Salvoconducto para un sueño: el mito de San Petersburgo

Desde su creación, hace poco más de 300 años, San Petersburgo ha tenido tres nombres, una maldición y decenas de escritores que hicieron posible la reproducción de un mito apocalíptico y genial.

San Petersburgo fue capital del imperio y una ventana hacia Europa como Pedro quería, pero el estigma escatológico que le ha perseguido hizo de ella una ciudad con “cierto encanto siniestro”, cualidad que Churchil también atribuía a Stalin.

De tipografía geométrica pero vida ebulliciosa, San Petersburgo es fruto de un ideal racionalista implantado sobre terrenos pantanosos, un casi-espacio donde todo es posible y las experiencias sobrenaturales surgen como enredaderas.

Por supuesto, uno de los mayores culpables del mito fue A.C. Pushkin, quien reflejó en su “Caballero de bronce” la contradicción entre el opresivo orden imperial y el desorden en la vida de los habitantes de una Rusia expansionista.

Fotos de ITAR-TASS.



Dicha dicotomía ya estaba en el carácter del fundador de la ciudad, el Zar Pedro, quien para materializar su utopía no dudó en devorar a más de 150.000 personas, que trabajaron sin respiro para desecar los pantanos, dragar el río, excavar canales, levantar diques, enterrar pilotes de madera para los cimientos…
Según la maldición, la ciudad de Pedro no fue el triunfo de la razón sobre los elementos sino un crimen contra la naturaleza “y el agua recuperará lo que es suyo”, reza el mito.

San Petersburgo como kilómetro cero en el camino hacia la purificación, que como dijo Dostoyevsky “sólo se consigue mediante el sufrimiento”.

El gran escritor ruso fue uno de los que más hizo por situar a San Petersburgo en el mapa de los mitos (Sennaya ploshad y el estudiante Raskolnikov).

Dostoievsky permanece inexorablemente atado a San Petersburgo, siempre en apartamentos situados en la esquina y con ventanas a dos calles.

Por supuesto, para hablar de San Petersburgo y de mitos es necesario hablar de escritores, aunque la vida y milagros de los autores marcados por la ciudad fue especialmente triste: desde Pushkin a Doblatov, pasando por Gogol, Bely, Gumilev, Blok, Ajmatova, Mandelstam, Dostoievsky, Olga Berggolts, Joseph Brodsky y tantos otros, y no hablemos de música, con Shostakovich, Chaikovsky o Mussorsky, todos presa de un fado caníbal.

Caníbal también fue el bloqueo que sufrió la ciudad bajo los cañones nazis, que duró 872 días. Entonces San Petersburgo sobrevivió a la maldición –Hitler ordenó borrarla de la faz de la tierra, como hiciera Roma con Cartago-, pero para ello tuvo que pagar el alto precio de comerse a sus muertos.

Y es que San Petersburgo está maldita según muchos rusos ¡y además no es rusa! Para la construcción de San Petersburgo Pedro hizo venir a todos los carpinteros y albañiles del imperio e impidió construir en piedra más allá de la nueva ciudad.

Además, prohibió los estilos rusos tradicionales -con cúpulas bizantinas- e impuso la piedra y el ladrillo, estableciendo incluso un edicto vigente hasta 1779 por el que todos los visitantes debían llegar con una piedra. Pero la piedra es transitoria y el agua es eterna, dice el mito.

“Los nobles detestan permanecer en San Petersburgo porque los arruina, al tenerlos alejados de sus tierras y de su antigua manera de vivir”, rezaba una publicación de 1920. Todos los nobles debieron trasladarse a aquel poblacho fantasmal, frío y desangelado, ¡y además cortarse la barba!

“El milagro que significó la aparición casi instantánea de la capital de un imperio en un terrerno inhóspito del norte fue rompedor, el coste del milagro en vidas humanas fue muy alto y la personalidad de su creador pronto inspiró tanto condenas como alabanzas místicas”, escribe Solomon Volkov, autor del libro “St. Petersburg: A cultural History”.

“Moscú es una chica y Petersburgo es un chico. ¡todas las novias están en Moscú, mientras que en Petersburgo sólo hay novios!” escribe Gogol. Quien compara ambas ciudades de esta otra manera: “Moscú es una vieja ama de casa que cocina fritangas, mira desde lejos y escucha el relato de lo que pasa en el mundo sin ni siquiera levantarse del sillón. Petersburgo es un tipo que se divierte, no está nunca en su casa, va siempre a la moda y presume ante Europa. A Petersburgo le gusta ironizar sobre la falta de gusto y torpeza de Moscú, mientras que Moscú reprocha a San Petersburgo ser calculadora y no saber hablar ruso”.

San Petersburgo como Bizancio, nacidas de una revelación y llamadas a ser “la última ciudad europea”.

El auge de la ciudad coincidió con la eclosión de la cultura rusa que apareció como un nuevo sistema solar, con un sol llamado Petersburgo que brillaba como la cúpula de la catedral de Santa Sofia en Constantinopla.

“Parte de su originalidad se debía precisamente a su abigarramiento. Desde su creación, San Petersburgo fue poblado por gentes venidas de fuera y de diversas nacionalidades, lo que fomentó su espíritu tolerante y su aire cosmopolita”, escribía el escritor Juan Valera en 1856.

Quien añade: “Muchas señoras rusas fuman puros, adoran España, país primitivo, como ellas dicen, donde quisieran ir para que las cogieran los ladrones. Tienen la cabeza perdida con la lectura de libros franceses. El sueño dorado de todas ellas es ir a París a tomar un baño de civilización”.

Un informe de 1765 asegura que “no existe otra ciudad en el mundo donde se hablen tantos idiomas. Hasta el último criado habla ruso, alemán y finés, y entre las personas con educación es fácil encontrar quienes hablan 8 ó 9 idiomas”.

Alexandre Dumas en 1859 definió Prospekt Nevsky como “la calle de la tolerancia religiosa”. Por aquella época, en esa avenida había tantos letreros en ruso como en inglés, francés o alemán.

“Oh, no te creas lo que has oído sobre la Nevsky Prospekt! Todo es engaño, una ilusión, nada es lo que parece… siempre, pero especialmente de noche”, escribió Gogol.

Nevsky Prospekt era el único lugar del imperio donde condes, putas, borrachos, esclavos, artistas y artesanos coincidían, ¡y nadie sabía quién era quien! San Petersburgo era una ciudad sin memoria, ni sol, ni pasado, totalmente volcada en el presente a causa de la incertidumbre de su futuro.

“Nuestra capital pertenece al país de los sueños; es algo que no suelen tomar en consideración al confeccionar las guías turísticas; el provinciano, que no está al corriente, no se apercibe más que de la administración visible; él carece de salvoconducto para el Petersburgo de las sombras… lo trágico es que nosotros pertenecemos al mundo invisible, al mundo de las sombras”, escribe Andrei Bely en su maravillosa novela “Petersburgo”.

“Esto crea inseguridad y neurosis, potenciadas por el propio contexto urbano. En las grandes avenidas de la ciudad el hombre de la calle percibe su nulidad. Apabullado por el abismo entre su miseria humana y la grandiosidad del escenario en el que se mueve, sufre alienación, desdoblamiento de personalidad, manía persecutoria, alucinaciones, pesadillas, hipocondría. Así, los personajes de las novelas viven al límite, en continua tensión. La ciudad ordenada desordena la psique de sus habitantes”, analiza la profesora de geografía urbana de la Universidad de Barcelona, Laura Zumín.

Quien añade: “la ciudad sin historia será el lugar donde la historia del siglo XX tendrá una de sus aceleraciones más importantes y de más repercusión mundial”.

Incluso el metro de San Petersburgo está ligado a su mito demoníaco: no se pudo inaugurar hasta 1955 por las dificultades geológicas en su construcción y es el más profundo del mundo -o lo que es lo mismo el que está más cerca del infierno-, con una profundidad media de 60 metros, llegando a alcanzar 105 metros bajo tierra.

Pero el mito de San Petersburgo es física y química literaria, pura carne de papel: “Hace mucho que el Neva habla en verso. La Nevsky Prospekt se extiende como una página de Gogol. Todo el jardín de verano es un capítulo de Onegin. A Blok lo recuerdan las islas. Y por la calle Razhezzhaia vaga Dostoievski”, noveliza Zumín, autora de “San Petersburgo, entre el mito y la realidad”.
“En estos edificios, igual que en un libro, podéis leer todas las influencias de cada idea y ocurrencia que nos llega regular o improvisadamente de Europa”, concluye Dostoievsky.

“La ausencia de historia produce el mito, el mito vino a sustituir la historia. El mito nace con su misma fundación y se caracteriza como doble: símbolo de coraje y valentía, pero maldita porque no es rusa y se creó sobre huesos humanos. San Petersburgo es la materialización del sueño modernizador de un zar (César!) despótico e iluminado. Un sueño sobre un pantano que acabó con miles de vidas humanas”, escribe Laura Zumín.

Aunque no todo son letras y noches blancas. Parte del malditismo de San Petersburgo se debe a su insalubridad, la difusión de enfermedades de todo tipo durante siglos (continuas epidemias de tifus y cólera, en 1908 la mitad de las muertes se produjeron por enfermedades infecciosas), su hacinamiento, su falta de infraestructuras, su humedad, su riguroso invierno, su falta de agua potable, su pésima recogida de residuos…

…y por si fuera poco las continuas crecidas del Neva. Las cinco mayores acontecieron en 1824, 1924, 1777, 1955 y 1975; las tres primeras con consecuencias catastróficas y cientos de muertos.

“No quiero elegir entre un país o una tumba, Lo que quiero es volver a la isla Vasilievsky para morir”, escribió el último gran poeta de San Petersburgo, Joseph Brodsky, condenado por “vago” en un tribunal de la URSS y laureado con el premio Nobel de Literatura en 1987.

Fue Petrogrado y fue Leningrado, vio la revolucíón de Octubre, la masacre de 1905, el levantamiento decembrista y el atentado que mató al único zar que mostró voluntad reformista: Alejandro II.

Ahora, San Petersburgo es Patrimonio de la Humanidad y recrea el mito con comedias para jóvenes como Piter FM o Progulka. Aun así, es difícil no sentir ciertos espíritus entre las sombras, al menos para aquellos que tenemos el salvoconducto.