Yeltsin y el regalo de la libertad

Foto de ITAR_TASS, Vitali Beloúsov

Foto de ITAR_TASS, Vitali Beloúsov

Es cierto que los cambios que se produjeron como consecuencia de la disolución del país más grande del mundo no resultaron satisfactorios para todos. Sin embargo, la adopción de una nueva Constitución, el establecimiento de la economía de mercado, de la libertad de movimiento , de palabra y de prensa son, sin duda alguna, avances reconocidos por muchos.

Este año, las celebraciones se han extendido también a la figura del principal protagonista de la agitada transición: Borís Yeltsin, primer presidente de la Federación de Rusia, que en febrero hubiera cumplido 80 años. Los eventos dedicados a este hombre de estado fallecido en 2007 son numerosos: se acaba de inaugurar un colosal monumento en su ciudad natal, Ekaterimburgo, se ha publicado una nueva biografía, hay un ciclo de conferencias con la participación de las figuras políticas más importantes de los años 90, así como conciertos en el Teatro Bolshoi e incluso un concierto de rock.

Matthias Schepp, director de la edición rusa de la revista alemana Der Spiegel, declaró a Rossíyskaia Gazeta: “El grado de libertad era considerablemente mayor durante el gobierno de Yeltsin que ahora. Borís Nikoláevich Yeltsin, a mi parecer, era un hombre que no tenía miedo, por eso no necesitaba instrumentos para infundirlo”.

Por su parte, el presidente Dmitri Medvédev elogió a su precursor durante la inauguración del monumento a principios de mes en Ekaterimburgo, hecho a base de mármol y de 33 metros de altura. Según el presidente: “Rusia tendría que estar agradecida a Yeltsin porque, en su período más difícil, el país no se desvió del camino de los cambios llevando a cabo transformaciones radicales, y ahora sigue saliendo adelante”.

Hombre de cambios

“Yeltsin, antes que cualquier otro político soviético, valoró la importancia del apoyo popular. Cuando estalló la crisis económica y social, Yeltsin se dirigió al pueblo en busca de apoyo y, en cierto sentido, con la intención de cambiar el sistema tradicional de relaciones entre el poder y la sociedad”, señaló Rudolf Pikhoya, autor de la nueva biografía del hombre de estado publicada con una introducción de Medvédev.

Su carrera política comenzó de manera populista en los Urales. Posteriormente fue designado a la alcaldía de Moscú por el entonces presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, y por el secretario general del partido, Yegor Ligachev. Ocupó este cargo desde 1985 hasta 1987, momento en el que empezó a criticar públicamente al presidente y al Comité Político del Partido Comunista (Politburó), por lo que acabó siendo destituido.

A pesar de las divergencias con su antecesor, durante el golpe de estado de agosto de 1991 por parte de miembros del propio gobierno contra la perestroika de Gorbachov, Yeltsin jugó un papel decisivo ya que puso fin a las manipulaciones de la oposición con un histórico discurso sobre un tanque frente al Parlamento.

La campaña de oposición que los comunistas dirigieron contra Yeltsin y las denuncias por su alcoholismo no impidieron que en 1989 fuera elegido para el Congreso con una aplastante mayoría, el 91% de votos de los moscovitas. En 1990, accedió al cargo de presidente del Soviet Supremo (Parlamento) de Rusia. Finalmente, en 1991 ganó las elecciones presidenciales, con el 57% de los votos, e inició una serie de reformas que culminarían con la apertura a la libertad de expresión y de mercado.

El actual consejero presidencial para los derechos humanos, Mikhail Fedótov, explica que “Yeltsin publicó, sobre todo en su primer año de presidencia, toda una serie de decretos titulados “sobre la libertad de prensa”, “sobre la defensa de la libertad de prensa”, “medidas adicionales en defensa de la libertad de prensa”, “sobre el patrocinio de la prensa”, etc. Yo diría que se relacionaba con la prensa de una manera paternalista y aunque discutiese con ella, la defendía y nunca autorizó ningún ataque en su contra”.

Además de la ley sobre prensa, la nueva Constitución promulgada por Yeltsin en 1993 también contemplaba amplias libertades individuales. Un ejemplo que se mantiene vigente hasta ahora es el Artículo 31, que garantiza que “los ciudadanos de la Federación de Rusia tienen derecho a reunirse de manera pacífica, sin armas, y a organizar mítines y manifestaciones, desfiles y piquetes”. Desprovistos de esta libertad, a pesar de estar prescrita por ley, los moscovitas se reúnen sistemáticamente los días 31 de cada mes para reclamar este derecho.

Sin embargo, según la activista de derechos humanos Liudimila Alekséeva, el desarrollo de este proceso también ha sido frenado por la falta de una tradición democrática y liberal. “Desgraciadamente, en aquellos años no sólo vivimos la libertad, sino también grandes problemas y dificultades. Se desmoronó un país enorme, y no sólo su estructura política, sino también la economía y la estructura social. La gente se encontró de repente en unas condiciones completamente nuevas, en un Estado nuevo. La economía planificada y el mercado liberal, por su parte, se mostraron realmente incapaces de enfrentarse a estas dificultades, así que para muchos el recuerdo de la libertad quedó unido al de las dificultades y privaciones”, explica.

A pesar de reconocer la importante influencia de este hombre de estado en el establecimiento de las libertades más diversas, algunas de sus actuaciones, sobre todo en dos ocasiones concretas, se consideran atropellos arbitrarios y una suspensión de la autonomía personal que se había concedido previamente. Me refiero a, en primer lugar, el uso de la fuerza militar contra las masas que protestaban en octubre de 1993 frente al Parlamento reclamando mejores condiciones de vida. Según datos no oficiales hubo 500 víctimas mortales y más de mil heridos. En segundo lugar, el inicio de la Primera Guerra Chechena en un torpe y trágico intento por impedir la independencia de otras repúblicas.

“Siempre me irrito cuando dicen que Gorbachev nos regaló la libertad o que Yeltsin nos regaló la libertad”, afirma el analista político Gleb Pavlovski, famoso, entre otros motivos, por sus protestas contra los planes de privatización desarrollados por el ministro Anatoli Chubáis durante la época de Yeltsin. “Tengo una relación complicada con Yeltsin, pero estoy seguro de que ni se le pasaría por la cabeza pensar sobre las libertades como instituciones. Y en la cabeza de la gente no queda más que el tiroteo en el Parlamento, y eso queda mucho mejor grabado que la Constitución”, dice.

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