La perestroika no tendrá fin

Foto de ITAR_TASS

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¿Deberá esperar a los nietos de la perestroika para ser reconocido?

Durante los primeros meses del año 2011 tienen lugar los cumpleaños de dos personajes emblemáticos de la historia reciente de Rusia. El fallecido Borís Yeltsin habría cumplido 80 años el 1.° de febrero, mientras que Mijaíl Gorbachov cumplirá esos años el 2 de marzo. Resulta difícil pensar en dos personas más diferentesen cuanto a personalidad, temperamento y acciones. Aunque desde una perspectiva histórica, parecen hermanos mellizos: uno no habría podido existir sin el otro. Mijaíl Gorbachov, Secretario General del Partido Comunista, invitó a Boris Yeltsin a trabajar en Moscú. Este se encontraba en ese momento en Sverdlovsk (no en Ekaterimburgo). También fue el propio Gorbachov quien echó a Yeltsin de su puesto como primer secretario de Moscú, lo que propició las bases para la popularidad de Yeltsin entre las masas rusas. No es una sorpresa que en 1991, tras el golpe frustrado, Gorbachov fuera reemplazado en la práctica por Yeltsin, quien se convertiría en el primer presidente de Rusia. Al llegar al poder, Yeltsin decidió dejar claro cuáles eran sus sentimientos y privó a Gorbachov de su cuantiosa pensión y de su personal de seguridad. Poco después, el escándalo se arregló y estos antiguos enemigos políticos llegaron a un aparente acuerdo. Los colegas de Yeltsin en el extranjero le aconsejaron no perder tiempo con nimiedades y no tocar a “Gorby”, pero la enemistad personal continuaría y estas dos importantes personalidades de la política nunca más se verían.

Tal como escribió un historiador ruso, “en Rusia debes vivir mucho tiempo”. Desde ese punto de vista, Mijaíl Gorbachov ha aventajado a su viejo rival. Aunque sería interesante saber qué siente ahora, cuando contempla los festejos del 80° aniversario del nacimiento de Yeltsin, festejos sensacionales que se están llevando a cabo prácticamente a escala nacional. Todos los canales de televisión más importantes han emitido documentales de Yeltsin que lo retratan casi idílicamente. El Teatro Bolshoi ofreció un concierto en su honor, al que asistió Vladímir Putin. En la ciudad natal de Yeltsin, Ekaterimburgo, se inauguró una estatua del primer presidente ruso, hecho que contó con la presencia del actual primer mandatario de Rusia, Dimitri Medvédev, quien pronunció un conmovedor discurso. Es muy poco probable que Mijaíl Gorbachov vaya a recibir dichos honores, ya sea en vida o tras su muerte.

No se trata tan sólo de la personalidad de un hombre u otro. De hecho, es discutible si Yeltsin se merece todos estos honores. En la actualidad, se está haciendo un evidente esfuerzo por pintarlo como un “luchador por la libertad” y “un verdadero demócrata”, aunque esto se trata más bien de una mitificación. En sus últimos años de vida, Yeltsin perdió toda la popularidad que le quedaba y el pensamiento popular lo comenzó a asociar no con la libertad, sino con la anarquía y la permisividad. Muchas regiones rusas se encontraban a la deriva y fue milagroso que no ocurriera una secesión. Propiedades estatales eran vendidas por céntimos a oligarcas, que se convirtieron de la noche a la mañana en unos de los hombres más ricos del mundo. Las pensiones y los salarios se retrasaban durante meses y, en algunos casos, incluso años. En otras palabras, el gobierno desapareció de algunos ámbitos esenciales y dejó paso a que la gente se las arreglase por sí misma. Por ello, cuando Borís Yeltsin decidió renunciar por voluntad propia, la mayoría de los rusos se sintieron aliviados. Por fin lo hacía.

Aún así, las equivocaciones y los errores de cálculo que cometió el primer presidente ruso no son nada en comparación con lo que hizo Mijaíl Gorbachov, quien destruyó la Unión Soviética. Desde este punto de vista, Yeltsin tan solo continuó lo que Gorbachov había comenzado: prosiguió con la destrucción del sistema comunista. Por eso Gorbachov es tan amado en Occidente y tan vilipendiado en su propio país.

Recientemente, la FOM (fundación rusa de opinión pública) dio comienzo a un proyecto global titulado “Memoria Histórica: La Aparición de una Nueva Rusia”. El objetivo del proyecto es conocer lo que piensan los rusos acerca del período comprendido entre 1985 y 1999, cuando se dieron los fatídicos cambios. Según los resultados un 54% de los participantes opina que la perestroika trajo más perjuicios que beneficios. Sólo un 16% opina lo contrario, y cerca de un tercio del total no eligió ninguna respuesta. Asimismo, esta actitud respecto de la perestroika no sólo es típica de la gente mayor, como podría esperarse, sino también del grupo de los llamados chicos 2.0, un 37% del total de participantes. La mitad de los chicos 2.0 tiene menos de treinta años. ¿Con qué asocian a la perestroika? La mayoría de las respuestas fue extremadamente negativa: el colapso de la Unión Soviética, el robo a la gente común, la destrucción de Rusia, luchas de poder, cambios para peor. Sólo un 7% de los participantes mencionó la democracia y glasnost. A la pregunta: “¿Cuándo terminó la perestroika?”, un 43% de los participantes respondió que aún continuaba, sin un fin a la vista.

Los sociólogos son incapaces de explicar esta actitud tan negativa con respecto a los cambios que tuvieron lugar en Rusia un cuarto de siglo atrás. Quizás dicha negatividad refleje la insatisfacción con la vida actual, que puede rastrearse hasta dichos cambios, y el fantasma del sufrimiento por el colapso de un gran país. La memoria humana tiende a olvidar lo malo con el tiempo. Además, la Unión Soviética tuvo muchos logros genuinos, que hacen muchísima falta en la Rusia de hoy. Por ejemplo, educación gratuita y asistencia sanitaria para todos. Incluido el asunto de la nacionalidad, que no se ha zanjado en absoluto. De cualquier modo, nuestros padres no se preocupaban por la nacionalidad de sus colegas o vecinos. Hoy ese tema sí nos preocupa y, en algunos casos, demasiado.

Un resultado inesperado de esta investigación ya ha quedado claro. Según Dmitri Rogozin, analista cultural que da clases en la “Escuela Superior de Economía de Moscú”, la aparición del nuevo “grupo de Internet”, que no existía hace tres años, es muy interesante. “Se trata de personas diferentes, personas que casi no dependen del gobierno”, afirma Rogozin. “Viven en Internet. Trabajan y se socializan allí. Tienen un alto nivel de responsabilidad sobre sí mismos. En consecuencia, no necesitan que les den explicaciones. Ellos mismos buscan las respuestas a sus preguntas”.

Esa gente es mucho más difícil de manipular, aún cuando el estado tiene el monopolio sobre los principales medios de comunicación. Esta gente siempre puede encontrar un punto de vista alternativo y sacar sus propias conclusiones.

De modo que ahora no puedo evitar preguntarme: ¿Habrían aparecido estas personas de pensamiento independiente si no hubiera existido la perestroika unos 25 años atrás? Es probable que aún nos lleve más tiempo poder mirar al pasado y analizar ese período fríamente. Entonces, para obtener gratitud, Mijaíl Gorbachov tendrá no sólo que contar con los hijos de la perestroika, sino más bien con sus nietos.

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