Rusia apuesta por “su” Libia

Foto de GettyImages/Fotobank

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La operación militar de EE UU contra Libia goza, no sólo del apoyo de la mayoría de los países miembros de la OTAN, sino también de la neutralidad benévola de Rusia y China. Según la información de Kommersant, en un principio Rusia barajó la posibilidad de adherirse a la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la operación militar, aunque posteriormente se limitó a abstenerse. Un día antes de la intervención, Vladímir Chámov, embajador de Rusia en Libia y apasionado partidario de Gadafi había sido destituido. La postura mantenida por Rusia le permitirá cumplir dos objetivos: por un lado, consolidar sus relaciones con el mundo occidental y, por el otro, mantener sus activos en Libia tras la caída del dictador.

Coalición de mala fe

Mientras se llevaban a cabo los preparativos para la operación contra Muamar el Gadafi, EE UU tomó en cuenta toda la experiencia negativa acumulada tras el derrocamiento de otro dictador árabe: Saddam Hussein. Hace 8 años, el 19 de marzo de 2003, Washington comenzó una acción bélica contra Irak sin disponer de la autorización correspondiente del Consejo de Seguridad de la ONU y gozando del apoyo de muy pocos aliados: Gran Bretaña, Australia, Polonia y España. Las acciones de EE UU provocaron una ola de indignación en todo el mundo. y a pesar de derrotar rápidamente al ejército iraquí, la campaña en general se vio muy afectada.

En esta ocasión, Washington ha dejado claro desde el principio que no iba a luchar contra Gadafi en solitario. Los altos cargos del Consejo Nacional de Seguridad de EE UU recomendaron al presidente Obama abstenerse de llevar a cabo una operación militar hasta que la ONU y la OTAN no llegaran a un consenso. La sesión tuvo lugar el 9 de marzo y asistieron Robert Gates, secretario de Defensa, Michael Mullen, presidente del Comité del Estado Mayor, y León Panetta, director de la CIA.

En esos momentos la operación militar contra el dictador libio todavía parecía imposible. Pocos creían que Rusia y China, que cuentan con derecho a veto dentro del Consejo de Seguridad de la ONU, fueran a dar luz verde a la resolución correspondiente. En cambio, ambos países se abstuvieron en la votación de la resolución nº 1973, y así dieron su visto bueno a la operación.

De modo que a diferencia de lo ocurrido en Irak, Washington tuvo la oportunidad de garantizar la participación de un abanico mucho más amplio de aliados. De hecho, tras la sesión de la OTAN del 18 de marzo en Bruselas, en la que la Alianza aprobó las acciones de EE UU y sus aliados, la campaña contra Muamar el Gadafi tiene más similitudes con la operación contra el dictador yugoslavo Slobodan Milosevic. Además, la situación para EE UU es aún más favorable que en el 1999, porque en aquel entonces tuvieron que superar gran cantidad de escollos y desacuerdos, con Rusia a la cabeza. En esta ocasión, Moscú no se ha opuesto a la operación.

Resistencia pasiva


Sin embargo, no ha sido nada fácil para Rusia. Según los datos de Kommersant, mientras Occidente se preparaba para la intervención militar, Moscú iba elaborando su posición. Las fuentes de Kommersant afirman que el Presidente de la Federación de Rusia, Dmitri Medvédev, consideraba la posibilidad de adherirse a la resolución del Consejo de Seguridad nº 1973, mientras que el ministerio de Asuntos Exteriores consideraba más oportuno utilizar el derecho a veto para bloquear la resolución. Finalmente las partes llegaron a un compromiso y Rusia se abstuvo de votar.

Por su parte, el Kremlin descarta que hubiera divergencias internas. “Asumimos una posición coherente desde el principio. Hemos condenado y condenamos las acciones de Gadafi contra la población civil y en este aspecto estamos de acuerdo con Occidente”, comenta a Kommersant Natalia Timakova, secretaria de prensa del presidente. “La política de Gadafi va en contra de todas las normas del derecho internacional. Por eso apoyamos la imposición de sanciones contra Libia y contra la familia del coronel”.

Por lo visto, esto fue lo que determinó la decisión de las autoridades rusas de prescindir del derecho a veto en el caso de la resolución nº 1973. Moscú no se ha adherido a la resolución porque está en contra de lo que ocurre en Libia hoy en día. “Por un lado, seguimos firmes en nuestra condena al régimen libio. Por otro lado, no aplaudimos el uso de la fuerza”, explica un funcionario de la administración del presidente. “Tanto nosotros como Alemania, que también se abstuvo, planteamos algunas cuestiones: ¿Cuál es el objetivo de la operación? ¿Qué futuro tiene? ¿A qué oposición están protegiendo en Libia los países occidentales? No obtuvimos ninguna respuesta”.

Resulta interesante que en vísperas de la votación de la ONU hubiera sido destituido el embajador de Rusia en Trípoli, Vladímir Chámov. Según la información de Kommersant, su cese fue ordenado desde el Kremlin, que calificó las actuaciones del diplomático como inoportunas. “En vez de proteger en una situación de conflicto los intereses de su propio país, es decir, de hacer su trabajo, el embajador iba defendiendo los intereses de otro estado, el de Libia”, explica enfurecida una de las fuentes de Kommersant que estaba al tanto de la decisión.

Parece que al embajador se le olvidaron las instrucciones dadas por Dmitri Medvédev a los diplomáticos rusos en la reunión que mantuvo con el cuerpo diplomático en julio del año pasado. En aquella ocasión, Medvédev se refirió al desarrollo de la democarcia y comentó que Rusia “tiene que contribuir a la humanización de los sistemas sociales en todo el mundo y, sobre todo, en su territorio. La democracia rusa está interesada en que el mayor número posible de estados siga los estándares democráticos en su política interna”. Además, dichos estándares “no pueden ser impuestos de manera unilateral”. La decisión de Moscú, que por un lado condena a los dirigentes libios y por otro no autoriza la intervención militar, responde a este complicado esquema.

El silencio es oro negro


El ministero de Asuntos Exteriores siguió pronunciándose en contra de la operación militar. En la página web del organismo fue publicada una declaración en la que llama a todos los participantes de la operación a “parar el uso de la fuerza no selectiva”. “Somos firmes en no admitir el uso del mandato proveniente de la resolución nº 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, cuya aprobación fue muy ambigua, para fines que evidentemente están fuera del alcance de sus disposiciones. Estas últimas prevén exclusivamente el uso de estas medidas para la protección de la población civil”.

De esta manera Rusia intenta distanciarse de las consecuencias negativas de la operación militar en Libia, incluidas las víctimas civiles. Hace pocos días, las autoridades chinas realizaron una declaración semejante. Esa táctica ya está dando sus frutos. Ya hay resultados positivos. En primer lugar, la crisis de Libia permitió a Rusia consolidar sus relaciones con Occidente. La operación para el derrocamiento de Gadafi no afectará al reinicio de las relaciones con EE UU y a la creciente colaboración con la UE y la OTAN, que no empezó hasta la llegada al poder de Medvédev.

Además, al dejar sin apoyo al dictador, Rusia puede contar con la simpatía del futuro gobierno de Libia que llegará al poder tras la caída de Gadafi. Moscú no quiere perder los contratos multimillonarios firmados por las empresas estatales Rosobornexport, Gazprom y RZD con el coronel. Es muy probable que pueda salvarlos, ya que logró obtener unos contratos para la explotación de varios yacimientos de petróleo hasta en el Irak de la posguerra.

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