El lado correcto de la historia

Foto de Reuters/Vostock Photo

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Hay muchas personas que lo recuerdan muy bien. Muchos de sus amigos que trabajaron junto a él como periodistas, escribiendo discursos, fotógrafos, intérpretes o asesores. Recuerdan como hablaba y como se movía, recuerdan su rudeza o como contaba los chistes, como bebía champagne o vodka. Cuando algunos de nosotros recordamos sus famosas declaraciones nos parece que fue ayer: “No habrá debacle” o “¡Me tumbaré en las vías del tren como suban los precios!”

Sólamente hablé con el una vez, en 1990. Yo era un joven reportero de TASS y acudí a un encuentro que él tenía con una delegación del parlamento polaco. Acababa de ser elegido presidente del Soviet Supremo de la Federación de Rusia. Después de la reunión yo tenía que entregarle mi texto para confirmar la aprobación del mismo. Me dijo: “Como puedo ver, es usted un hombre con experiencia (algo que no era, ni mucho menos, cierto). Decide por ti mismo.” Dijo Yeltsin y luego me dio un apretón de manos.

Lo vi hablar en la Universidad Estatal de Moscú (MGU) en 1988 y me quedé impresionado. Parecía más grande que la propia vida, como ha dicho todo el mundo. Lo volví a ver en Dom Kino en donde dio un abrazo de oso al disidente polaco Adam Michnik. Después de que fuera expulsado del Politburo y del Partido Comunista, cogí su retrato y lo coloqué en una balda de mi casa. Mi sabio abuelo lo quitó de allí y dijo: “No seas idiota. Mientras ellos luchan por el poder tú estás tomando partido por unos”.

Mis amigos lo evalúan de otro modo. Aquellos que trabajaron con él, excluyendo unos pocos, afirman que era un gran hombre de estado con mucho carisma. Strobe Talbott hizo la mejor caracterización cuando dijo que Yeltsin tenía un carácter volcánico. Podía ser impredecible pero su instinto político carecía de comparaciones en la escena política rusa.

También he oído la opinión que dice que Yeltsin puso al país de rodillas y que además cometió algunos errores cruciales, entre ellos la privatización en la cual un pandilla de mafiosos se hizo con la propiedad soviética. También empezó la guerra en Chechenia y llevó al poder a “alguien que no podremos quitarnos de encima en mucho tiempo”. Sin embargo, esto me parece una simplificación del legado de Yeltsin.

Sus partidarios afirman que trajo la libertad. Otros dicen que fue Gorbachov quien comenzó las reformas para la libertad de prensa (“glasnost”), abrió las fronteras para poder viajar al exterior, organizó las primeras elecciones democráticas, publicó a Solzhenitsyn y se abstuvo de usar fuerza contra la oposición.

A mediados de los años 80 había muchas expectativas entre los rusos. Gorbachov parecía un individuo tan poco común como prometedor en comparación a sus compañeros de cara gris. Sin embargo, sus objetivos no estaban claros y a medida que pasaba el tiempo se veía claramente que lo que más le preocupaba eran sus amigos del Partido Comunista así como sus ambiciones políticas. Yeltsin parecía una persona de acción, alguien que podía arreglar la situación y traer un verdadero cambio. Realmente lo hizo. Yeltsin revisó y cambió la tradicional prohibición comunista respecto a la propiedad privada. Ese fue su logro más significativo.

Yeltsin no hizo feliz a todo el mundo en Rusia. Las minorias nacionales son una parte muy importante de la vida política. Los complejos conflictos étnicos del norte del Cáucaso, las secuelas de la desintegración de la URSS y el vacío de poder que surgió en estas sociedades en las que hay un fuerte instinto feudal, apenas le dejaron elección.

Apoyé sus acciones en contra del Soviet Supremo en 1993. Me refiero a lo que organizaron sus miembos y Anatoly Chubais definió adecuadamente como “un golpe de estado fascista”. Entendí la fragilidad del modelo económico creado a principios de los 90 y predije la debacle de 1998, que supuso un punto de inflexión tanto para Rusia como para el propio Yeltsin.

Fue un hombre diferente desde ese momento. Estaba exhausto a causa de la lucha política. Además, era también un ser humano que no estaba libre de malos hábitos. Tenía un serio problema de corazón y tomó demasiadas decisiones difíciles. Empezó a criticar a los Estados Unidos y a discutir abiertamente con Bill Clinton, el presidente norteamericano que más se ha preocupado por Rusia. No era la misma persona que elegimos en 1987 para llevar hacia delante nuestras aspiraciones y expectativas.

En el momento de su renuncia volvió a demostrar que era el mismo hombre que tanto nos gustó una década atrás: un ser humano capaz de hacer gestos, de dar un paso adelante, de hacer una proeza. Pidió perdón. Algo que muchos de políticos son incapaces de hacer. Recordaré a Yeltsin como una persona preocupada por su nación y como alguien que sintió que estaba siempre del lado de la virtud y del bien; en el lado correcto de la historia.

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