Las ilusiones revolucionarias de Occidente

Foto de Reuters/Vostock Photo

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Tampoco es sorprendente ya que los europeos no habían presenciado hasta ahora revueltas juveniles en tales ciudades para defender valores occidentales; tales como la libertad de expresión, elecciones justas o la libertad de asociación.

Las imágenes televisivas han despertado gratos recuerdos de los acontecimientos que tuvieron lugar hace 20 años, cuando los pueblos del este de Europa derrocaron los regímenes comunistas mientras coreaban los mismos lemas en defensa de valores democráticos que ahora se escuchan en el norte de África.

Repentinamente, se ha dejado de temer en la Unión Europea un cambio de líderes árabes pro occidentales por otros, fundamentalistas islámicos. Entonces el islamismo radical surge como un fantasma agrandado por los politólogos. Las consecuencias de este giro son tan positivas como negativas. Entre otras cosas, la ausencia de temor está cercenando el sentido de autopreservación que tradicionalmente ha dirigido el comportamiento de los europeos con sus vecinos norteafricanos.

Sin embargo, no debemos olvidar que las revoluciones que han tenido lugar en Túnez y Egipto son muy diferentes de lo que ocurre actualmente en Libia. Hace tan solo unas semanas todo parecía indicar que la democracia se iba a abrir camino y que Gadafi se vería obligado a huir a un país latinoamericano. Pero las cosas se han complicado muchísimo desde entonces y lo que comenzó como un levantamiento popular se ha convertido en una guerra civil.

No está claro que Europa deseara un cambio de régimen tan sangriento en Libia. Probablemente este nuevo panorama, que difiere con claridad de lo que diría un libro de texto, calme las ansias de muchos grupos de jóvenes impulsivos de otros países que sueñan con el cambio. Los presidentes de los países ex soviéticos de Asia Central han estado en el poder durante varios mandatos consecutivos, pero la opinión pública europea está muy equivocada si prevé un escenario similar a lo ocurrido en los países árabes. Sus líderes, que bien podrían denominarse padres fundadores de sus naciones, no serán forzados a dejar el poder sin que antes se produzcan terribles masacres.

Aunque es cierto que la ola de revoluciones que azota al mundo árabe podría, de hecho, llegar a Asia Central, el “punto débil” de Rusia. Una cantidad de analistas políticos consultados por este autor admiten tal posibilidad. Sin embargo, la magnitud de las próximas protestas dependerá de los resultados del aluvión de revoluciones. Si el desenlace del cambio termina en el caos y en prolongadas guerras civiles, en la misma línea de Libia,y además derivan en un cuasi estado similar a Somalia. Entonces, Europa difícilmente deseará que se reproduzca semejante panorama en Asia Central.

Tal como lo rezaba una canción de soviética, “La revolución tiene un principio, pero no tiene un final”. Los europeos deberían tener esto en cuenta si no desean sentarse sobre un barril de pólvora durante mucho tiempo. Si la comunidad internacional es incapaz de impedir el caos en países clave de África del norte y Oriente Medio, es posible que diversos grupos terroristas aprovechen la ola de levantamientos populares, y acaben teniendo acceso a enormes recursos y vastos territorios.

Entonces, estas mismas fuerzas dirigirán su mirada hacia Asia Central ya que es percibida como otra posición de avanzada en territorio enemigo en su ataque a Europa. Esta ofensiva no sería masiva y estaría bien armada. ¿Es esta clase de revolución la que se desea en el Viejo Mundo?

Según la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, que incluye a Rusia, Kirguizistán, Kazajistán, Tayikistán y Uzbekistán, hace muchos años los talibanes en Afganistán estaban discutiendo las formas de desestabilizar la situación.En primer lugar en Asia Central y, después en el Cáucaso. Si estos planes se materializan, las tropas de la OTAN en Afganistán tendrán que abrir lo que constituiría un “segundo frente” contra el enemigo.

Hasta ahora, los radicales islámicos han concentrado sus recursos principalmente en Afganistán e Irak. Aunque el potencial de los radicales crecerá exponencialmente si el islamismo triunfa y desata el caos en el vasto territorio que va desde Marruecos hasta Arabia Saudí.

La única revolución que podría tener lugar en Asia Central es una conducida por el islam. La oposición democrática secular en la región es demasiado débil como para llevar las riendas del poder. Evidentemente, algunas ciudades podrían presenciar estallidos y disturbios inspirados por los hechos que tuvieron lugar en Egipto y Túnez. Sin embargo, las autoridades locales están preparadas para sofocar cualquier manifestación de este tipo. La causa fundamental de las últimas revoluciones ha sido la ausencia de los llamados disipadores sociales, capaces de sosegar el descontento popular y mitigar los problemas económicos.

En cambio, con la posible excepción de Kirguizistán y Tayikistán, la situación en los países de Asia Central es radicalmente distinta. Están experimentando un auge económico a causa del aumento en los precios de la energía, lo que permite a la elite de la antigua era soviética aplacar hábilmente la amplia sensación de malestar. Estos ex ‘agentes del aparato’ (apparatchiks), que sufrieron algunos tormentos durante la época socialista, tienen capacidad para cortar de raíz el descontento popular.

Las revoluciones norteafricanas podrían derivar en una serie de reformas superficiales en los regímenes más autocráticos de Asia Central, en cualquier caso los cambios no representarían una amenza real para los mandatarios. En este sentido, serían capaces de evitar una situación revolucionaria clásica, en la que los de abajo no quieren vivir como lo hacían en el pasado y los de arriba no pueden gobernar de otro modo que no sea como venían haciéndolo.

Evgueni Shestakov es editor de la sección de política internacional en la Rossiyskaya Gazeta.

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