Mirando con lupa al FSB

En el manual de la KGB publicado en 1959 se declara que todos los oficiales deben ser “valientes, honestos, disciplinados y deben guardar secretos militares y de estado”. Al cabo de cuarenta años, Nikolai Patrushev, en ese momento director del FSB, antigua KGB, se refirió a sus maltrechos hombres como la “nueva nobleza” en un intento de volver a dotarlos de un sentido del deber.

Diez años después, Andrei Soldatov e Irina Borogan, dos periodistas rusos, ofrecen a los lectores un completo resumen de los aspectos conocidos de esta hermética organización con su nuevo libro “La Nueva Nobleza: la restauración de la Seguridad del Estado y el legado de la KGB”.

En una entrevista concedida recientemente Soldatov declaró que “considera que su trabajo es parte del diálogo entre los gobernantes y los ciudadanos de a pie preocupados por sus libertades políticas y por la manera en la que Rusia es percibida, tanto a nivel doméstico como en el exterior”.

 De hecho, el libro no es nada más que el intento de crear una descripción comprensible de los servicios de seguridad rusos y su evolución a lo largo de la última década. El libro está escrito por periodistas que viven y trabajan en Rusia y se basa principalemte en los trabajos de investigación de una docena de periódicos.

El libro comienza en 1954, cuando los dirigentes comunistas crearon el Comité para la Seguridad del Estado (KGB) en un intento por distanciarse del “ignominioso pasado” de sangrientas purgas y represión masiva de la época de Stalin. El citado manual de 1959 señala: “Las organizaciones del partido... permiten el desarrollo de una crítica real así como de la autocrítica. Las organizaciones del partido y todos los comunistas tienen el derecho de.... informar acerca de las deficiencias en el trabajo de los servicios de seguridad a los órganos pertinentes del partido.”

 La historia es bien conocida: la desconfianza mutua entre los órganos de seguradad soviéticos y la dirección del Partido Comunista tuvo consecuencias particularmente sangrientas. Seis de los nueve jefes que tuvo el aparato de seguridad fueron ejecutados por alta traición; además, fue sometido a nueve reestructuraciones en poco más de 70 años.  

Por todo esto, el presidente Boris Yeltsin disolvió la KGB y creó en su lugar el Servicio de Contrainteligencia Federal (FSK) y el Servicio Extranjero de Inteligencia (SVR). Según los autores, intentó incentivar la competencia en el escindido cuerpo de inteligencia mediante “un precario sistema de verificación y seguimiento”.

Sin embargo, la época sin KGB, conocida como “el interregnum” no duró mucho. En abril de 1995, el propio Yeltsin reagrupó eficazmente, como parte de la preparación de la campaña electoral, un conglomerado de organizaciones de seguridad, al que dotó de amplios poderes para desarrollar actividades tanto en Rusia como en el extranjero. Lo que sorprende es que el presidente tomara esa decisión justo cuando había conseguido salir airoso de un golpe de estado instigado por la KGB en agosto de 1991.

La designación de Putin como sucesor en diciembre de 1999 supuso un importante cambio. En los primeros años de la década, Rusia volvió a carecer de garantías públicas, control judicial y prensa independiente. La ambición y la importancia del FSB aumentaron considerablemente. A mediados de década, casi todos los políticos relevantes habían estado vinculados a la KGB y las dos cámaras parlamentarias estaban controladas por personas relacionadas con el aparato de seguridad del estado.

Según Soldatov y Borogan, agentes secretos del FSB operan en todas las esferas de la sociedad. Se ocupan de reunir información en el extranjero así como de labores de contrainteligencia, vigilan las fronteras, protegen a los dirigentes, acallan a la disidencia y controlan de cerca todos los aspectos de la vida social, cultural y religiosa del país. Además están implicados directamente en la administración de las empresas industriales y finacieras más importantes del país. Los servicios de seguridad son tan omnipotentes y omnipresentes como a principios de los años 50.

 Sin embargo, esta información es bien conocida por cualquier persona observador de la realidad rusa. “La Nueva Nobleza” no revela nada nuevo, no contiene información valiosa: tal y como admiten abiertamente los autores, el libro se basa en textos publicados a lo largo de la última década.

El retrato que presenta el libro es bastante vulgar y mediocre. En vez de destapar un plan secreto de Rusia para dominar el mundo o combatir el imperialismo americano, se evocan retratos deaficionados inmaduros e idealistas cuya máxima aspiración es salvar a Rusia de las destructivas influencias de occidente. Hay también profesionales que meten la pata constantemente, operarios de miras estrechasincapaces de adaptarse a un mundo en constante cambio, codiciosos oportunistas dispuestos a arrimarse a quien mejor pague. 

Estos agentes del FSB solo aspiran a formar parte de la junta directiva de una empresa petrolífera o de una fundación cultural interncional. Pero...¿hasta qué punto es cierta esta imagen?

Porque, al fin y al cabo, ¿cuál es la imagen del FSB que más conviene al lector? ¿La que muestra una organización lo suficientemente incompetente como para permitirle un plácido sueño? ¿O la que dibuja un ser tan maligno que permita que el presupuesto de la CIA siga creciendo? Lo que queda claro es que el FSB es un tema lo bastante interesante como para seguir escribiendo y sobradamente divertido como para continuar leyendo. Para el lector,  “La Nueva Nobleza” será la investigación más exhaustiva de este tipo.

Lo que queda claro es el que el FSB es un tema lo suficientemente interesante como para que se sigan escribiendo libros sobre él, y lo suficientemente entretenido como para que se sigan leyendo.

Lo que queda claro es que el FSB es un tema interesante; por lo menos lo suficiente como para que se escriban libros sobre él, y para que estos le resulten entretenidos al lector. De este modo, el público encontrará que La Nueva Nobleza es la investigación más exhaustiva en su género.

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