Una biblioteca sobre ruedas

Imagen de Niyaz Karim

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“No, por ahí no pasamos”, suspira el conductor mirando a una abuelita que se le acerca desde el patio en el que se ha quedado atascado el autobús.

“¿Para qué habéis cerrado el paso? ¡Si no se puede pasar!”- refunfuña la señora mayor al acercarse. “Pero, ¿qué tienen ahí?” como era de esperar, la abuela curiosona no ha dejado de asomarse a la ventana.

- Llevamos libros para los niños...

Fue así como en uno de los patios moscovitas, a unos 100 metros del colegio, se quedó atascado el autobús de libros infantiles “El Amortiguador”. Un proyecto humanitario único que reúne una librería sobre ruedas, un centro de ocio infantil y un gabinete psicológico. Esperamos dentro del autobús mientras el conductor hace intentos desesperados para pasar por el estrecho patio para llegar al colegio. El equipo de “El Amortiguador” va a organizar una actividad con niños de la escuela primaria para fomentar la tolerancia. Tal y como explica Anna Tijomírova, directora del proyecto, la actividad de hoy se basa en el libro de Pernilla Stalfelt “Lika som bar”. Los niños leerán el libro, mirarán los dibujos, jugarán y hablarán de la diversidad.

“Nuestra idea principal es renacer o, mejor dicho, crear la cultura de la infancia en Rusia. Además de proyectos especiales, guarderías, colegios interesantes e iniciativas artísticas, deseamos que exista una actitud respetuosa y adecuada hacia los niños, hacia la infancia. En un mundo así el niño será una persona hecha y derecha, de pleno valor, interesante, y no un mero personaje no-adulto que todavía no paga impuestos. Incluso hemos organizado una fundación llamada “La Cultura de la Infancia”. “El Amortiguador” no es más que uno de sus proyectos.

El autobús de la marca Mercedes es grande y fue fabricado en 1980. Ana lo ha alquilado con derecho a comprarlo en el futuro.

“Claro que nos apetece tener un autobús más nuevo, mejor equipado, que no se quede atascado y que tenga alas”, sonríe la directora. En el autobús hace frío, pero la decoración interior hecha para la ocasión recuerda al verano. Estanterías azules y verdes con libros, banquetas a rayas con ruedas, mesas desplegables e incluso un amortiguador de verdad soldado al chasis. Incluso hay equipamiento de oficina. Falta el cuarto de baño. Estamos sentados detrás, en un gran sofá cubierto con una manta verde y cojines amarillos. Todo es de colores brillantes, todo está pensado para los niños.

En unas estanterías diseñadas ex profeso hay varios libros. Nos cuentan que provienen sobre todo de editoriales pequeñas. Se compran en pequeñas partidas y van desde los cuentos clásicos ilustrados por Vasnetsov, hasta los autores suecos de cuentos para niños o novelas para adolescentes más actuales.

Hay libros que sólo tienen apariencia de infantiles pero tratan de problemas serios, realmente son libros para adultos.

“Explicamos eso a los padres”, sonríe otra Anna, la directora artística del proyecto. Con un nuevo arranque del autobús algunos libros caen al suelo y las dos Annas se precipitan a recogerlos.

Cuando le pregunto con qué medios se financia el proyecto, Anna, la directora, responde que con dinero privado.

“Oficialmente, el proyecto ha obtenido una beca de la fundación de Mijaíl Prójorov. Hemos metido en el presupuesto un autobús bonito, un ordenador, un calentador y otras cosas bonitas y útiles. Pero en realidad todavía no tenemos financiación. Por eso tenemos que ganar dinero vendiendo libros”.

Sin embargo, “El Amortiguador” no es un proyecto comercial, sino humanitario. Su idea es hacer propaganda de la lectura infantil y de una cultura adecuada de la infancia en general. El beneficio obtenido por la venta de libros está destinado a programas culturales y educativos del propio “Amortiguador”. Este verano el autobús viajará por Rusia y llevará libros infantiles por donde apenas hay, es decir, por las regiones.

“La buena literatura infantil, la actual, sólo es accesible en los grandes centros urbanos de la talla de Moscú y San Petersburgo”, se queja Anna, la directora.

“Puede que también llevemos a escritores, si encontramos algunos que sean aventureros”, Anna, la directora artística, abraza a la otra Anna y ambas sonríen.

“No hay nada que hacer, no pasamos. Seguro que no pasamos”, el conductor sale de la cabina y se nos acerca. “Es imposible”.

“Entonces nos quedamos aquí y lo hacemos todo aquí. Anna, prepárate. Ahora vienen los niños”.

Anna la directora se va. La otra Anna pone en orden los libros y las sillas, saca el libro protagonista de hoy y lo hojea. Al cabo de unos minutos, una multitud de niños de cinco años entra en el autobús, vestidos de invierno, gritando “¿Cuándo nos vamos?”, “¿Cuándo sale el bus?”, “¿Pero va a salir?”

“Desgraciadamente, hoy ya no viajamos a ninguna parte, pero algún día haremos un viaje, seguro”.

De momento, el autobús de los libros, con sus banquetas y sofá de colorines, señoritas sonrientes y libros bonitos, sólo lleva a los pequeños a los mundos literarios en los que se está tan bien cuando uno es niño.

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