Aterrizar en Rusia

Aterrizar en Rusia y bucear en la vida cotidiana de este país es toda una aventura, muy especialmente para aquellos que nos criamos en la acomodada Europa del “bienestar”, donde las normas de comportamiento y de relación interpersonal, así como con las autoridades, son claras, difícilmente franqueables y universalmente aceptadas. Rusia es un país diferente, obvio, pero sólo tras el primer año de residencia, de trabajo cotidiano y de contacto diario con los rusos, uno se percata hasta que punto nuestros universos difieren.

Cuando acepté mi empleo en Rusia yo ya conocía Bielorrusia, lo cual me permitía hacerme una idea de que podía encontrarme en las calles del país más grande del mundo, aún así las sorpresas son constates, posiblemente ese sea el mayor atractivo de este país : como en la guerra, un día en Rusia sabes como comienza, pero es imposible saber como termina, justamente al contrario que en la cuadriculada, y por ello notoriamente más aburrida, Europa. Y es que el alma rusa es ingobernable, impredecible y anárquica, extremadamente compleja de entender en los momentos más livianos y sorprendentemente llana y lógica ante las decisiones más cruciales, otra vez, a la inversa de Europa.

Será la vertiente asiática del país, será su historia agitada, convulsa, será su intrahistoria atormentada, apasionada y apasionante, pero el hecho es que Rusia es una aventura de la que nunca me arrepentiré, aún a pesar de esos momentos en los que el “modus operandi” de los rusos me desquicia, como cuando haces una “cola” para comprar los billetes y la gente se apelmaza, y es imposible saber quien va antes de quien, o cuando tienes que rellenar un papel en una ventanilla, pagar en otra y recoger tu producto en una tercera para comprar una bombilla, o cuando algo no funciona, la luz, el agua, internet, el coche…y te dicen, “hombre, es que esto es Rusia”, y se quedan tan contentos.

La eficiencia, tal como la conocemos en Europa, es un bien escaso en los países del ex bloque soviético, hacer unos trámites simples, como pagar la luz se pueden complicar sobremanera por causas incomprensibles, y no digamos trámites mayores como renovar el visado. La posibilidad de atajar los trámites, esto es, de sobornar a un funcionario, está siempre allí, pero los europeos no tenemos costumbre, simplemente no cabe en nuestra cabeza ofrecer un puñado de billetes a un Guardia Civil para evitar una multa. Como muestra un botón: este invierno, tras encontrar una calle de cuatro carriles en el centro de San Petersburgo cerrada al tráfico sin indicaciones previas, los conductores se organizaros de manera instintiva para conducir unos doscientos metros por la acera, para poder continuar luego su camino por la calzada. Un noruego habría dado la vuelta.

Por mi trabajo de corresponsal he tenido la suerte de viajar por toda Rusia, de norte a sur y de este a oeste, y es en estos lugares, en la Rusia interior y rural, cuando se comprende mejor la rudeza del carácter. Una vida áspera, un clima hostil, una precariedad rayana en la pobreza que sobrecoge al visitante y que sorprende al contrastarla con el amor ciego que, pese a la escasez, innegable e omnipresente, sienten los rusos hacia su patria. Y- es en estos lugares, cuando entras en sus casas y te ofrecen su compañía, cuando encuentras esa Rusia sorprendente, eterna, como parada en el tiempo.

Por mi trabajo también he entrado en contacto con realidades dramáticas, como el desempleo, el alcoholismo o la drogadicción que afectan especialmente a la periferia del país. Al drama eterno del odio racial en el Caucaso ruso, a la cerrazón terrorista, homicida, ciega y odiosa, y a la no menos ciega indiferencia de la mayoría del pueblo ruso por los crímenes que su gobierno, su ejército y su policía cometen de manera cotidiana, tanto en el Caucas, como en toda Rusia. El desarrollo del racismo, en la que fuese Patria de la Solidaridad entre los pueblos, tiene un resultado terrible, agresiones y asesinatos racistas son norma en Moscú, y rara vez son encontrados los culpables, y , lo pero, es que a pocos parece inquietar esta situación. Yo soy español, tengo el pelo negro, los ojos oscuros, y por ese hecho he sido insultado no pocas veces por la calle, y en Clubs de moda no se me ha dejado entrar, males menores, sin duda, pero sintomáticos.

Pese a todo los rusos son “el porqué” de que mi futuro este ligado a esta tierra, tras su coraza se encuentra gente culta, con ganas de compartir y de ofrecer, es por ello que lo malo se empequeñece, en la inmensidad de este país.

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.