Reacción étnica

Imagen de Niyaz Karim

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Pocos han sido los que no han aprovechado la ocasión para horrorizarse ante la posibilidad de una guerra civil y de la desarticulación del estado tras los acontecimientos en la plaza Manézhnaya de Moscú. Sin embargo, la posibilidad de un conflicto interétnico parece menos probable y peligroso que nuestra incapacidad para comprender esta amenaza y encontrar un antídoto. De momento, la élite gobernante no hace más que tomar medidas policiales, e incluso la oposición liberal parece estar más a favor que en contra de ellas. Pero cerrar a la fuerza la tapa de un crisol en el que se entremezclan distintos pueblos no es la mejor solución al problema de los conflictos étnicos: tarde o temprano acabará estallando de nuevo. Resulta mucho más importante asomarse al crisol para entender las causas de esta especie de “reacción étnica”. “Ruskii Reporter” ha intentado buscar la respuesta a esta pregunta.

Los nuevos rusos

— Venga, extremistas, fascistas y demás imbéciles , ¡vamos al calabozo!

El conductor de una furgoneta de la policía especial antidisturbios escupe totalmente agotado por la ventanilla: el más joven de los detenidos tiene 14 años, el mayor, 43. La edad, al igual que los orígenes étnicos de estos “nacionalistas rusos” se sabrá más tarde, cuando en la sección de distrito de la policía se recojan los datos de los detenidos. Tan sólo 26 de los 39 racistas tienen apellidos rusos. El resto son tártaros, coreanos, un par de personas procedentes de Chuvashia, un judío y un mulato con rastas. Este último también se presentó para pegar a los caucásicocaucásicos.

Al oír lo del calabozo, los chavales de los asientos traseros empiezan a ponerse nerviosos.

— ¡Es que mañana tengo que ir al cole!

“Al cole irás dentro de unos cinco años. Y eso, si te toca un juez simpático”, sonríe un policía grandote. Los acompañantes se acaban de quitar los cascos de protección y resulta que debajo de sus terroríficos atuendos se escondían caras perfectamente humanas. “Bueno, no te mees de miedo. En la comisaría os apuntan los datos y os dejan marchar. No hay jueces suficientes como para juzgaros a todos”.

Estos siete policías del grupo de antidisturbios tendrán que escoltar hasta la comisaría más próxima a los detenidos durante la pelea en una plaza próxima al centro comercial Evropeiski. Todos los medios de comunicación han informado sobre gran parte de lo acontecido en las plazas de Moscú, San Petersburgo o Rostov del Don durante el último mes del año 2010. Nuestro corresponsal ha sido testigo de algo de lo más curioso y terrorífico mientras viajaba en la furgoneta policial junto con los detenidos. En cuanto las puertas de la furgoneta se cierran, no existe ningún tipo de oposición entre los fanáticos nacionalistas y los supuestos defensores del orden público. Ambos lados de esta barricada imaginaria están totalmente unidos ideológicamente. Eso quiere decir que cuando vuelva a surgir cualquier gran conflicto, la frontera entre estas dos fuerzas puede desaparecer en cualquier momento. Esta es la lección más importante que nos brindó el diciembre pasado, sin embargo, parece que todavía no se ha terminado decomprender.

— ¿Por qué nos estáis deteniendo? ¿Es que no estáis hartos del desmadre de los caucásicos que hacen lo que les da la gana? — dice un chaval con barba de unos treinta años mientras tira de la manga al policía más cercano.

— ¿Qué pasa, eres de los que tienen ideas, no? — le corta el policía.

— Sí, tengo ideas.

— Bueno, escúchame bien tú, y el resto también. ¿Para qué coño os habéis presentado aquí a luchar contra estos animales con las manos vacías? ¿Contra quién ibais a luchar honradamente, rebaño de borregos? Tú, por ejemplo, — el poli levanta del asiento al adolescente más cercano -¿qué vas a hacer si te sale uno con una pistola? ¿Coger las balas con los dientes? ¿Sabéis cuántas armas les hemos quitado hoy? Cuchillos, pistolas y puños americanos. Tenéis que darnos las gracias por haberos sacado vivos de ahí.

Desde las filas de atrás se oye que alguien dice “gracias”.

— No hay de qué. ¿Os creéis que nos gusta lo que está pasando? No nos gusta nada. Primero uno tiene que perseguirlos en el Cáucaso, luego vuelve a casa y, toma ya, ¡los ve aquí! Pero si quieres cargártelos tienes que hacerlo apuntando bien y no como vosotros. ¿Para qué habéis gritado a los siete vientos que queríais quedar para organizar una pelea? Poneos de acuerdo sin hacer ruido, luego salid a la calle y os los cargáis de uno en uno, en grupos pequeños. Luego salís corriendo y a casita a dormir. Hay que copiar la estrategia del enemigo. Ya está, hemos llegado.

La furgoneta se para al lado de la comisaría. El jefe desaparece detrás de una pesada puerta de hierro. Vuelve pasados unos cinco minutos.

— Seguimos. Esto está lleno de animales. No queda sitio.

Todas las comisarías de los alrededores están llenas de gente de origen caucásico. Sólo pasadas tres horas tras la detención llegamos a una comisaría que tiene “plazas libres”, pero sólo en el salón de actos. Todo el personal está de guardia desde hace 24 horas. Los menores de edad son transportados a un hospital clínico. Al resto le toman las huellas dactilares para que sus datos personales se introduzcan en la base de datos de los extremistas moscovitas.

— ¿Apellido?

— N.

Al jefe del departamento de la policía judicial se le ponen los ojos como platos.

— ¿Eres familia del coronel N. del departamento de seguridad?

— Es mi padre.

El mayor rompe el protocolo lenta y cuidadosamente, luego ojea toda la sala y pregunta, también cuidadosa y pausadamente:

— ¿Hay más hijos de policías entre los detenidos?

Siete personas levantan la mano.

— Mierda- respira el mayor con una especie de desesperación resignada. — Éstos que se pongan en una fila aparte. Sin protocolo. ¿Qué es lo que se te ha perdido a ti en la dichosa plaza? Si a ti no te falta de nada…

El hijo del coronel mira atentamente a los ojos del mayor y dice en voz baja pero desafiante:

— ¡Porque estamos hasta las narices de vosotros! Vivís del dinero negro. Ellos os pagan y les dejáis hacer lo que les da la gana. Tanto usted como mi padre.

El mayor pierde los estribos de una forma inesperada.

— ¡No he sido yo el que los ha dejado entrar! Si de mí dependiera, los sacaría de aquí en 24 horas y que vuelvan a sus montañas de una puta vez. Pero en cuanto los tocas, ponen quejas a la fiscalía y a tu padre. Así que díselo a él.

— Yo se lo digo.

— ¡Vete a la mierda! Sargento, acompáñele. Quítamelo de en medio, si no vamos a tener problemas para largo.

— El hijo está dispuesto a luchar contra su padre. Todos los síntomas de una guerra civil-, murmura para sí mismo el hombre situado a mi derecha. Este señor de avanzada edad es el único que ha sido detenido en el lugar de la pelea por equivocación, cuando iba de la estación de trenes hacia el metro. — ¿Ahora entiendes por qué la policía nunca recibió la orden de dispersar todas estas manifestaciones en serio a pesar de todas las indicaciones del presidente? Ningún funcionario va a dar una orden así sabiendo que entre la multitud puede estar su hijo.

— Señor policía, ¿en qué calle está esta comisaría? --Uno de los detenidos quiere mandar un sms para que sus amigos vayan a buscarle. Ya son las dos de la madrugada.

— Mayakóvskogo.

— ¿Mayakóvskaya?

— Mayakóvskogo. El poeta, Vladímir Mayakovski.

— ¿Se escribe con “b” o con “v”?

— ¡Con y griega! — El mayor vuelve a perder los estribos. — Se supone que habéis ido al colegio y parece que hay que organizar cursos para erradicar el analfabetismo, como después de la revolución.

— ¿Qué revolución?

El mayor hace un gesto de desesperación y sale del salón de actos. Por los altavoces se anuncia que el grupo de instrucción debe prepararse para salir urgentemente. A dos manzanas de la comisaría hay otra pelea masiva con heridos. Los policías van corriendo hacia la salida pasando al lado de un cartel que dice “Personal del departamento de interior en el Cáucaso del Norte”, y con un subtítulo que reza “¡No hay tregua!”. Al lado del cartel hay un anuncio que ofrece a los policías moscovitas la posibilidad de enrolarse en las tropas que el Ministerio del Interior tiene en Ingushetia y Chechenia. A los moscovitas se les promete vivienda gratis y un salario fantástico en comparación con los de la capital.

— Y qué, ¿la gente se apunta? —, pregunto a uno de los sargentos.

— ¿Es que parecemos gilipollas? Que vayan ellos a servir allí, porque si no intentan todos colarse en la policía moscovita. Ahora parece que ya se les ha acabado el chollo.

— ¿Eso qué quiere decir?

— Desde hace un mes nos han dado una orden no oficial para que no contratemos a nadie de origen caucásico. Para ningún tipo de puesto. Pasada una hora, el jefe del departamento me dirá lo mismo. Dos horas mas tarde soltarán a todos los detenidos poniendo a cada uno una multa de 50 rublos (unos 12 euros – nota del traductor) por “haber cruzado la calle por un sitio indebido”.

El odio como oportunidad

Si observamos la confrontación interétnica de los últimos meses, no desde un punto de vista ideológico, sino con los ojos ingenuos de un “buen salvaje”, uno se ve forzado a perder ciertas ilusiones.

La primera ilusión: el nacionalismo es una patología, el destino de los marginados. Mientras pensábamos así, el nacionalismo salió de los sucios y oscuros callejones para llegar a las oficinas más limpias y luminosas así como a las universidades más prestigiosas del país. El corresponsal de RR experimentó una especie de shock al enterarse de que la portavoz del Movimiento Contra la Inmigración Ilegal, Alla Gorbunova, era profesora en la Universidad de la Amistad de los Pueblos, y sus radicales ideas nacionalistas no la desacreditaban en absoluto ante otros profesores.

Este proceso de transformación de los valores también está en pleno auge en los pasillos de la Universidad Estatal de Moscú. — No puedo decir que todos se hayan convertido en nacionalistas y xenófobos — observa Max, estudiante de tercero. — Lo que pasa es que ahora este problema cotidiano se ha empezado a discutir abiertamente y la gran mayoría simpatiza con los que estuvieron en la plaza Manézhnaya. Las palabras “nos tienen hartos” y “ya era hora” se oyen cada vez más.

Si se ignora que las ideas nacionalistas está llegando a personas de un estatus social cada vez más alto significará permitir que estas ideas se apoderen de más cabezas y comunidades. Los llamamientos a “tapar la boca a los xenófobos”, que sonaron en la tribuna del mitin “Moscú para Todos”, no hacen más que reclutar a nuevos extremistas. Millones de personas normales, que de momento simplemente están descontentas con el comportamiento de las diásporas étnicas, se encuentran en una situación en la que nadie les escucha, porque no son extremistas nacionalistas.

La segunda ingenua ilusión está relacionada con los límites étnicos del enfrentamiento, es decir, con percepción de las partes enfrentadas. Se tiende a pensar que el enfrentamiento se da entre los rusos y las minorías étnicas. En realidad, la posición anticaucásica es compartida por los representantes de otros pueblos, entre ellos, muchas personas procedentes del propio Cáucaso. El conflicto no es tanto entre etnias como entre las civilizaciones. Por un lado, hay una mayoría internacional, dispersa y atomizada, que desea hablar y pensar en ruso y vivir al estilo europeo. Por otro, algunas comunidades étnicas cohesionadas, cuyos miembros pretenden obtener todos los beneficios de la civilización moderna sin romper con sus valores tradicionales y arcaicos.

La tercera ilusión consiste en pensar que para los pocos “nacionalistas auténticos”, los verdaderos enemigos siguen siendo los “negros”. No es así. En los últimos años, el discurso nacionalista ha estado cambiado vertiginosamente hacia una posición contraria al estado. “El descontrol étnico no es más que una consecuencia de la traición de la administración actual”, esta idea cobra cada vez más fuerza en los foros nacionalistas.

Finalmente, la cuarta ilusión y la más importante, consiste en descubir que la esperanza en la resolución de los problemas interétnicos no radica en famosa frase del pacífico gato Leopoldo: “Amigos, no nos peleemos y vivamos en armonía”. La vida real no se parece a los dibujos animados, y los problemas sociales no se resuelven con un par de recetas psicológicas. Es necesario admitir una cosa políticamente incorrecta: la herencia soviética de la llamada amistad entre pueblos, algo medio voluntario medio obligado, ha desaparecido. Hoy en día, las relaciones entre el mundo ruso y el caucásico no se basan en el amor, sino en el odio, que además es recíproco.

Los nuevos (no) rusos


Después de las cuatro de la tarde los anchos pasillos de la Academia de Trabajo y Relaciones Sociales están llenos de gente. Al lado de la ventana hay un grupo de estudiantes que tienen pinta de caucásicos. “¡Señorita! ¡Señorita!”, gritan a una estudiante que pasa por su lado. Ella no les responde y sigue su camino. En la academia hay muchos estudiantes procedentes del Cáucaso. Su rector, Evgueni Kozhokin, dice que, entre otras cosas, esto se explica por el hecho de que la formación da acceso a una buena carrera profesional, y los jóvenes c caucásicos están muy orientados hacia el ascenso social.

— Como rector de una universidad en la que estudian muchos caucásicos, ¿ha tomado Ud. alguna medida después de los acontecimientos de la plaza Manézhnaya? —, pregunto.

Kozhokin se queda callado durante un buen rato, parece que está meditando cada palabra que va a decir.

— Me he entrevistado con un grupo de estudiantes que tiene autoridad sobre sus compañeros, he hablado con ellos. — Una pausa. — Ellos me han dicho que consideran la Academia como su propia casa y harán todo lo posible para que aquí no ocurra nada. Me dijeron que no veían ninguna necesidad de ir a la plaza cercana a Evropeiski, y que dirían a los demás que no fueran.

— ¿No puede ser que sólo se lo hayan dicho porque es el rector?

— Tiendo a fiarme de ellos.

— ¿Sus estudiantes caucásicos, tienen alguna particularidad que los diferencie de los estudiantes rusos?

— Hay ciertas particularidades. Nosotros, los europeos… es difícil encontrar otra palabra que abarque a los rusos, los ucranianos, los estonios, los alemanes, los franceses… desde hace mucho estamos viviendo una larga crisis familiar. Psicológicamente, a los niños les falta masculinidad. Mientras que en el Cáucaso la educación masculina se conserva mucho mejor. Tenemos que aprender mutuamente los unos de los otros para fortalecer nuestra nación, Rusia.

Me voy a hablar con los estudiantes, estos niños que han salido de unas “familias conservadoras” en las que les han estado inculcando un día tras otro una psicología verdaderamente masculina. Uno de ellos tiene escrita la palabra Ingushetia en la gorra.

— ¿Por qué creéis que la gente tiene manía a los jóvenes caucásicos como vosotros? — Les pregunto, y ellos se ríen.

— El Cáucaso forma parte de Rusia. — Veo que hasta el final de nuestra conversación van a mantenerse cautelosos y reticentes.

— Vale, voy a plantear la cuestión de otra manera: ¿por qué se odia precisamente a los caucásicos y no a los tártaros, por ejemplo?

— Porque así ha sido de toda la vida -dice uno.

— Cada uno se plantea sus propios objetivos. Hemos venido aquí a estudiar y después a trabajar— dice otro. — Tú seguro que tampoco has participado en lo de la plaza Manézhnaya, porque tendrás un objetivo en la vida. Yo tampoco he participado, y mis amigos tampoco.

— ¿No sentís nada cuando la gente grita “Machaquemos a los caucásicos”? — pregunto y noto inmediatamente miradas reprobatorias.

— Si veo a una multitud gritando eso, te doy mi palabra de ingush que no voy a sentir ningún odio, porque ninguno de esa multitud va a salir a decírmelo a la cara.

— ¿Y si sale y te lo dice?

— A mí, en los 18 años de mi vida no me lo han dicho, ni a mis hermanos tampoco ni a mi padre.

— ¿Y si te lo dicen?

— Entonces tendrán que hacerse cargo de sus palabras.

— Nos lo dicen con palabras y nosotros respondemos con acciones.

— Yo le digo a mi hermano menor: pase lo que pase no hagas caso a nadie. Tú has venido aquí a conseguir tu objetivo.

— Es decir, que si alguien pega a vuestros hermanos no los iréis a defender…

— Iremos…

— ¿De qué parte os pondríais? En general, ¿miraríais a ver quién tiene razón, o no?

— Te voy a poner un ejemplo… Después del Evropeiski mis amigos y yo fuimos al McDonald’s de la estación de Yugo-Západnaya. Nos acercamos a la parada de autobús y vimos a una multitud de caucásicos persiguiendo a mujeres y a hombres, mujeres que se escapan gritando. ¿Me sigues? Los scaucásicos gritaban: «¡Ellos pegan a los nuestros, nosotros también lo haremos!» Entonces cruzamos la calle y nos acercamos. Les dijimos: «Dejad a las mujeres. Id a alguna parte a pegaros con los hombres.» Nos acercamos, pero no porque estuviera allí la gente del Cáucaso, sino porque había mujeres gritando. Alrededor pasaban los coches y no se paraban, había gente paseando y nadie salía a defender a los rusos.

— En general, ¿qué pensáis de los rusos?

— Antes os odiábamos. Hubo una época en la que todo el Cáucaso odiaba a los rusos. Hay gente que los sigue odiando. Lo sabes de sobra.

— Desde que estás aquí, ¿ha cambiado algo en tu conciencia?

— Yo personalmente he comprendido una cosa: saber pelear no cambia nada. La capacidad para disparar y pelear era necesaria antes, ahora hay que tomar otro camino, estudiar para que… gente con la cara tapada no rompa la puerta de tu casa para entrar en ella…

— A mi lo que me han demostrado los moscovitas es que no les importa nadie. Ven que hay una persona que se ha caído, y ni siquiera le miran. Todo el mundo va a su bola.

— Eso quiere decir que no sabéis nada de los moscovitas — digo. — ¿Dónde os relacionáis con ellos?

— En las cafeterías, en los cines y en la calle. No se dan cuenta de que no hay mejor amigo que un caucásico. Los hinchas no son más que gentuza. Son sólo mil, mientras que en Moscú viven muchos millones de personas. ¿Por qué no les dicen nada ya que son sólo unos cuantos?

— Quizás, porque acosáis a las chicas en las calles…

— ¿Cómo?

— Pues, gritando: «¡Eh, guapa!» Y cosas por el estilo.

— Ya… ¿Y eso es acosar?

— Claro.

— ¿Y la libertad de expresión? Además, a las chicas rusas les gustan los caucásicos.

— ¡Qué va! He visto que habéis acosado a una chica en el vestíbulo y ella no os dijo nada.

— ¿Y qué pasa? ¡Es un piropo!

— ¿Y por qué en vuestra región no echáis piropos así a las chicas?

— Allí no se puede. Todas son conocidas o parientes.

— Y si la moscovita no es de tu familia, ¿se le puede insultar?

— Vamos a ver. ¿Es que decir a una mujer que es guapa es un insulto?

— Si lo es para tu prima, para mí puede serlo también… Os encontráis en una ciudad ajena y no queréis seguir las normas que rigen aquí.

— ¿Por qué es una ciudad ajena? Es nuestra ciudad. Es nuestro país. ¿Es que la Constitución rusa prohíbe decir a las chicas en la calle que son guapas?

— Vale, la Constitución no lo dice. Pero es una norma, una regla no oficial. Pero si vas a decir esas cosas y a llevar esa gorra, nunca te vas a integrar en la sociedad.

— ¡Pero si no infringimos la ley!

— Pisar a uno un pie tampoco es infringir la ley —, digo. — Pero duele, molesta e… irrita un montón.

— ¡Estás hablando de detalles cotidianos!

— ¡Pero de estos detalles depende cómo le van a tratar a uno!

— ¡A nosotros también nos importan los detalles! — mis interlocutores pierden de repente los estribos. — ¡En el Cáucaso vienen a matar a las mujeres embarazadas, así que lo que pensamos de los rusos también se basa en estos pequeños detalles!

— Hace veinte minutos me habéis contado que sois muy amigos de los rusos…

— ¿Y qué tenemos que pensar, según tú, después de todo lo que ha pasado?

— Sólo puedo decir que no todos los rusos estaban de acuerdo con aquella guerra. Pero ven que os paseáis por las calles de las ciudades rusas con vuestras gorras y que acosáis a las chicas rusas… Bueno, mejor decidme, ¿por qué no estudiáis en Ingushetia?

— Allí no hay donde estudiar.

— ¿Y qué queréis ser en el futuro?

— Ya lo hemos conseguido. Mi amigo es abogado y éste otro trabaja en un banco. Éste ha estudiado en la Academia Militar Suvórov y es policía local.

Salgo del despacho con estos chicos educados en “auténticas familias” de una región donde priman el dinero y las influencias y que saben desde pequeños qué es la guerra. Realmente tienen manía a los rusos, pero no los han conocido de verdad. Tanto los rusos como los caucásicos sólo se ven en el metro, en las cafeterías, en las calles y en la televisión. Es posible que simplemente no tengan puntos de contacto. En el fondo, cuando dos pueblos están dispuestos a aniquilarse mutuamente, se trata también de una especie de deseo de conocerse que se expresa salvajemente porque nadie ha propuesto ninguna otra alternativa.

La curva de la integración


La etapa más curiosa en la preparación de este artículo empezó cuando los corresponsales de RR trataron de preguntar a los sociólogos. Decidimos aclarar si entre ellos existe una idea más o menos clara de qué tipo de proceso interétnico se está produciendo hoy en día en Rusia. Sin embargo, resultó que no sólo los políticos, sino también los investigadores sociales ignoran cómo responder a esta pregunta. Si mostrásemos lo que dice cada uno de ellos a un extraterrestre no pensaría que se trata del mismo país. Este nivel de conciencia social respecto a este problema demuestra, sin duda alguna, una profunda crisis de la política nacional en la actual Rusia.

En el fondo, si dejamos aparte las “limpiezas étnicas”, la humanidad sólo conoce dos estrategias para solucionar la cuestión de la interacción étnica: la del crisol y la de la sociedad multicultural. En el primer caso, se trata de una fusión exitosa de culturas, costumbres y genes diferentes. En el segundo, de su cohabitación aislada dentro del mismo estado. Si hablamos del crisol, el ingrediente principal de este modelo es un modo de vida uniforme y controlado estrictamente que no tiene en cuenta las diferencias étnicas, al que se añade un valor superior, supra-étnico, sea éste el sueño americano, la idea de la revolución internacional o el renacimiento del Islam. Si se trata de la multiculturalidad, la condición principal es la tolerancia en su versión menos romántica. Mejor dicho, la indulgencia o incluso la indiferencia de cada etnia hacia las demás: no os metáis con nosotros y nosotros tampoco nos meteremos con vosotros.

Estados Unidos se suele considerar el ejemplo más claro de fusión de nacionalidades, y Canadá, de la cohabitación pacífica. Sin embargo, no hay ningún país donde estas estrategias se hayan llevado a cabo de una forma pura. Rusia, en todas las etapas históricas de su existencia, también ha compaginado elementos de ambas. Por ejemplo, en la URSS, por un lado existía una línea bastante dura para atraer a la misma órbita a todas las élites políticas nacionales. Por otro lado, las élites nacionales seguían profundamente vinculadas a esta especie de cápsulas que eran las repúblicas. Además, a otro nivel, existía una propaganda muy potente sobre la “nueva comunidad histórica, el pueblo soviético”, y por otro, el desarrollo de todas las culturas nacionales.

A pesar de todas las contradicciones, la URSS era uno de los crisoles más potentes del mundo. Solo es necesario observar a la generación anterior para darse cuenta de ello. No se trata solamente del efecto de la propaganda sobre la amistad entre los pueblos. En general, en el tema del acercamiento entre los pueblos la propaganda no juega un papel tan importante como el que se le atribuye. Mucho más importantes son los valores básicos compartidos así como los objetivos y las prácticas comunes. La Segunda Guerra Mundial, la reforma agraria, la exploración del Norte petrolífero, la construcción del Ferrocarril Amur – Baikal, estos esfuerzos comunes eran los que mejor unían a los pueblos formando una nación nueva. Incluso el crisol estadounidense funcionó mejor en la época de la exploración del Oeste y en la de la Guerra Fría, mientras que últimamente, con la decepción respecto a los valores americanos, parece estar fallando.

¿Significa esto que no se puede prescindir de esfuerzos colosales y heroicos? En absoluto. Los objetivos y las prácticas comunes basadas en los mismos valores fundamentales es una receta que funciona en épocas mucho menos heroicas. Un detalle interesante: entre las personas de origen caucásico de Moscú, los que mejor se integran son los representantes de las etnias y las familias menos numerosas e influyentes. Su debilidad, es decir, un apoyo insuficiente del clan, se convierte en su fuerza. Se ven obligados a luchar por todo con sus propias fuerzas, adoptando una estrategia vital individualista.

Eso quiere decir que el principal ingrediente del que carece el crisol ruso es un sistema de vida que haga poco efectivo el apoyo de las diásporas. La receta es tan fácil como difícil de realizar. Por una parte, habría que atreverse a reducir sistemáticamente las redes de influencias étnicas: ir eliminando las cuotas nacionales en las universidades, los componentes étnicos en los colegios y las representaciones de las repúblicas en otras regiones. Por otra, tener voluntad política para llevar a cabo modificaciones fundamentales en todo el territorio del país. Una economía rígida pero clara, un sistema de orden público incorruptible y unas normas de justicia social que infundan respeto: todo ello fusiona la conciencia de los diferentes pueblos igual que las grandes campañas de exploración y construcción o las guerras.

Hoy en día, una persona sola está en una posición de desventaja social ante otra perteneciente a una diáspora. En cambio, si modificamos las bases del estado de tal forma que un viaje solitario resulte más prometedor que un ataque colectivo, ello provocaría una huida masiva de los representantes de las minorías étnicas y de sus diásporas, por lo que el crisol funcionará a pleno rendimiento. El representante de cualquier pueblo, si no es un fanático, estaría dispuesto a sacrificar su identidad étnica sólo en un caso: cuando la nueva identidad le aportara algo valioso y no resultara una pérdida. Cuando su nuevo estatus social sea más alto que el anterior. Ahí es donde tenemos problemas ahora: tanto la autoridad moral del estado, como el estatus de la identidad rusa común para todos los pueblos se presentan, hoy en día, atractivos desde el punto de vista de los grupos étnicos y sólo merecen atención como objeto de parasitismo.

— Vosotros queréis que nos integremos, pero nosotros llegamos y no vemos en qué integrarnos. Murad, que viene de Daguestán y al que conocimos en el Congreso Ruso de los Pueblos del Cáucaso (CRPC), sintetizó la idea que de una forma u otra han querido transmitir casi todos nuestros interlocutores caucásicos. — Los rusos pierden su cultura tradicional: el rap, el hip-hop, las niñas van con cerveza y cigarrillos. Nos miran mal porque llevamos barba, pero si un tío va con rastas y con un pendiente aquí y otro allí, nadie le dice nada. Una niña de diez años sale a bailar en la fiesta del colegio con el vientre desnudo, y su madre la mira y aplaude. ¡Eso no es así! Murad es profesor de educación física en un colegio. Se queja de que los padres se lo permiten todo a sus hijos, de que no los castigan y de que sólo les dan premios. No hay que poner malas notas, no se puede levantar la voz, ¿qué clase de educación es esta?

— Antes, el pueblo ruso era la espina dorsal del país, y ahora la tratan de amputar —, continúa con la idea de su amigo Vadim, también de Daguestán, y empiezo a sospechar que esta gente tiene más en común con los nacionalistas rusos de lo que parece a simple vista. — En los años noventa existía una idea integradora: la delincuencia. Sí, una idea muy rara, pero funcionaba, unía a la gente. Ahora ni siquiera existe una ideología así. Si Rusia renace, que es lo que me gustaría, sólo podrá ser a través de la sangre, porque ya no queda otra vía. Será nuestra sangre. Nuestro destino es ser sacrificados.

El CRPC es considerado el organismo caucásico más importante de Rusia. Su objetivo consiste en integrar a las personas procedentes del Cáucaso y dirigir su exceso de temperamento mediante la autoridad de los mayores. Es una dedicación difícil. Además, muchas veces se les acusa de ser, en realidad, un lobby que promueve los intereses de las diásporas, y de ser unos extremistas que intentan pasar por pacificadores. Hace poco, estas críticas fueron dirigidas a uno de los líderes del CRPC, el daguestano Shamil Osmánov. En una entrevista telefónica al periódico «Metro» explicó cómo convence a los jóvenes para que no participen en el conflicto, la argumentación es por lo menos peculiar: «Yo les digo, tenéis otros objetivos, habéis venido a estudiar y a trabajar. Según las leyes del Islam, podéis tener cuatro mujeres. Así que casaos, tened muchos hijos y trabajad dignamente, entonces no sólo Moscú, sino toda Rusia será nuestra». — Yo ya expliqué que hablo con estos chicos en su idioma, utilizando el humor y apelando a su amor propio masculino. ¿A qué hombre no le apetece tener cuatro mujeres? Puede que no hayan sido unas frases muy prudentes, pero no soy un político, no estoy obligado a ser reservado, quería que mis palabras fuesen expresivas…

En el CRPC ya ven todo eso como una anécdota. En su mesa Shamil tiene un regalo navideño de parte de sus colegas: el típico monigote de nieve, de peluche, con un cartel que dice “Paz, amistad y cuatro mujeres”. Según Osmánov, el grupo de riesgo en la comunidad caucásica de Moscú está integrado por gente que acaba de llegar, que acaba de separarse de sus padres y que sienten que pueden hacer cualquier cosa. Osmánov considera que el método más efectivo para neutralizar a este tipo de personas es la estrategia de Kadýrov:

— La representación chechena funciona muy bien. Si un joven comete una infracción, mandan un informe a la policía de Grozny. Allí llaman a sus padres para que sepan qué es lo que hace su hijo. La reacción no suele hacerse esperar. Últimamente también estamos adoptando una táctica similar.

Según los representantes del CRPC, los jóvenes caucásicos en Moscú tienen más miedo a sus padres que a los skinheads. Shamil contó algo sorprendente: resulta que el reciente asesinato del daguestano Madomed perpetrado por skinheads en un tren de cercanías y que sirvió para que salieran a la calle con pistolas y cuchillos, no era más que una pantomima. Hace un par de días Shamil se enteró de que el muchacho había muerto de una sobredosis de droga, mientras que a sus padres se les dijo que lo habían apaleado los skinheads para no entristecer y no deshonrar a la familia. Shamil explica que no conoce ningún caso fidedigno de asesinato de un caucásico por razones étnicas.

Mientras escucho a esta simpática gente del CRPC, en mi mente se va estructurando cada vez más claramente mi desacuerdo de base sobre lo que ellos hacen y sobre cómo lo hacen. Intentan apagar los conflictos interétnicos fortaleciendo relaciones estrictamente étnicas. Su demanda principal al pueblo ruso proviene del mismo modelo: sed fuertes, sed como nosotros, entonces todo el mundo os respetará. Pero en una perspectiva a largo plazo esta estrategia no lleva más que a la arcaización de la sociedad rusa. En el fondo, los jóvenes rusos en la plaza Manézhnaya han intentado actuar a la caucásica: haciéndose fuertes y haciéndose respetar sólo por su origen étnico. Si esta lógica, que parecen compartir tanto los “nuevos rusos” como los “nuevos caucásicos”, triunfa, viviremos en un estado de grupos étnicos fuertes y no en una nación fuerte. Es una sociedad que no tiene más remedio que “dagestanizarse” y acabar perdiendo. Porque en el mundo de hoy ganan los estados que apuestan por las capacidades personales de cada individuo y no por su origen étnico.

Precisamente, la respuesta a la pregunta acerca de la sociedad en la que queremos vivir es la que ha distanciado a la gente después de los acontecimientos en la plaza Manézhnaya. Algunos, independientemente de su nacionalidad, quieren vivir en una sociedad de oportunidades para poder llevar a cabo sus ambiciones individuales. Otros se sienten atraídos por el cómodo nido de los privilegios étnicos. Da igual lo que griten, “¡Respeta al Daguestán” o “¡Rusos, adelante!”, son gente de la misma raza, muy débil e incapaces de sobrevivir a escala global, por muy chulos que parezcan sus representantes en la plaza Manézhnaya donde les gusta tanto hacer el saludo fascista o bailar bailes tradicionales caucásicos.

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Olga es profesora de dibujo en uno de los colegios moscovitas más prestigiosos. Después de la dispersión del mitin en Manézhnaya, hablamos de lo que le espera a Rusia.

— En sexto tenía un tema para la clase: la ciudad.- cuenta Olga- Distribuyo entre los alumnos revistas con fotos de distintos países y les propongo que representen cualquier ciudad del mundo aplicando la técnica del collage. Tenían que reconocer Estambul por sus mezquitas, Praga por sus castillos, etc. Al lado de las casas podían dibujar personas. Los niños se ponen a recortar, a dibujar y a pegar los recortes. Al final, entregan sus trabajos. ¿Y qué veo? Una ciudad vulgar y corriente, aburrida, con bloques de pisos de color gris. Las personas tienen una especie de círculos en los que están escritas algunas palabras. No llego a descifrar la letra y pregunto a uno de los niños qué es lo que ha escrito. “¡Rusia para los rusos!”, responde el niño de doce años.

— ¿Qué nota le has puesto?

— Vaya una pregunta… La ciudad estaba bien representada, la técnica del collage aplicada correctamente y la tarea hecha. Un sobresaliente.

— ¿Fue el único dibujo así?

— Casi todos los chicos han dibujado algo parecido. Las niñas dibujaron Praga, Barcelona y sus tiendas.

Así que toda nuestra esperanza está en las mujeres, es posible que sean ellas las que salven el mundo.

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