La respuesta rusa a la crisis libia, ¿cambio de paradigma?

Partidarios de Gadafi se manifiestan frente a Downing Street en  protesta por la acción militar emprendida por el Reino Unido, Estados Unidos y Francia contra Libia el 21 de marzo de 2011 en Londres, Inglaterra. Foto de Getty Images.

Partidarios de Gadafi se manifiestan frente a Downing Street en protesta por la acción militar emprendida por el Reino Unido, Estados Unidos y Francia contra Libia el 21 de marzo de 2011 en Londres, Inglaterra. Foto de Getty Images.

La cambiante situación en África del Norte y Oriente Medio ha colocado a Rusia frente a una serie de complejos desafíos en relación a su política exterior. La primera reacción frente a la crisis libia no sólo ha confundido a los analistas, sino que también ha permitido que se hable de una ruptura entre los líderes del país. Aún así, se espera que finalmente emerja una política rusa más madura y efectiva en la convulsa región.

Cuando el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó la resolución 1973, que establece una zona de exclusión aérea sobre Libia, muchos expertos en política exterior suponían que Rusia ejercería su derecho a veto con el argumento de que sería utilizada como pretexto para una operación militar en contra del régimen del coronel Muamar Gadafi. Sin embargo Rusia no vetó la resolución, sino que optó por abstenerse. Aunque en el momento en el que las fuerzas aéreas de una coalición internacional creada apresuradamente comenzaron a bombardear objetivos militares en Libia, Rusia condenó dichas acciones porque los ataques no solo se dirigieron contra objetivos militares, por lo que derivaron en numerosas muertes civiles.

Algunos analistas rusos consideraron que el comportamiento del país carecía de lógica. Argumentaban que si Rusia pretendía conservar sus intereses económicos en Libia (valorados, según algunos cálculos, en unos 70.000 millones de dólares aproximadamente) debería haber apoyado a la parte que presumiblemente saldrá vicotriosa, es decir, a los “rebeldes”, y entonces votar a favor de la Resolución 1973. Si, por el contrario, el Kremlin creía que Gadafi podía sobrevivir al ataque militar, entonces Rusia tendría que haber vetado la resolución y ayudar a Gadafi. Al abstenerse, Rusia se distanció de ambos lados del conflicto.

Además, se propagó la sensación de que algo había ido mal en el proceso de toma de decisiones. Sobre todo cuando arreciaron los rumores acerca del talante positivo a favor de la resolución por parte del presidente Dmitri Medvédev, y por otro lado, el rechazo del ministerio de Asusntos Exteriores que insistía vehementemente en vetarla. De modo que la abstención se percibía como una concesión. Una prueba de la tensión entre el Kremlin y el ministerio, fue el abrupto despido Valdímir Chamov, embajador en Libia, por parte de Medvédev. El presidente lo justificó por la “mala representación de la posición rusa en el conflicto libio”. Según se ha comentado, Chamov criticó al presidente por decidir no vetar la resolución.

Posteriormente, entro en escena el primer ministro Vladímir Putin. En una visita a una fábrica de armas en Udmurtia,y aparentemente rodeado por una multitud enojada con la caída del régimen de Gadafi, ya que conllevaba la extinción de lucrativos acuerdos,Putin calificó la Resolución 1973 de “estúpida” y la comparó con una “llamada medieval a las cruzadas”. Pocas horas después, Medvédev calificó de “inadmisible” la afirmación de su primer Ministro. El miércoles, la Duma Estatal se posicionó del lado del presidente al emitir un comunicado en el que apoya la posición rusa respecto a la resolución.

Lo cierto es que es posible encontrar argumentos en defensa de esta posición. Me parece que dos de ellos son especialmente relevantes. En primer lugar, la Resolución 1973 fue adoptada en vísperas de un inminente ataque por parte de las tropas de Gadafi a Bengasi. Si Rusia hubiese vetado la resolución y el ataque se hubiera llevado a cabo sin que existiera una zona de exclusión aérea, toda la responsabilidad moral por los inevitables — y exagerados por los medios occidentales— daños colaterales habría recaído sobre los hombros de Rusia. Por el contrario, con Rusia al margen, la responsabilidad por la muerte de civiles recae sobre los verdaderos culpables: el régimen de Gadafi, los “rebeldes” y las fuerzas de la coalición internacional.

En segundo lugar, vetar la resolución habría perjudicado gravemente al diálogo entre Rusia y laOTAN. En un momento en el que el se está discutiendo activamente en la sociedad rusa acerca de la defensa misilística europea, lo último que Rusia necesita es un nuevo enfriamiento con los países de la OTAN. En realidad, Rusia no tiene tantos intereses en Libia, excepto la venta de armas al régimen de Gadafi, como para arriesgar quedarse en la periferia del debate acerca de la defensa misilística.

Desde este punto de vista, la decisión rusa de no vetar la Resolución 1973 fue un excelente ejemplo de pragmatismo en la política exterior al que los líderes rusos parecen tener tanto apego.

Aún así, al leer la declaración del presidente Medvédev respecto de la situación libia parecía que el mandatario tenía otra cosa en mente. Medvédev acusó al régimen de Gadafi de “crímenes perpetrados contra su propia gente” y relacionó directamente su “aborrecible comportamiento” con la trayectoria de los votos rusos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: su apoyo a la anterior Resolución 1970 y su rechazo a vetar la Resolución 1973. En otras palabras, si tenemos en cuenta la conducta interna de los gobernantes libios, Medvédev rechazó esencialmente la “realpolitik” e introdujo elementos de una visión basada en valores que hasta ahora había sido completamente extraña para el Kremlin.

Sólo el tiempo dirá si la declaración de Medvédev sobre Libia fue un reflejo de su filosofía respecto a la política exterior y no una excepción emocional. En cambio Rusia necesita actuar. Otra aventura militar occidental en el mundo árabe brinda a Rusia la oportunidad de incrementar su influencia sobre la región. Con este objetivo, las visitas a Egipto, el país tradicionalmente más influyente de Oriente Medio, y a Argelia, el socio más importante de Rusia en África, del ministro de Exteriores Serguéi Lavrov conforman esfuerzos oportunos por llenar el vacío que dejaron las inconsistentes políticas del gobierno de Obama. Además, las recientes reuniones que ha mantenido Medvédev con Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, y con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu son igual de importantes en términos estratégicos ya que tuvieron como objetivo colocar a Rusia en el centro del proceso por avanzar en el conflicto israelí-palestino. Tampoco debe obviarse la perspicaz decisión de Medvédev de nombrar Mijaíl Margelov, respetado diplomático y parlamentario, representante especial del presidente en África.

Todo parecie indicar que Rusia está volviendo al mundo musulmán con todas sus fuerzas e incluso con estilo.

Eugene Ivanov es un analista político que reside en Massachusetts. Mantiene el blog The Ivanov Report

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