez en largar todo?

Sabía que aquí tenía un futuro, que iba a ser diferente, que iba a conseguir mostrar algo distinto a las personas. Aún con dolor, con sacrificio. Vine aquí muy decidido. No debe extrañar que uno deje a toda su familia y su cultura para ir a vivir a otro Estado. Es para mejorar. Uno lo quiere o no, no hay otra opción.

¿Qué tenés planeado para después que te recibas?

Aquí es bárbaro, pero llega un momento en que hay que salir. Uno no puede quedarse parado en un solo lugar. Las compañías piden dos años de experiencia y yo ya los tengo.

¿Hubo prejuicios?

Hasta hoy duran los prejuicios pero más el miedo a perder el lugar. Además de ser negro y brasileño. Los europeos dicen: “tenía que ser brasileño para bailar de esa forma distinta”. Siempre se quedan maravillados con esa energía, con nuestra vida. Otros pueblos son sumamente fríos. A veces, a ellos les parece que falta “arte”.

 Galina Krávtchenko

Fundadora y una de las primeras profesoras de la escuela

 

Galina Krávtchenko fundó, prácticamente, la Escuela del Bolshoi Brasil, en donde está desde hace 11 años. Vino para vivir el sueño del marido Aleksandr Bogatiriov, quien falleció antes de ver realizado el proyecto que creó. Rígida en los entrenamientos, ella se derrite al hablar de los alumnos. “Mis chicas son recibidas bien en cualquier lugar. Dominan la técnica y eso me pone muy orgullosa” dice.

 

 ¿Cómo trabajan con los alumnos más nuevos?

Si en Rusia toda joven sueña con ser bailarina, aquí muchas chicas sólo vieron eso en la televisión. Cuando empiezan a entender de qué se trata, descubren que es necesario mucho trabajo. La clase y la presentación son cosas totalmente distintas. Por eso, en las primeras clases, van aprendiendo qué es el amor por el ballet. En cada clase se van volviendo fanáticas por el trabajo. Y en las últimas clases se vuelven apasionadas.

¿Y cómo reciben el trabajo duro?

Nadie acostumbra quejarse. Se quedan mal cuando hay algún golpe. Uno aprende por cansancio y en algún momento sentirá dolor. Eso es normal pero para ellos es difícil. Aunque todos entienden que eso forma parte de la profesión.

En sus clases, muchas veces usted se dirige a los alumnos con palabras en ruso....

No es tan frecuente. Cuando digo en ruso joroshó, significa que está ¡muy pero muy bien! Pero otras palabras las pronuncio muy poco....

Luego de 11 años ¿cambió la receptividad de los brasileños en relación al ballet?

Resulta difícil decirlo. Conozco el trabajo excepcional de las grandes compañías de Río de Janeiro y de San Pablo. Nuestro trabajo, además de traer algo de nuestra escuela para acá, consiste en hacer que el público brasileño conozca un poco de la tradición. Por ejemplo, cuando el Bolshoi comenzó a presentarse en Japón, nadie sabía cuándo aplaudir. A veces, salíamos del escenario en medio de un silencio total. Y ahora, cuando volví allí hace poco, noté que ya saben cuándo aplaudir, cuándo callar y cuándo hay algún momento dramático. Ya conocen el ballet. Entonces, al cabo de algunos años, logran entender. Lo mismo está ocurriendo con Brasil.


El Bolshói de Moscú acaba de firmar un contrato con dos bailarines de su escuela en Joinville (Brasil). Erick Swolkin y Bruna Gaglianone embarcaron hacia la capital rusa y en septiembre formarán parte del elenco del ballet. La pareja estará presente en la función de reapertura del Bolshói, cuyo edificio principal se cerró por reformas hace seis años.

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