Las “liebres” no pasarán

Imagen de Niyaz Karim

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Hace un mes el gobierno de Grecia, hundido en una fuerte crisis económica, anunció una medida drástica para luchar contra los pasajeros que van sin billete en el transporte público. En los últimos meses las autoridades griegas han subido los precios un 40% y también han convertido el viaje sin billete en un delito penal. La norma que había sido suspendida en 1994 ha vuelto al Código Penal. Además de una multa establece tres meses de prisión para aquellos que viajen de forma ilegal. ¿Y cómo se lucha en Moscú contra los pasajeros que se cuelan?

Todos a correr


Iba una vez en el tren de cercanías de Moscú acompañada por una amiga búlgara que estaba de visita en la capital. Cuando en medio del trayecto más de la mitad de los pasajeros de nuestro vagón se levantó y echó a correr hacia la salida, se quedó paralizada de miedo. Pensó que algo pasaba. Cuando le comenté que la gente estaba huyendo de los inspectores que acababan de entrar en el vagón, no se lo podía creer: “¿Tantos son los que viajan sin billete?” Pero la mayor sorpresa se la llevó unos segundos más tarde. El tren paró y toda esa muchedumbre se puso correr por el andén en la dirección contraria para colarse en el vagón anterior, es decir, por donde ya habían pasado los inspectores.Entonces entendió porque en ruso llaman “liebres” (zaitsy) a las personas que viajan sin billete. Uno tiene que estar en forma para correr desde un vagón a otro cargado de bolsas, abrigos de invierno o en unos tacones altísimos. Cuando los inspectores salieron del vagón, las “liebres” volvieron a ocupar sus asientos poco a poco. Uno de los estudiantes que estaba sentado en frente de nosotras preguntó a su amigo que viajaba con billete: “¿Qué te pasa? ¿Por qué no corres? ¿Has ganado la lotería?” y se echó a reír.

Un billete para salir


La mayoría de los pasajeros se niegan a pagar 220 rublos (5,5 euros) por un trayecto de cien kilómetros ya que lo consideran abusivo. Además, no les supone un gran problema saltar los torniquetes en la estación y huir de los inspectores. Las “liebres” más perezosas pueden comprar el billete por menos de la mitad en el mismo tren. Según las leyes rusas, los revisores no tienen derecho a multar al pasajero. Lo único que pueden hacer es ofrecerle comprar un billete. Es más, nadie espera que la “liebre” pague por todo trayecto, habitualmente se cobran unos kilómetros. Los inspectores pueden llamar a la policía sólo en caso de que el pasajero se niegue a realizar el pago o a salir del tren. Sin embargo, cualquier inspector preferirá soltar a la “liebre” antes que estar esperando a la llegada de un agente de policía.

El último obstáculo que espera a las “liebres” en su trayecto son los torniquetes en los puntos de llegada. Tienen dos opciones: saltar la máquina o acercarse a la “taquilla de salida” para comprar un “ticket de salida” por unos 24 rublos (0,6 euros). Parece un típico invento ruso hecho para la comodidad de las “liebres”. De esta manera, les facilitan una salida digna sin que tengan que arrastrarse por el suelo o dar grandes saltos. Les cobran un mínimo de 24 rublos por viaje, ya que nunca llegarían a pagar una cantidad mayor. No es de extrañar que la firma estatal Ferrocarriles Rusos (RZHD) declare que los trenes de cercanías de Moscú no resultan rentables debido a que la gran mayoría de pasajeros viaja sin pagar o paga menos de la mitad del precio del billete.

Las “liebres” saltan y se arrastran


También el metro de Moscú, los autobuses, los trolebuses y los tranvías están llenos de “liebres”. Aunque su número es bastante inferior en comparación con los trenes. Sin embargo, si nos acercamos a alguna de las estaciones que están comunicadas con las estaciones ferroviarias (como Komsomólskaya, Kíyevskaya, Kúrskaya, Pavelétskaya, etc.) en hora punta podremos comprobar que cada minuto hay alguna “liebre” que se cuela. ¿Cómo lo hacen? La inventiva de los pasajeros ilegales no tiene límites. La opción más segura es saltar el torniquete. Otra consiste en pasar pegado a la espalda de un pasajero que ha pagado. También se puede colar sujetando las puertas del torniquete con las manos o arrastrándose por el suelo, por debajo de la máquina sacrificando su abrigo. Si las “liebres” van en parejas, uno de los cómplices puede tapar con las manos los detectores que están al otro lado del torniquete y así abrir paso a su compañero.

Lo más curioso es que todas esas maniobras se realizan a plena luz del día y bajo la vigilancia de las cámara del metro y un vigilante que habitualmente es una mujer mayor que se conforma con un mísero sueldo. En teoría deberían detener a las “liebres” y llamar a la policía. En realidad una pobre abuela es incapaz de hacerle frente a un chico que pasa los días en el gimnasio.

Cuestión de principios

Serguéi Sobianin, nuevo alcalde de Moscú, ha declarado la “guerra” a las personas que viajan ilegalmente, pero las medidas tomadas hasta el momento hacen dudar en que esa lucha sea eficaz. Sobianin ha propuesto una subida de las multas en el transporte público. Hasta ahora la multa era de tan sólo 100 rublos (2,5 euros) por lo que pronto subirá hasta 1000 rublos (25 euros). Aún así, seguiría siendo una de las sanciones más bajas de Europa, aunque no se trata solamente de dinero. Hace falta encontrar mecanismos que hagan cumplir esas normas ya que el sistema existente hasta ahora ha demostrado su total fracaso.

Tal y como ha comentado a Rusia Hoy el servicio de prensa del Mosmetro, no existe una estadística exacta de la cantidad de los pasajeros que viajan sin billete y de las pérdidas que eso genera en el metro moscovita. Sin embargo, los expertos calculan que el número de personas que se cuela en el subterráneo se sitúa en torno al 5-10%. En este caso, se trata de una importante cantidad del dinero, si tenemos en cuenta que cada día viajan entre 8 y 9 millones de personas y que el precio de cada viaje es de 28 rublos (0,7 euros). Los drásticos métodos del gobierno griego pueden ser discutibles. Aún así, los de las autoridades moscovitas también despiertan muchas dudas. Cada vez son más las personas que se cuelan en el metro, en los trenes y los autobuses. Se está conviertiendo en deporte nacional huir de los inspectores, nadie se avergüenza de ello. Es más, muchos pasajeros que viajan sin tickets se sienten orgullosos porque lo consideran como parte de su lucha contra los abusivos precios del transporte. Y, por el momento, van ganando la batalla.

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