Gadafi y las armas rusas

Rusia tomó una postura neutral en la votación del Consejo de Seguridad de la ONU en relación al establecimiento de las acciones militares contra Trípoli el 17 de febrero. Sin embargo, poco antes, la cúpula del gobierno ruso había impuesto sanciones contra Libia. Se redactó un documento, adoptado en virtud de la resolución 1970 del Consejo de Seguridad de la ONU del 26 de febrero, en el que se prohibe a las instituciones gubernamentales, industriales, comerciales, financieras y otras empresas y organizaciones del país, la exportación de todo tipo de armas y, junto con ellas, todo tipo de medios materiales desde el territorio de la Federación de Rusia a Libia.

El presidente incluso ha prohibido al personal militar la prestación de servicios de instrucción y de asistencia técnica, financiera y cualquier otro tipo de ayuda que pueda estar relacionada con la actividad militar o el uso de los recursos militares. Se ha determinado que los servicios de aduanas de los puertos y aeropuertos hagan inspecciones exhaustivas de todos los bienes que entren o salgan de Libia, y si se descubre algún producto que caiga dentro de la prohibición, entonces se procederá la confiscación del mismo y a la aplicación de las sanciones correspondientes.

Algunos expertos argumentan que unas medidas tan estrictas respecto al suministro de productos militares pueden causar a las empresas rusas unas pérdidas de 1,8 millones de dólares, junto a una pérdida total de beneficios de hasta 4 millones de dólares. Anatoli Isaiki, director de “Rosoboronexport”, señala que aún es pronto para evaluar el volumen total de pérdidas. Rusia todavía no ha recibido ningún anticipo por la entrega de sus productos militares a Trípoli, la ejecución del contrato aún no había empezado y no hay ningún desenlace claro respecto a la oposición Libia, por lo que se hablar de pérdida de beneficios resulta prematuro. No se descarta que el nuevo gobierno, cualquiera que sea, se desentienda de los acuerdos alcanzados con anterioridad. Aunque cualquier ejército y las fuerzas de orden público necesitan armas y sistemas modernos para el combate, adquiridos siguiendo un criterio de “coste + eficacia”.

Según este criterio los productos rusos de defensa militar son muy competitivos, especialmente en los países del Norte de África. Sobre todo, cuando Rusia, a diferencia de otros estados, no establece un peaje político al país importador.

Libia, de acuerdo a la guía “The Military Balance” del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, en sus siglas en inglés), cuenta hoy en día con un armamento de cerca de 2000 tanques soviéticos Т-72, Т-62 y Т-55. Entre ellos, alrededor de 200 son modernos, es decir, del modelo Т-72. Cuentan también con 450 sistemas de artillería de gran calibre (obuses de 122, 152 y 155 mm) de producción nacional y occidental. Existen lanzacohetes múltiples “Grad” (“Granizo”, nota del traductor). 770 vehículos de combate y blindados, М-113 y BТР-60, también de producción soviética y occidental. Sistemas de defensa antiaérea con ametralladoras ZSU 23х4 «Shilka» y misiles teledirigidos “Osa”, “Kub” y “Dvina”. Aunque la principal fuerza de choque son los cazas y los aviones de asalto. El “Mirage” los MiG-25, MiG-23, MiG-21 y Su-24 son franceses, helicópteros de combate americanos CH-47 Chinook, y los rusos Mi-17 y Mi-8. Esta es la tecnología bélica que utiliza Gadafi para asestar golpes a la oposición levantada en armas, a la cual, por cierto, en contra de las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU, todos los países occidentales suministran armas y tecnología bélica. Argumentan que las restricciones sólo se aplican al actual gobierno de Libia, pero sobre su oposición a la resolución nº 1970 no se dice ni palabra. Los expertos creen que si las fuerzas opositoras llegan al poder en Trípoli y se posicionan contra Rusia, no podrán reemplazar todo su armamento por uno occidental inmediatamente. No hay medios financieros suficientes para ello. Por tanto, se necesitan reparaciones, repuestos, accesorios y actualizaciones para los que hay que recurrir a Moscú, lo que será una fuente de ingresos real para las empresas productoras rusas.

En las cumbres de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN en Bruselas, así como en una reunión de líderes de la UE, se discutieron las medidas militares y económicas que los países occidentales están dispuestos a tomar contra el régimen de Gadafi. Aunque no se considera la opción de llevar a cabo operaciones terrestres ni ataques anfibios en la costa norte de África, el cierre del espacio aéreo en Libia es una realidad.

El objetivo es obligar a las tropas de asalto del coronel Gadafi a permanecer en tierra, lo que sería una ayuda directa a las fuerzas opositoras, las cuales, no sin esfuerzo, mantienen las posiciones tomadas en las refinerías y en los puertos petroleros de Bengasi y El-Beida. El jefe del pentágono, Robert Gates, reconoce que poner en práctica estas medidas no será fácil. Habrá que suprimir los sistemas de defensa aérea libios y, por tanto, dar un golpe a sus posiciones, lo que puede conducir a una guerra a gran escala. Los temores de EE UU y la OTAN son comprensibles. Se quedaron empantanados en las guerras de Irak y Afganistán. Apuntarse otra vez a un conflicto bélico lleno de pérdidas de vidas humanas y tecnológicas, no es una opción. La costa norte de África ya tiene un servicio permanente de barcos de guerra de EE UU y la OTAN, llamado “Active Endeavor” y perteneciente a sus socios en las operaciones del Mediterráneo. Se dedica a controlar el tráfico marítimo en ambos sentidos.

Pronto sabremos si las sanciones contra el gobierno de Libia, que cuentan con el apoyo de Moscú, son suficientes para derrocar al régimen.

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