Abjazia: Cómo reconstruir un país no reconocido internacionalmente

Gali. Fotos de Max Avdeev

Gali. Fotos de Max Avdeev

Los mingrelios no pierden su hospitalidad a pesar de los problemas. Son las dos de la tarde en Gali y una docena de hombres comen en el local que hay junto al viejo teatro (bar reconstruido por el Danish Refugee Council). Los locales invitan al extranjero y le ofrecen vodka, aperitivos y dulces, acompañados de largos brindis. "Ahora tenemos que decir que somos abjasios, pues lo decimos". Son refugiados de los sucesivos enfrentamientos armados entre Abjazia y Georgia e intentan rehacer su vida. Más de 50.000 personas han regresado a Gali en los últimos años, la mayoría de ellos mingrelios, una de las comunidades georgianas.

“Lo peor es que son utilizados políticamente tanto en Tiflis como en Sujum. Ellos son los grandes perdedores porque en el fondo no les importan a ninguno de los gobiernos”, denuncian en el Danish Refugee Council. "Lo más triste es el sentimiento de abandono que tienen", lamenta Sabina Salijova, responsable en Gali de la Agencia para los Refugiados de la ONU (UNHCR), quien recuerda que "la peor situación es para las mujeres, para ellas es difícil encontrar trabajo o un sitio donde quedarse. También para los mayores que no pudieron huir o se quedaron solos. Entre los hombres abunda el desempleo y el alcoholismo".

Solo puede trabajar quien tenga pasaporte, pero sólo unos 5.000 mingrelios lo poseen. El presidente Sergei Bagapsh presentó una propuesta para modificar la ley y entregar pasaportes a los georgianos de Gali. La propuesta se hizo justo antes de las elecciones y Bagapsh se echó atrás tras ser acusado de traición por estar casado con una georgiana y ante la posibilidad de perder ante el candidato nacionalista.

La oficina de estadísiticas de Abjazia presentó los datos del nuevo censo. Según el gobierno “de facto” 242.826 personas viven en esta región autoproclamada independiente. Por lo que la población ha crecido en casi 30 mil personas en los últimos 7 años. No obstante, el think tank “International Crisis Group” sitúa la población por debajo de los 200.000 habitantes.

Mingrelios. Foto de Francisco Martínez

“La fluctuación en los números está relacionada con la población de Gali, ya que muchos de los habitantes de esta comarca no tienen pasaporte abjasio y ni siquiera están registrados. Muchos de ellos van y vienen a la vecina comarca de Zugdidi, otros apenas tienen el llamado documento nº9, que en la práctica funciona como tarjeta de residencia”, explica una experta de una agencia internacional presente en la zona y reticente a publicar su nombre.

Apenas hay 30.000 mil personas registradas oficialmente en la comarca “fronteriza” de Gali, aunque el gobierno “de facto” reconoce la presencia de 65.000 refugiados –cifra reducida a 45.000 por las organizaciones internacionales-. “No nos oponemos al hecho de que los habitantes del distrito de Gali vayan al vecino Zugdidi, pero un sistema tiene que ser aplicado para regular el tránsito fronterizo”, asegura el presidente “de facto” Serguéi Bagapsh.

UNCHR en Gali. Foto de Francisco Martínez

"Son muchos los que no se quieren ir y los que han vuelto, ya que consideran que esto es su casa. La mayoría regresó inmediatamente después de la guerra, por lo que apenas hay conflictos de propiedades, aunque al volver muchos encontraron que su casa estaba quemada", asegura Salijova, que reconoce la existencia de escuelas que imparten georgiano en Gali.

Sin embargo, en el territorio controlado por Sujum existen más escuelas de armenio que de georgiano. “En Abjazia se debe de aprender ruso porque en estos momentos es la lengua de la calle y de los negocios. Aun así, nuestro objetivo es hacer del idioma abjasio una lengua útil que todos puedan emplear si así quieren”, sostiene Viacheslav Chirikva, representante de Sujum en las conversaciones de paz de Ginebra.

Vamos de Gali a Ochemchira, ciudad que fue territorio comanche, ciudad que los georgianos no esperaban perder pero perdieron, al igual que Gali y el valle del Kodorí. En Ochemchira permanece destruído el parque de atracciones junto a un también devastado paseo marítimo. Muchas casas que quedaron a medio construir, y otras de las que apenas queda piedra sobre piedra se alternan con carteles propagandísticos abjasios.

Gia hace chófer. Mitad abjasio mitad georgiano, perdió a toda su familia durante el cerco a Tqvarcheli: "comíamos una vez a la semana y encima íbamos a luchar todas las mañanas. Al final te lo tomas con normalidad", y lamenta: "Tanta política y al final siempre es la gente normal la que sufre. Tras la guerra todo fue muy duro, tanto para los abjasios como para los mingrelios. La gente ya está harta de política, sólo quiere vivir en paz".

La base rusa abandonada. Foto de Francisco Martínez


Abjazia tiene un paisaje maravilloso. Combina montañas y valles con el acceso al mar y campos fértiles. Sin embargo el sur está plagado de casas quemadas, abandonadas o destruidas. Entramos en una de ellas que está siendo reconstruida con la ayuda del “Danish Refugee Council”. Segrevan Kobalia es el padre de familia y mientras terminan de construir la casa vive en una cabaña de 5 m² junto a su mujer. Dice: "encontramos la casa quemada, pero no puedo acusar a nadie. La guerra la quemó". "Huimos antes del primer conflicto. Después de dos años volvimos a Gali. En 1998 nos volvimos a escapar a Zugidi. Esta vez cuando volvimos nuestra casa estaba quemada", explica Kobalia. A la derecha se sitúa otra cabaña similar. Las hijas de Segrevan viven aquí con sus maridos e hijos. “¿A dónde voy a ir? Mi casa y mi familia está aquí"; "¿Qué voy a hacer en Georgia? No tengo propiedades, no podría sobrevivir", lamenta Kobalia. "Los rusos nos dejan cruzar pero siempre ponen muchos problemas", denuncia su mujer. La familia recibe una ayuda mensual desde Tifilis de menos de 15 euros, pero se niega a hablar de política. "Si la guerra empieza otra vez tampoco podremos hacer nada", concluye Kobalia mientras una de sus vecinas se presenta en la puerta al ver el coche del “Danish Refugee Council”. También está en la lista de espera para que su casa sea restaurada.

Parque de atracciones de Ochemchira. Foto de Francisco Martínez


“La posible entrega de Gali a cambio del reconocimiento de Tiflis está fuera de toda discusión. No hablamos de un territorio ocupado que puede ser utilizado como contrapartida sino de nuestra tierra. Además, Gali es muy importante para la economía de Abjazia”, sentencia el Ministro de exteriores del gobierno ”de facto”, Maxim Gundja. “Su potencial es enorme, pero si no se ha desarrollado es por el embargo impuesto por Tiflis”, concluye.

Abjazia, de 8.432 m², es más pequeña que la provincia de Almería y tiene cerca de 250.000 habitantes. Osetia del sur, de 3.900 m² -equivalente a la isla de Las Palmas- alberga apenas a 60.000 habitantes. La población civil, como siempre, es quien paga las consecuencias de los delirios de grandeza de sus líderes. Con resignación, los refugiados del Cáucaso ven como son utilizados por todos los actores políticos de la región.

“El nivel de vida está mejorando en Abjazia, pero el dinero sigue sin llegar a la población. En general, el nivel de vida en Georgia es más alto, aunque existe una gran diferencia entre los que viven en las ciudades y en el campo”, señala la analista internacional, quien añade: “es crucial que la gente de Abjazia pueda viajar, exponerse a otras influencias y así salir del aislamiento. Debería haber un actitud más pragmática en relación a este problema por parte de la comunidad internacional”.

Hasta ahora, sólo cuatro países han reconocido la independencia de Abjazia: Rusia, Venezuela, Nicaragua y Nauru. En el Ministerio de Asuntos Exteriores de Sujum están expectantes ante una posible visita de Hugo Chávez este año. Según el ministro Maxim Gundjia, “aunque no nos reconozcan, lo importante para nosotros es establecer lazos económicos. Para Abjazia, el reconocimiento económico tiene la misma validez que el político”. En este sentido, el gobierno “de facto” ha desarrollado relaciones económicas con Jordania y Turquía, países que cuentan con una gran comunidad circasiana.

Cruzamos el valle que hace de ”frontera administrativa” entre Tiflis y Sujum. A un lado del puente están las tropas rusas, al otro las georgianas y en medio un río, el Inguri, que funciona como una frontera natural y sigue su curso sin preguntarse a quién pertenece. Un cartel de Serguéi Bagapsh y Medvédev dándose un apretón de manos nos despide de Abjazia. Se acabó el techno-pop ruso, ya no se pueden utilizar los rublos ni el prefijo telefónico “007”.

Refugiada en Gali. Foto de Francisco Martínez

En la actualidad, más del 80% de las inversiones en Abjazia son de origen ruso y el enclave caucásico importa el 90% de sus bienes desde Rusia. Según reconoce Kristina Ozgan, ministra de Economía de Abjazia, Moscú aporta el 57% del presupuesto total de su gobierno. Moscú ha concedido un préstamo de 2 mil millones de rublos (67 millones de dólares) para que el gobierno “de facto” restaure su línea de ferrocarril en el 2011. La ayuda se enmarca en la estrategia del Kremlin de pacificar la región a través del desarrollo del turismo. A la vista están los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi 2014, y las primeras medidas en este sentido ya han sido implementadas en Vladikavkaz.

Rusia ha destinado 10.000 millones de rublos (250 millones de euros) para mejorar las comunicaciones en Abjazia, los vuelos regulares entre Sujumi y Moscú ya se han establecido y los ciudadanos abjasios obtendrán un pasaporte ruso para poder ir al extranjero. Además, el gobierno abjasio ha llegado a un acuerdo con Rosneft para iniciar la exploración de petróleo en sus aguas territoriales. También Gazprom y Lukoil están interesadas en este proyecto, que aspira a encontrar petróleo, organizar la extracción y construir refinerías en un período de 10 años.

No obstante, ya han surgido las primeras disputas cuando Sujum ha pretendido limitar las inversiones rusas en el sector inmobiliario y establecer los márgenes territoriales. Moscú exige que Aibga (un pueblo de 127 habitantes, situado en las montañas junto al rio Psou) se incluido en su territorio como condición para reconocer la frontera.

“La luna de miel entre Moscú y Sujum se acabó. El apoyo de Rusia sigue siendo muy valorado entre la población y las autoridades de Abjazia, pero evidentemente, el apoyo del Kremlin no es gratis ni un acto de caridad. Hay ciertas tensiones, lo que demuestra que las relaciones entre Moscú y Sujum son complicadas y Abjazia no es una mera marioneta en manos rusas”, opina la analista internacional. Según ella, la situación política es la siguiente: “Virtualmente no hay diálogo alguno. Muchos georgianos siguen la línea del gobierno, por la que el problema no es entre Abjazia y Georgia sino entre Rusia y Georgia. Mientras que otros consideran que Georgia es algo redundante y el problema ya está resuelto al haber sido reconocida su independencia”.

Parlamento quemado de Sujum.

Foto de Francisco Martínez


“Saakashvili es inteligente, joven y guapo, pero no puede hacer nada por nosotros”, comenta una profesora mingrelia en la “marshrutka” (minibús) y después me invita a abrir una academia de inglés en Gali “ya que los niños sólo pueden aprender ruso”. “Estamos olvidados por todos”, añade otra acompañante, que cruza el puente del rio Inguri dos veces a la semana.

Al otro lado del puente nos recibe una foto de Mijaíl Saakashvili, desafiante, altivo y con un mapa de Georgia a sus espaldas. El conductor de la nueva “marsrutka” también se llama “Misha”, como el presidente y durante el trayecto lamenta que Georgia haya perdido a sus “hermanos los abjasios”, porque “los osetios son diferentes, esa no es nuestra gente” y carga contra Saakashvili por mirar más a Washington que a Moscú.

"La guerra fue un desastre, la guerra nunca trae nada bueno. Ni siguiera Rusia consiguió nada positivo con ella. El conflicto sigue abierto y el proceso de reconocimiento de su independencia no avanza. Además de los muertos y los miles de refugiados" Reconoce Irakli Alasania, quien fue asesor especial para Abjazia en el gobierno de Saakashvili.

Según los datos de ACNUR las guerras de los últimos 20 años en Georgia han creado 230.000 refugiados, además, otras 100.000 personas han necesitado asistencia. "Ni Georgia ni Rusia tenían voluntad de resolver sus disputas y ahora la población paga las consecuencias. Sí, la gente alcanzó su libertad con las armas, ¿pero qué consiguieroncon ello? ¿Qué ha mejorado?" critica Alexánder Cherkasov, miembro de la ONG rusa “Memorial”.

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