Explosión egipcia, ¿y ahora qué?

Foto de Reuters

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En enero de 2011 estalló en Túnez y pasados unos días, en Egipto. Manifestaciones de cientos de miles de personas en Túnez clamaban por la dimisión del presidente Ben Ali, que acabó huyendo del país. Los ministros que más ira provocaban entre los manifestantes fueron destituidos. El primer Ministro, que se ha mantenido en el poder, declaró que tenía intenciones de llevar a cabo reformas radicales, y de preparar elecciones parlamentarias y presidenciales. Por lo visto, de momento este proceso todavía no ha acabado.

En Egipto los acontecimientos tuvieron un carácter mucho más dramático. Una enorme manifestación que se prolongó por varios días exigió y logró la dimisión del presidente Hosni Mubarak. Al igual que en Túnezlas protestas masivas fueron contra la corrupción de la clase dirigente, la pobreza y el desempleo que afecta a una gran parte de la población Todo esto en un contexto de riquezas incalculables acumuladas por los altos funcionarios.

Ambos presidentes, líderes de sus respectivos países desde hace muchos años (Mubarak llevaba 30 años en el poder y Alí casi un cuarto de siglo), eran conocidos por su lucha contra los extremistas islámicos y el terrorismo. En Egipto los “Hermanos Musulmanes”, la principal organización islámica que obtuvo en las pasadas elecciones el 20 % de los escaños, fue prohibida y muchos de sus miembros encarcelados.

Todo ello favorecía la primera valoración de lo ocurrido en Túnez y Egipto como una protesta islámica. Sin embargo, tal y como se puede ver en los distintos reportajes de televisión, los manifestantes no tenían ni leyendas islamistas, ni banderas verdes. Tampoco se oían llamamientos de ese tipo. Observé que algunos manifestantes egipcios llevaban retratos de (l primer presidente egipcio Gamal) Nasser, aunque no se trataba de una práctica mayoritaria.

Es bastante sintomática la reacción de dos líderes religiosos respecto de los acontecimientos en el El Cairo la que, a mi parecer, está dictada por una percepción más política que espiritual de lo ocurrido. El líder espiritual de Irán, el ayatolá Jamenei, describió estos sucesos como “revolución islámica” en contra de Mubarak, quien colaboraba (realmente fue utilizada otra palabra) con Estados Unidos e Israel, mientras que el muftí principal de Arabia Saudita calificó las protestas contra el gobierno egipcio de “conspiración entre los enemigos del islam y los que les apoyan".

Con toda seguridad, podemos llegar a la conclusión de que las acciones masivas de protesta que empezaron en Túnez, abarcaron Egipto y se propagaron por otros países árabes, no estaban organizadas por ninguna fuerza política, islámica o no. Estoy seguro de que durante la etapa principal no había ninguna influencia externa. Por cierto, en los Estados Unidos se hacen cada vez más fuertes las quejas contra los servicios de inteligencia, que no informaron a la Casa Blanca con antelación sobre la inminencia de estos acontecimientos. Durante las protestas masivas en Egipto, yo participaba en Washington en una reunión organizada por las Academias de ambos países para considerar la regulación del conflicto árabe-israelí. Por parte de los Estados Unidos participaron muchos conocidos diplomáticos que habían ocupado puestos importantes en el Departamento de Estado y habían trabajado durante años como embajadores en países árabes e Israel. También asistieron funcionarios que actualmente desempeñan sus funciones en el Departamento de Estado. Tuve la ocasión de entrevistarme con varios de mis antiguos homólogos muy bien informados, incluida Madeleine Albright. Me quedó la impresión de que estas manifestaciones masivas en contra de gobiernos árabes considerados como socios fiables de los Estados Unidos provocaron en Washington una especie de pasmo. Por lo visto, muchos se acostumbraron a pensar que el proceso revolucionario se había apagado en aquellos países en las postrimerías del siglo ХХ, luego de la etapa de las revoluciones anticoloniales. Parece que muchos, incluido yo mismo, infravaloraron el papel de la modernización en las sociedades del mundo árabe, sobre todo en las generaciones jóvenes. Las comunicaciones a través de Internet y de los teléfonos móviles permitieron que los que estaban indignados por la pobreza, el paro, la violación de los principios democráticos y la corrupción se organizaran para salir a la calle. Esta fuerza apareció en Egipto desde los primeros días.

La administración empezó a ceder. La televisión de El Cairo transmitió la grabación de la intervención de Mubarak. Estaba hecha de una forma muy profesional. El presidente dijo que no se presentaría a las elecciones presidenciales egipcias previstas para septiembre y que garantizaría una transición democrática hacia el nuevo gobierno. Admitió la necesidad de llevar a cabo reformas y una lucha contra la corrupción pero, al mismo tiempo, subrayó que quería quedarse en el país después de su dimisión y que después de morir (Mubarak tiene 82 años y según informaciones de la prensa egipcia, se encuentra en estado de coma en su residencia de Sharm al-Sheij) le gustaría ser sepultado en la tierra de sus antepasados. El gobierno fue disuelto. Ahmed Shafik, ex comandante del Ejército del Aire y ministro de aviación civil desde 2002, fue nombrado primer ministro. Simultáneamente, el general Omar Suleimán fue nombrado vicepresidente, puesto para el cual Mubarak no había permitido nombrar a nadie durante muchos años.

El general Suleimán, de 74 años, es un político fuerte y experimentado que durante muchos años encabezó el Servicio General de Inteligencia, llevando a cabo las misiones más complicadas. Entre otras cosas se dedicó, aunque hasta el momento sin éxito, a reconciliar a dos grupos palestinos adversarios, Hamas y Al-Fatah. Le conozco desde hace mucho y he tenido la oportunidad de apreciar sus habilidades analíticas y políticas.

Sin duda alguna, el nombramiento del general Suleiman se ha reflejado y se reflejará en el desarrollo de los acontecimientos en Egipto. En primer lugar, propuso a los manifestantes empezar negociaciones. Y no sólo eso. Por lo visto, para evitar la peor de las alternativas, consistente en que los islamistas encabecen el movimiento popular en contra del gobierno, el general Suleiman ha propuesto negociar también con los “Hermanos Musulmanes”, a pesar de que esta organización esté prohibida.

Sin embargo, la presión unilateral de los manifestantes no podía favorecer las negociaciones. Entonces, entre las multitudes que exigían una dimisión inmediata de Mubarak en la plaza de Tahrir (la plaza de la Liberación) irrumpieron personas cabalgando sobre caballos y camellos. Empezaron los enfrentamientos. Por lo visto, en contra de los manifestantes fueron utilizadas las tribus beduinas. Los comentaristas de televisión decían que entre las fuerzas de apoyo a Mubarak (así las llamaron nada más aparecer en escena) también había policías vestidos de civiles. Sea como fuere, no había policías con uniforme pues estos habían abandonado las calles de El Cairo ya en la etapa inicial de los desórdenes al no poder controlar a los manifestantes. Mientras que el ejército, por su parte, también se abstenía claramente de participar (los tanques instalados en el centro de El Cairo se mantenían en silencio, mientras que los soldados no se bajaban de ellos), los incidentes empezaron a tener apariencia de combate entre las parcialidades pro Mubarak y anti Mubarak.

Los sangrientos enfrentamientos, con numerosas víctimas entre las que se encontraban periodistas, provocaron la indignación de muchos países en el mundo. Los equipos de televisión, incluidos los egipcios, fueron llevados a un “lugar seguro”. El general Suleimán declaró que sus noticias provocaban enfrentamientos. Después de estos choques, durante una entrevista a la cadena estadounidense ABC, Mubarak dijo que le hubiera gustado abandonar de inmediato su puesto de presidente, pero que no le era posible ya que recelaba de que el caos se propagara por el país. A la vez, subrayó que su gobierno no tenía ninguna responsabilidad en los enfrentamientos de la plaza de Tahrir. Mientras tanto, el primer Ministro egipcio pidió disculpas públicamente por lo ocurrido y prometió llevar a cabo una investigación.

Los acontecimientos en Egipto plantean una serie de cuestiones importantes a los políticos de muchos países. La primera es, ¿quién será el presidente de Egipto después de Mubarak? La anterior candidatura, la de su hijo menor, quien abandonó Egipto nada más empezar las manifestaciones y, junto con otros, fue excluido del partido gobernante, queda descartada. Surgió la candidatura del ex director de la AIEA, el Premio Nobel de la Paz Mohamed el-Baradei, quien llegó a El Cairo desde Viena cuando las manifestaciones ya habían empezado y declaró que estaba dispuesto a encargarse temporalmente de las funciones presidenciales "si así lo deseaba la calle". Por lo visto, su candidatura resultaría aceptable para Occidente, pero el-Baradei no cuenta con un apoyo consistente en Egipto, ya que ha vivido fuera durante los últimos 30 años. El general Suleimán sigue siendo un pretendiente serio, a pesar de que le culpen de haber estado durante muchos años al lado de Mubarak, cosa que no puede negar. Amar Musa, actual Secretario General de la Liga de los Estados Árabes y ex ministro egipcio de Asuntos Exteriores, también tiene grandes posibilidades. Es un político muy fuerte que no se hizo ver demasiado ni durante la etapa inicial, ni durante la culminación de los acontecimientos, manteniéndose siempre en la sombra, pero luego declaró que estaba a favor de la oposición y que estaba dispuesto a presentar su candidatura a la presidencia, después de que se terminara la presidencia de Mubarak.

No creo que entre los pretendientes a la presidencia de Egipto llegue a aparecer Muhammad Badi, veterinario y catedrático, jefe de los "Hermanos Musulmanes" desde el 16 de enero de 2011 y, aunque está totalmente claro que en la primera etapa esta organización no jugó un papel activo,eso en absoluto quiere decir que sigan siendo pasivos en el futuro. Es la fuerza opositora mejor organizada de Egipto y, por cierto, es también reconocida por plantear proclamas sociales, sobre todo en contra de la corrupción. Al mismo tiempo, no es la más extremista si la comparamos, por ejemplo, con los talibanes afganos y paquistaníes y, más aún, con Al Qaeda. Es obvio que “Los Hermanos Musulmanes" está integrado por personas muy diversas, que pueden tener tanto ideas moderadas como muy extremistas. Por ejemplo, hace poco el vicepresidente de esta organización declaró en una entrevista a la cadena de televisión japonesa NHK que “Los Hermanos Musulmanes" llegarían al poder tras Mubarak y romperían el acuerdo existente con Israel. Sin embargo, es difícil creer que tal situación se haga realidad.

Otra pregunta que plantean estos acontecimientos es hasta qué punto los cambios en la administración egipcia influirán en las relaciones entre Egipto e Israel. Es sabido que después de haber firmado un tratado de paz en 1979, las relaciones entre ambos estados seguían siendo aparentemente frías, aunque existían embajadas, una israelí en El Cairo y una egipcia en Tel-Aviv, se realizaban visitas de alto nivel y se mantenía un comerciobastante reducido, que ascendía a quinientos millones de dólares al año. Pero lo más importante es que constantemente se llevaban a cabo consultas bilaterales, gracias a las cuales Egipto impedía la filtración de armas a través del Sinaí a Gaza, el baluarte de Hamas. Según el tratado firmado en 1979, el territorio egipcio en la Península del Sinaí tiene que estar desmilitarizado. Preocupados ante el desarrollo de los acontecimientos en Egipto luego de la dimisión de Mubarak, los israelíes, según una información de una fuente fiable, comunicaron a El Cairo su consentimiento para dislocar tropas egipcias en el Sinaí con el objetivo de evitar una infiltración de las fuerzas de Hamas desde Gaza que apoye a “Los Hermanos Musulmanes”, organización con la que mantienen contacto.

El ejército sigue siendo la fuerza más importante de la que depende el futuro de Egipto. Está mucho menos politizado que en los tiempos de Nasser pero sigue jugando un papel clave en el país. Tras la destitución del rey Faruq, los cuatro presidentes del país, Naguib, Nasser, Sadat y Mubarak, han sido militares. Más de la mitad de los gobernadores egipcios son también antiguos militares. Los militares controlan una gran parte de la economía. Podemos considerar que la élite castrense estaba contenta con el régimen de Mubarak. Sin embargo, el ejército no fue utilizado en las manifestaciones en contra del presidente. Es evidente que fue considerado contraproducente, pero no hay garantía de que en una situación crítica el ejército se mantenga neutro.

¿Cómo reacciona Washington ante los acontecimientos de Egipto? Según uno de mis colegas americanos, después del estupor inicial es cuando se puede observar la actividad más intensa de Estados Unidos. El presidente Obama ha hablado varias veces por teléfono con el presidente Mubarak, el vicepresidente de EEUU y con el vicepresidente egipcio. También existe una línea de contacto permanente con el vicepresidente Suleimán, mientras que los grandes jerarcas del Pentágono mantienen un contacto especialmente activo con los militares egipcios. Varios diplomáticos competentes fueron enviados a El Cairo, que habían mantenido relaciones con egipcios capaces de influir en la política, para apoyar al embajador norteamericano.La agencia Associated Press, citando fuentes oficiales de EEUU, informó que se mantuvieron negociaciones para instalar, luego de la dimisión del presidente Mubarak, un gobierno de transición antes de las elecciones. Parece que Washington está buscando una solución que le permita compaginar la imagen de defensor de los cambios democráticos, con el mantenimiento en la administración de Egipto de fuerzas que, quizá no sean la encarnación de la democracia, pero que resulten aceptables para los Estados Unidos. Washington no olvida que Egipto es el país más poblado y con más influencia en el mundo árabe y que por su territorio pasa el canal de Suez, vía de comunicación principal por la que transitan los grandes buques tanques que llevan petróleo a EEUU.

Es evidente que el punto crítico de los enfrentamientos en Egipto ya ha pasado, pero eso no quiere decir que todo vuelva a la normalidad. El centro de gravedad simplemente se traslada ahora desde la plaza de Tahrir al campo político. La administración ha empezado a negociar con las fuerzas de la oposición, en las que participan también “Los Hermanos Musulmanes”. Se están elaborando enmiendas a la Constitución, y es posible que una de ellas prevea mandatos especiales para el vicepresidente de Egipto durante el período de transición. Se han agrupado Suleimán, el jefe del Estado Mayor, Sami Annan, y el ministro de defensa, Mohamed Tantaui. Por lo visto, serán ellos los encargados de llevar a cabo las reformas constitucionales. Alrededor de Amar Musa también se agrupan algunos egipcios conocidos, autodenominados “el consejo de sabios", entre ellos, antiguos ministros, diplomáticos y hombres de negocios.

La situación cambia día a día. En estos momentos es difícil hacer un pronóstico fidedigno, pero una cosa está clara: Egipto está cambiando de una forma radical y ello tendrá consecuencias en todo el Oriente Próximo.

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