No hay sitio para los mayores en Moscú

Moscú crece y se desarrolla, al menos en lo que se refiere a la nueva construcción. Los mayores, el “alma” de la ciudad, son desplazados del centro a la periferia por los “buitres” de las agencias inmobiliarias con consecuencias muy desfavorables para la sociedad.

Llevo viviendo bastantes años en el centro de Moscú. Aquí todavía se pueden encontrar rincones tranquilos donde uno se olvida del diario ajetreo urbano. Por ejemplo, el acogedor barrio de Arbat, donde en un jardín te saluda desde su pedestal el monumento al escritor Iván Bunin, en el callejón Borisoglebski la poetisa Marina Tsvetáieva podría aparecer en cualquier momento en la puerta de su antigua casa, se oyen los sonidos de instrumentos musicales que llegan desde las ventanas del Conservatorio Gnésiny en la calle Povarskaya, y a pocos pasos se encuentra la embajada de Noruega, a la que parece no afectar el paso del tiempo. Pero incluso en este oasis de paz hay algo que no va bien. No se trata de los atascos, con sus gases provenientes de los tubos de escape o del polvo, a los que el organismo humano, al menos, se acaba adaptando. Ha pasado algo peor: los ancianos han desaparecido del centro de la capital rusa.

Los mayores son una imagen insólita en el centro de Moscú. Foto: Itar-Tass

Todavía los recuerdo poblar los bancos a lo largo de los bulevares. Formaban parte de la imagen de la ciudad confiriéndole un aspecto inconfundible: señoras de avanzada edad aficionadas al teatro con sus ligeros abrigos color beige y pequeños bolsos brillantes en las rodillas. Los veteranos, con la espalda muy recta como si estuvieran en un desfile y sus chaquetas grises adornadas con un montón de cintas de las condecoraciones. Jubilados solitarios con sombreros, sumergidos en la lectura de periódicos deportivos. Jugadores de ajedrez con sus boinas, rodeados de un enjambre zumbante de espectadores que no paraban de darles consejos. En aquella época, a principios de los años 1990, los estudiantes estábamos hasta las narices de todos estos ancianos porque por su culpa no podíamos encontrar un sólo banco vacío para beber cerveza tranquilamente.

En cambio, si paseáis ahora al Anillo de los Bulevares o dais un paseo por los estanques del Patriarca, no veréis ni una sola persona mayor en los bancos, si no contamos a algún que otro mendigo. Por eso me he preguntado si el caso de Moscú es único y por las causas que han provocado que los jubilados hayan desaparecido del panorama.

Una parte del paisaje


En cualquier ciudad normal los mayores son una parte inalienable del paisaje urbano. En París juegan a la petanca en los bulevares, en el Barrio Alto de Lisboa organizan a la sombra de los árboles, auténticas competiciones alrededor de una canasta. Incluso en Nueva York, esta gran metrópolis que desde lejos parece un gigante desprovisto de alma, las parejas de ancianos pasean tranquilamente a sus perros de compañía entre los enormes cantos rodados de Central Park. En los bancos hay pequeñas placas de metal que recuerdan a los asíduos visitantes de ese lugar. Al leer las inscripciones uno tiene la sensación de estar viendo fotos antiguas: “El teniente retirado Joseph Cohen (1916-1992) pasaba aquí tres horas diarias, desde las 17.00 hasta las 20.00, cuando el tiempo y su estado de salud se lo permitían y no jugaban los New York Yankees, a cuyos partidos de la World Series acudía regularmente hasta el fin de su respetable vida”. Al leer este texto en una placa de latón enverdecido, me di cuenta de que el alma de esta enorme ciudad no residía en los rascacielos con las sedes empresariales del Downtown de Manhattan, ni en las lujosas boutiques de la 5ª Avenida, como podría parecer a la primera vista. No, el alma de Nueva York vive en este banco y en su inscripción, que nos cuenta la historia de la vida del retirado teniente Cohen.

Los ancianos forman el alma de las ciudades ya que, sin ellos, se convierten en meros puntos de tránsito, enormes terminales donde todo el mundo está ajetreado, donde todo el mundo hace algo. Aunque, evidentemente, nadie vive en un aeropuerto. Las personas mayores no tienen ninguna prisa y eso es sumamente importante. Ellos son como las raíces, el sistema gravitatorio, lo constante de cada ciudad. Gracias a estas personas que pasean a sus perros, incluso en plena hora punta de la jornada laboral, el movimiento browniano de los transeúntes y el caos del flujo de coches cobra sentido. ¿Y en Moscú? ¿Dónde están los jubilados? ¿Qué ha pasado aquí? Es evidente que el boom de la construcción de los años 2.000 ha forzado a los mayores a abandonar sus barrios de nacimiento. Pero, ¿a dónde han ido a parar? Los que tuvieron más suerte pudieron alquilar sus pequeñas viviendas en el centro y prefieren vivir en casas de campo o junto a sus parientes.

¡Fuera del centro!


Los menos afortunados fueron enviados a las afueras de la ciudad, mientras que los pisos y edificios “libres”, o incluso calles enteras fueron aniquiladas. Puede que, en el mejor de los casos, fueran reconstruidas de manera irreconocible. Hoy en día en Bútovo, Zhulébino, Mítino y otros barrios periféricos, se pueden encontrar ancianos distinguidos con una pronunciación moscovita de pura cepa. Aunque no les resulta fácil y, como es sabido, los mayores mueren pronto tras de un éxodo involuntario de su ambiente habitual.

Entre edificios de paneles de hormigón y espacios verdes. Ancianos moscovitas en un barrio de nueva construcción. Foto Itar-Tass

Hay muchas historias similares, pero el destino de una pareja de ancianos discapacitados que vivía en la calle Mítnaia ha sido especialmente duro. El edificio en el que residían estos jubilados iba a ser demolido y todos sus habitantes enviados al lejano barrio de Yúshnoie Bútovo. Entonces, el anciano se negó a mudarse y abandonar el corazón de Moscú, donde habían vivido varias generaciones de sus antepasados. En señal de protesta, la pareja se fue a vivir a un viejo garaje de metal que había al lado del edificio. Los ancianos tuvieron que aguantar de todo: su vivienda se inundó por el agua, se incendió, la policía les presionaba así como los grupos criminales, e incluso los servicios de urgencia médica. Finalmente los asaltaron unos desconocidos, los metieron violentamente en un coche y los llevaron a su nuevo domicilio. El hombre murió pasados dos meses y su mujer se fue a vivir con unos parientes a la región de Bryansk.

Aunque también hay casos en los que las maniobras criminales no sirven y los magnates inmobiliarios no pueden hacer nada. En cualquier caso, se trata de excepciones que no pueden servir de ejemplo a los ancianos con menos recursos. Por ejemplo, dos inquilinas, ambas jóvenes empresarias de éxito, defienden su piso en el callejón Jilkov de una forma muy inteligente. Ellas también recibieron una orden de desalojo en una zona cara de la ciudad. Primero los promotores enviaron a sus agentes, que hicieron a escondidas varias propuestas a los inquilinos intentando convencerles de que se mudasen de una manera voluntaria. Paralelamente, crearon en la comunidad de vecinos una atmósfera de sospecha y envidia en la que nadie se fiaba de nadie. A algunos les propusieron pisos que presentaban engañosamente como especialmente ventajosos, a otros les sedujeron con ventajas financieras. En definitiva, los astutos agentes les prometían a todos el sol y la luna.

Los primeros que se dejan engañar son los jubilados

Los primeros en ser encandilados y se mudan antes suelen ser los jubilados. Los magnates de la construcción los llaman con desprecio los “pardillos” y les proponen las opciones más baratas. Con los restantes “clientes listos” se trabaja con más intensidad y de una manera individualizada. A los propietarios más avispados les ofrecen propuestas de un nivel más alto, como pisos más grandes en el centro de la ciudad. Esas dos señoras exigieron como condición para irse de su piso una participación en la empresa de construcción que iba a demoler el edificio para construir en su lugar una urbanización de lujo.

La otra parte no les hizo caso, porque incluso en pleno auge de la crisis, un metro cuadrado de vivienda en esta calle costaba 50.000 dólares. Las dos empresarias han contratado a los mejores abogados de la ciudad, mientras que los promotores siguen persiguiendo a las inquilinas rebeldes intentando obligarlas a que se marchen. Les cortan el gas y colocan a trabajadores inmigrantes en el piso de al lado. Es una lucha encarnizada. Ambas partes se enfrentan en una guerra a gran escala. ¿Qué podrían hacer aquí los viejos? Sólo perder o marcharse.

En el callejón Butikovski, en el otro lado de la calle Ostózhenka, vive Irina Grigórievna que anteriormente trabajaba en un museo. Es tía del conocido crítico de arquitectura Grigori Revzin. Su casa fue construida antes de la Revolución y se salvó casi de milagro de las demoliciones masivas de edificios antiguos que finalizaron en la época de la crisis financiera. Así que la anciana fue olvidada en la zona más cara de la “milla de oro”. Irina Grigórievna sólo se atreve a salir de su piso situado en una casa medio vacía en muy pocas ocasiones, porque le dan miedo los nuevos edificios de cristal y hormigón, tan altos y desconocidos. Por todas partes se ven tapias altas, cámaras de seguridad y todoterrenos negros. Si aparecen personas, o bien son los barrenderos tayikos con sus carretillas, o bien vigilantes de seguridad con sus móviles.

Aluminio en vez de mármol


Enfrente de una nueva mansión decorada con llamativas esculturas de rinocerontes, Irina Grigórievna nos cuenta la historia del pintor Filátov, cuyo bisabuelo había construido aquí una casa a finales del siglo XIX. Durante diez años se intentó echar a su bisnieto de esta residencia familiar valiéndose de todos los medios, incluidos un incendio y una paliza, pero el pintor seguía inflexible. Sólo cuando le abandonó su mujer y el pintor tuvo un infarto, se rindió y se fue a vivir a otro lado. El viejo edificio fue demolido y en su lugar se erigió uno parecido, pero adornado con rinocerontes esculpidos.

En cuanto encendimos la cámara para hacer un par de tomas, aparecieron unos hombres vestidos de negro con sus teléfonos móviles y se nos echaron encima pegando a la anciana un susto de muerte. La mayor parte de los vigilantes provenía del edificio de enfrente. Más tarde nos enteramos de que, al parecer, en la mansión de los rinocerontes vivía uno de los dos promotores principales de la “milla de oro” de Moscú. En el edificio de enfrente reside (da miedo pronunciarlo) el mismísimo Borís Grizlov, jefe del partido “Rusia Unida”. Cuando Grizlov presentó públicamente en 2007 su declaración de la renta, en ella figuraba un piso propio. Superficie: 275 metros cuadrados. 275 multiplicado por 50.000 es… Cuando se trata de cifras así, ¿qué importancia puede tener un pintor jubilado que no tiene nada?

Los caballeros son los que escasean


Los mayores han desaparecido de mi vida por completo. Mis abuelos paternos y maternos murieron hace muchos años. En la cadena de televisión donde trabajo, yo mismo parezco un viejo a mis 36 años entre los jóvenes compañeros que se ajetrean por los pasillos. Allí a donde voy a comer y beber, por desgracia, tampoco hay gente mayor. Este déficit físico de ancianos lo soluciono de vez en cuando yendo al parque de Ostánkino, donde se organizan bailes para “mayores de 70 años”. Es un espectáculo fascinante y conmovedor hasta que alguna de las acaloradas damas con su chal sobre los hombros empieza a llamarme a la pista de baile. Los caballeros siempre escasean ya que su esperanza de vida es menor.

A los bailes para mayores de 70 años acuden también veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Foto: club.foto.ru

Voy a compartir un secreto con los que sientan más nostalgia por los ancianos. En el centro de Moscú existe aún un lugar donde siempre hay señores mayores. En el jardín Neskuchni, al lado de las pistas de tenis, hay un par de mesas a cielo abierto. Allí, envueltos en nubes de tabaco, los viejos juegan diariamente al dominó, a las cartas y al ajedrez. En este sitio no hay y no puede haber mujeres. Se oye como sirven vodka bajo las mesas y la gente saca de sus bolsas bocadillos caseros de filetes rusos envueltos en servilletas. En algún sitio suena la radio que, según una vieja costumbre, está sintonizada con la emisora “Mayak”.

Los hombres de avanzada edad vienen aquí desde muy lejos porque estas reuniones a la sombra de los árboles forman parte de su estilo de vida, igual que los gimnasios y los centros de belleza para las nuevas generaciones de habitantes urbanos. Incluso los políticos parecen haber sentido recientemente una especie de nostalgia. Junto con “La Joven Guardia”, el partido del Kremlin, “Rusia Unida”, ha abierto en verano de 2009 una enorme “zona de juegos al aire libre para los fines de semana” en el bulevar de Chístiye Prudí, y ha organizado también un campeonato de ajedrez. Sin embargo, los señores mayores del jardín Neskuchni no van a ese sitio. “Gracias, nosotros nos las apañamos muy bien sin la FIDE. Hubiera sido mejor que esos payasos nos pusieran aquí algún cobertizo por si llueve”. Es muy poco probable que estos jugadores de ajedrez vayan a presentarse algún día en los bulevares y menos debajo de las pancartas del partido gobernante.

Una partida de ajedrez. Señores mayores en el jardín Nescuchni, en Moscú. Foto: Itar-Tass


La juventud tiene necesidad de gente mayor


En el espacio informativo se da la misma falta permanente de caras sabias o, al menos, que muestren cierta experiencia en la vida. Cuando hace unos meses el canal NTV transmitió a media noche una entrevista con el filósofo Grigori Pomeranz, mi visión del mundo se vio amenazada. Siempre había pensado que la televisión y la filosofía eran universos paralelos que no se entrecruzaban jamás.

Pero un auténtico milagro ocurrió unos quince días después, cuando el país entero estuvo durante cuatro noches seguidas viendo el documental de Oleg Dorman “Podstrotschnik” (“Traducción interlineal”). La única persona que aparece en toda la película es la traductora Liliana Lunguiná. Un espectáculo muy poco llamativo, si lo comparamos con las costumbres de nuestra época. En el documental, que en total dura casi seis horas, una señora mayor cuenta su vida. Nada de escándalos, intrigas o investigaciones, pero resultó tan apasionante que nadie quiso cambiar de canal.

Este interés tampoco pareció provocado por los acontecimientos de la vida de esta mujer. El mayor atractivo residía en otro motivo: el lenguaje de Liliana Lunguiná era simple y claro, sin anglicismos ni jerga, sin “ismos” de ninguna clase. El sonido de este lenguaje parece hoy en día algo tan anticuado como las fiestas de barrio con gramófono o las calles sin atascos ni publicidad.

La manera de comportarse de Liliana Lunguiná conjuga la amabilidad con una gran dignidad, una combinación extraña en nuestro entorno. Uno observa como detrás de esta integridad apacible, aparece una vida vivida con virtuosismo y con sentido. Los telespectadores no se perdían ni una palabra de la traductora, y no porque Liliana Lunguiná hubiera dicho algo especialmente profundo o gracioso, sino porque la sociedad carece, como si se tratase de una especie de síndrome de abstinencia, de individuos a los que se suele llamar “los justos”. Se dice que ni siquiera un pequeño pueblo puede existir si no vive en él al menos un justo. Así que no hablemos de esta enorme aldea que es Moscú.

Sin los "justos” los jóvenes muchas veces se sienten perdidos. Foto: Bestofrussia.ru

Para ser sincero, antes de ver el documental nunca había oído hablar de Liliana Lunguiná. Es el destino del traductor, quedarse siempre a la sombra del original. Pero cuando al final de la película dijeron que ella había muerto hace once años, sentí un gran dolor y, sobre todo, una angustia creciente. La gente así no debería dejarnos solos, abandonados. ¿Con quién nos quedaríamos entonces? ¿Con esos payasos que no son capaces ni de poner un cobertizo para proteger a la gente de la lluvia? ¡Por favor, ancianos, no os vayáis!

Andréi Loshak trabajó como periodista en el canal de televisión NTV. Su programa sobre la sociedad, "Professiia Reportior" ("Reportero de profesión"), fue cerrado desde que transmitió un episodio sobre la construcción de edificios de élite en Moscú. Ahora Loshak escribe para Openspace.ru, donde apareció por primera vez este artículo.

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