Cuidado con los libros

Foto de ITAR_TASS

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Hace muchos años, cuando el destacado poeta ruso Evgueni Yevtushenko dijo: “En Rusia, un poeta es más que un poeta”, estaba adulando sutilmente el sólido mensaje social de sus propios versos. Sin embargo, la observación era muy cierta porque históricamente, la falta de líderes públicos capaces de estimular el pensamiento hizo que los escritores y los poetas ocuparan su lugar. Durante muchos años, el hecho de poder citar de memoria capítulos de la novela “Evgueni Oneguin”, de Pushkin, o versos de “Vasili Tiorkin”, el poema épico de Tvardovski sobre la Segunda Guerra Mundial, así como otros versos de Nikolai Nekrásov o Alexander Bloc fue el distintivo incuestionable de una educación adecuada y parte integral de la identidad cultural de las personas que se consideraban cultas, independientemente de que su profesión estuviera relacionada con la literatura.

Lamentablemente, este distintivo podría empezar a ser menos reconocible. En 2008, el ministro de Educación suprimió la literatura como asignatura obligatoria del examen de graduación del bachillerato, alegando que era demasiado complicado formalizarla en el Examen Unificado Estatal, un examen basado en respuestas múltiples de reciente introducción. En la actualidad,se están revisando los criterios de la educación nacional, según la nueva norma la literatura dejará de ser obligatoria para los estudiantes de bachillerato. ¿Por qué quieren las autoridades educativas rebajar el estudio de la literatura a una mera asignatura optativa?

Los autores de la propuesta alegan que los jóvenes no tienen tiempo de leer tantos libros, además muchos de ellos no necesitan perder tiempo con Dostoyevski si su intención es especializarse en química o matemáticas. La mayor parte de los títulos incluidos en la lista de lecturas convencionales son demasiado extensos y, por lo visto, no se escribieron con el fin de inspirar conocimientos de ingeniería. Hasta las obras más breves de Antón Chéjov necesitan digerirse con tiempo. De modo que hay que ayudar a los jóvenes rusos a concentrar sus esfuerzos en lo que realmente interesa. Concedámosles el legítimo derecho de pasar por el bachillerato sin el engorro de tener que leer a Tolstói, Dostoyevski, Chéjov o Gorki.

Cuando yo estudiaba el bachillerato comenzaron a asomar los primeros síntomas de bibliofobia en forma de resúmenes de libros que podían condensar apropiadamente cuatro formidables tomos de “Guerra y Paz” en quince páginas, algo mucho más razonable, pero en aquellos tiempos los alumnos escondían estas ayudas y las leían furtivamente para evitar comentarios desdeñosos y no pasar vergüenza. Diez años después nadie se molesta en ocultar su ignorancia. Los apuntes Cliff son ahora la norma, y los alumnos que “pierden el tiempo” tratando de leer y entender las grandes obras de la literatura clásica son la excepción.

Quienes proponen los nuevos criterios educativos han preparado bien sus argumentos: ¿Cómo puede una persona de 16 ó 17 años apreciar el significado de la prosa de Tolstói? ¿Por qué hay que obligar a los adolescentes a hacer algo para lo que todavía no están capacitados? Dejemos primero que esos jóvenes crezcan y maduren, y después, quizá, sentirán la necesidad de leer a los clásicos.

No querrán hacerlo. Salvo contadas excepciones, las personas que entran en la edad adulta no dedican su limitado tiempo a algo que no ha sido presentado en su niñez como importante, significativo, valioso o prestigioso. La niñez y la adolescencia son etapas en las que todavía nadie está lo suficientemente maduro como para encajar en una especialización concreta y seguir un camino elegido, que deseche lo demás.

Hoy en día, los burócratas rusos quieren encarrilar a los jóvenes en distintas carreras cuanto antes, y para ello utilizan argumentos hipócritas y erróneos. La capacidad de un joven para entender y apreciar a Tolstói sólo puede ser cuestionada por quienes no entendieron su mensaje ni siquiera en sus años de madurez. Todo el que aprecia y valora la lectura de los clásicos sabe que en distintas edades de la vida se tiende a redescubrir autores conocidos y apreciar nuevos significados en sus obras.

En la actualidad hay una suerte de cantinela que se oye en todas partes que asegura que el mundo ha cambiado y que vivimos en una era digital en la que la literatura clásica ha quedado sencillamente obsoleta. Pero el significado implícito de tales afirmaciones es en realidad el siguiente: “la literatura clásica es demasiado compleja y hace que la gente sea más sofisticada, y no nos interesa un público sofisticado con posibles motivaciones imprevisibles”. La historia ha demostrado que el temor a leer siempre proviene del temor a pensar. Quizá por eso, las librerías rusas de hace quince años estaban llenas de volúmenes de trabajos escolares ya hechos, además de resúmenes de libros. La interpretación concisa de una obra literaria puede leerse con facilidad y rapidez, pero no induce a pensar.

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