Las leyendas se van al cielo

Mijaíl Símonov. Foto de: ITAR-TASS

Mijaíl Símonov. Foto de: ITAR-TASS

El 4 de marzo de 2011, a la edad de 82 años, dejó de latir el corazón de Mijaíl Petróvich Símonov, el legendario constructor de aviones ruso, quien durante casi dos décadas encabezó la oficina de diseños de “Sujói”. El creador del Su-27, el caza interceptor más moderno del mundo, sobre cuya base se elaboró toda una familia de “súshki” (según el cariñoso apodo con que los pilotos los bautizaron) de combate: Su-30, Su-33, Su-34, Su-35 y también los deportivos Su-26, Su-26M, Su-29, Su-31 y Su-49, a bordo de los cuales los pilotos rusos conquistaron una enorme cantidad de medallas de oro en los campeonatos mundiales de acrobacia aérea. Símonov, Héroe de la Federación Rusa, laureado con el premio Lenin y numerosas otras condecoraciones nacionales y extranjeras, doctor en ciencias técnicas, miembro pleno de la Academia de Ingeniería de Rusia, “el hombre-leyenda”. Este título lo recibió en 1998 “Por los méritos en el desarrollo de la construcción aeronáutica en Rusia”.

Símonov fue una personalidad única y así permanecerá en la memoria de todos quienes lo conocieron, quienes trabajaron con él o lo trataron. No tenía un carácter sencillo pero contaba con un mundo interior asombrosamente rico. Así como con una talentosa y multifacética individualidad, poseedora del don de prever el futuro y la capacidad para emprender acciones resueltas que a algunos pudieron parecerle aventuradas pero que siempre estuvieron exhaustivamente pensadas, y que por ello siempre condujeron al éxito. Citaré tan sólo dos episodios de su riquísima biografía, que él mismo me confió.

Son pocos los que conocen cómo se creó el ahora famoso Su-27. Bueno, así fue. Nuestros espías lograron en alguna parte de los Estados Unidos los planos del avión supersónico F-15 Eagle, que se construía en McDonnell-Douglas. Los trajeron a “Sujói”. Gracias a estos planos los constructores soviéticos construyeron un avión, lo pasaron por el tubo aerodinámico y se dieron cuenta que algo no estaba como correspondía. Un avión así no podía volar con velocidades supersónicas. En aquellos momentos ya se estaba construyendo un interceptor soviético para el F-15, con el código de fábrica T-10-1 en el que se habían incluido ideas de diseño destinadas a conseguir la superioridad del caza soviético sobre el norteamericano. Si los planos del Eagle no eran auténticos, todo el trabajo de los especialistas iría a la basura y se habrían dilapidado en vano enormes sumas de dinero. Por lo demás, había una disposición secreta del Comité Central del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) y del Consejo de Ministros sobre la fabricación de un avión que podría resultar inútil. ¿Qué hacer?

Símonov, por su cuenta y cargo, comenzó a diseñar otro avión, bajo el mismo código. Explicó a los jefes que se trataba de una variante de reserva, preparada ante cualquier eventualidad. Este caza interceptor fue el que se convirtió en el famoso Su-27, sobre cuya base hoy se desarrolla toda la línea de aviones “Sujói”. Símonov explicó ante el Comité Central que se trataba sólo de la “modernización del T-10”. Con la letra “C” al final. Digamos T-10C – de serie.

El otro episodio tuvo lugar al principio de la década de los 90 del siglo pasado, cuando se desmoronó la Unión Soviética y no había pedidos de aviones de combate ni dentro del país ni en el extranjero y la firma “Sujói” de la que Símonov era Constructor General y Director General estaba, digamos, a medio gas. No había con qué pagarles el salario, por muy bajo que fuese, a los miles de trabajadores no sólo de la Oficina de Diseños sino de las fábricas en Irkutsk, Novosibirsk y Komsomolsk en el Amur. Sin embargo, la producción debía ser conservada fuera como fuese, ya que dependía no sólo la preservación y el desarrollo de la industria aeronáutica, sino también la capacidad defensiva de Rusia.

Mijaíl Petróvich se esforzó muchísimo para encontrar encargos. Fue entonces cuando pensó en China, inmersa en un dinámico proceso de desarrollo, que por entonces carecía de sus propios aviones de combate pese a que los necesitaba. Viajó a Pekín y pudo observar que por todas partes estaban los norteamericanos. Suministraban a los chinos los programas informáticos más avanzados y negociaban la venta de sus aparatos de combate. Evidentemente, no eran los mejores modelos, pero era importante meterse en ese mercado, convertir al ejército chino en dependiente de la Boeing o de Lockheed y luego ya sería posible dictar sus condiciones.

Símonov evaluó rápidamente la situación y propuso a los camaradas chinos su máquina: el Su-27. Más barata que los norteamericanos F-15 y F-16, pero más eficientes en el combate aéreo y, lo más importante, Rusia podía vender a China la licencia para producir el Su-27 en sus propias fábricas. Washington no le había ofrecido a Pekín una licencia semejante. Es más, la República Popular tenía una gran experiencia en la cooperación con la URSS, durante la cual nunca surgieron sanciones o presiones económicas, mientras que con los EE.UU. había que guardarse de semejantes actos.Por cierto, surgió una nueva complicación. La burocracia gubernamental de rango más elevado, la de los jóvenes reformistas, no quería asistir,de ninguna manera, a semejante compra por parte de Pekín. De hecho, no quería armar al vecino y temía por el crecimiento de su poderío militar. Sólo Símonov sabe la fuerza y salud que gastó para convencer al primer ministro y a sus segundos para aprobar el contrato, la infinidad de impedimentos y sospechas burocráticas que tuvo que superar. Como lo recordaba el propio Mijaíl Petróvich, sólo un hombre le ayudó: el presidente Borís Yeltsin. La Oficina de Diseños “Sujói” y la fábrica de aviación en Komsomolsk en el Amur (en el Extremo Oriente ruso) recibieron el primer pedido que, literalmente, les permitió elevar las alas. Luego surgió el excepcional contrato con la India por 350 cazas Su-30MKI, y luego los contratos con otros países del Asia Sudoriental, de África del Norte y de América Central.

Hoy en día, la firma “Sujói” es una de la corporaciones constructoras de aviación líderes en el mundo. Sus aviones vuelan en todos los continentes. Incluso en América del Norte, en los EE.UU., donde se abrió una planta que fabrica los aviones deportivos de Símonov. Esto no es el límite ni mucho menos. El gran constructor dejó tras de sí no sólo aviones de combate o deportivos, promisorias ideas y proyectos de ingeniería, sino una cohorte de talentosos científicos y continuadores de su causa.

Mijaíl Pogosián, uno de sus herederos y continuador de su legado científico, presidente de la Compañía Unificada de Construcción de Aviación y director general de la Compañía “Sujói” y de la Corporación “MiG”, se refirió así a esto:

“La partida de Mijaíl Petróvich es una gran pérdida. Mijaíl Petróvich Símonov representa toda una época en la aviación nacional. Fue una persona que poseía una visión con perspectiva y la capacidad de asumir el riesgo en aras del éxito futuro. Los aviones de combate creados bajo su dirección determinaron por muchos años la imagen de la construcción de aviones militares y la posicionaron en el liderazgo mundial. Mijaíl Petróvich preservó la escuela única de Sujói, la más fuerte del país, que hoy avanza a nuevos horizontes en la creación de la moderna técnica de aviación”.

Agregaría de mi parte: las leyendas no mueren, se van al cielo como rayos de clara luz, señalándonos a quienes todavía quedamos en la tierra, los infinitos espacios para el vuelo.

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