Pasado, presente y futuro de Rusia vistos por la lente de una cámara

Imagen de “V subbotu” (“Sábado Inocente”). Fuente: archivo de prensa.

Imagen de “V subbotu” (“Sábado Inocente”). Fuente: archivo de prensa.

El 61° Festival Internacional de Cine de Berlín, que tiene lugar entre los días 10 y 20 de febrero, ofrece dos películas rusas: el psicodrama V Subbotu (Sábado Inocente), de Alexander Mindadze, y el antiutópico Mishen (El Blanco), de Alexander Zeldovich. Junto con el filme alemán Jodorkovski forman una especie de tríptico acerca del pasado, presente y futuro de Rusia. La película Jodorkovski ya está en boca de todos: los ordenadores que contenían el corte final del film fueron robados de la oficina del director en Berlín las primeras horas del día 3 de febrero. Afortunadamente el director ya había enviado una copia al festival.

En los últimos años, la Berlinale no había contado con películas rusas, pero ahora el país se encuentra nuevamente bajo todas las miradas, esta vez no como una tierra enigmática de misterio e incertidumbre, sino como una realidad geopolítica relativamente nítida. Este cambio de percepción podría ser un importante giro en la forma en que los extranjeros perciben a las películas rusas: aquellas que versan sobre “las misteriosas almas rusas” y “esos extraños rusos”, si no se excluyen por completo, pueden al menos complementarse en la actualidad con películas sobre la Rusia de hoy, que reflejen su reciente pasado y proyecten su futuro cercano.

“V Subbotu” (Sábado Inocente) es la segunda película del director ruso Alexander Mindadze, que también es un consumado dramaturgo y guionista. El filme se centra en el accidente de la planta nuclear de Chernóbil, ocurrido el 26 de abril de 1986, y reproduce las primeras 24 horas posteriores a la tragedia, momentos de conmoción y confusión general en los que pocos se daban cuenta del verdadero significado de lo ocurrido y de que la vida jamás volvería a ser igual.

La idea de lidiar con las secuelas de una catástrofe, un accidente o algún error mortal es un común denominador de todos los guiones de Mindadze. Hay trenes que casi derrapan (“El tren se detuvo”), un buque que vuelca (“Armavir”), la guerra de Chechenia (“Tiempo del Bailarín”), y un accidente aéreo (“Desprendimiento”). En cada caso el director se centra no tanto en las causas de la tragedia, sino en sus consecuencias, que son definitivamente enormes y mucho más terribles.

Los autores de “V Subbotu” reproducen el clima de la época en cada detalle y con una dolorosa precisión. El camarógrafo rumano Oleg Mutu, que participó en las mejores películas de la ‘nueva ola’ rumana, es aquí el responsable de la fotografía. No muestra la vida socialista con un estilo retro, sino como si estuviera aconteciendo en estos mismos momentos.

Chernóbil ha sido durante mucho tiempo una triste metáfora del colapso de la Unión Soviética —una zona de muerte que aún afecta al mundo viviente—. Alexander Rodnyanksy fue el primer director en filmar Chernóbil tras la catástrofe y reunir grabaciones que luego utilizaría en su documental “Adiós, URSS” (1994). La película de Mindadze también es una suerte de despedida de la era soviética que, según él señala, está cayendo en el olvido, aunque nunca desaparecerá por completo.

Los mismos sentimientos abundan en el documental alemán Jodorkovski. La idea de hacer una película acerca de uno de los personajes políticos clave de Rusia se le ocurrió al director Cyril Tuschi en 2005, cuando asistió a un festival de cine en Janti-Mansisk. Allí fue sorprendido por la moderna ciudad y supo que la fuente de todo ese esplendor, la petrolera Yukos, había dejado de existir y su dueño se encontraba preso.

Al realizar el filme, Tuschi entrevistó a los familiares de Jodorkovski, a sus ex colegas de Yukos y a políticos rusos, entrevistas que sumaron 180 horas de grabaciones. El territorio en el que se filmó la película es vasto, ya que va desde Moscú hasta Nueva York, pasando por Siberia. Su plato fuerte es una entrevista con el propio Mijaíl Jodorkovski en una sala de un tribunal moscovita —la única entrevista filmada desde que ha sido arrestado—. Se utilizó animación para algunos pasajes, incluida la detención del empresario en el aeropuerto de Novosibirsk. Tuschi ha declarado que su idea principal era describir la personalidad de Jodorkovski, sin centrarse en su culpabilidad o inocencia, aunque la película no puede dejar de emitir opiniones acerca del sistema que hoy en día existe en Rusia.

Las metáforas políticas también abundan en la película de ciencia ficción “El Blanco”. Alexander Zeldovich y Vladimir Sorokin, coautores del guión, retratan a Rusia en el año 2020. Se trata de un país próspero en donde el principal recurso natural no es el petróleo ni el gas, sino un mineral único llamado runium, más caro que el oro o el platino. China se convierte en el socio clave de Rusia y, de hecho, convierte a Rusia en su propia colonia; toda señalización callejera está escrita tanto en ruso como en chino. Un enorme centro municipal moscovita se extiende a lo largo de la capital entera y la cultura de consumo alcanza su punto álgido, con personas ricas que tienen casi de todo, incluidas unas gafas especiales con las que inspeccionan a la gente para diferenciar su bondad de la maldad, aunque la primera se torna cada vez más extraña. Incluso la recuperación de la propia juventud se vuelve una realidad. Los protagonistas del filme viajan a las montañas de Altái, cuna de una instalación secreta y abandonada de la era soviética llamada “El Blanco”, que es una especie de antena gigante en donde los soviéticos estudiaban la radiación cósmica. Los héroes desconocen por completo, sin embargo, que el tratamiento radiactivo del Blanco no sólo les devolverá la juventud, sino que también tendrá consecuencias nefastas en sus vidas, igual de poderosas que la ya olvidada explosión de Chernóbil.

Aquí es en donde nuestro brillante futuro se encuentra con nuestro catastrófico pasado, con un potencial destructivo duradero, a pesar de cualquier estabilidad aparente.

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