Rusia, una federación multicultural

Fuente: ITAR-TASS

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“Hay muchos asiáticos”, señala Clotilde con asombro. La joven médica llegó a Moscú de vacaciones convencida de que Rusia era una nación de ciudadanos rubios con ojos azules. Sin embargo, este vasto país despliega un mosaico cultural que puede resultar desconcertante para el turista occidental.

La canciller alemana Angela Merkel se refirió recientemente a la “muerte del modelo multicultural” (Multikulti). Esta declaración ha sido una expresión más de la decepción europea ante la creencia de que las distintas culturas pueden convivir en paz y armonía. En Francia, la prohibición del uso del burka y la desconfianza generalizada hacia la carne halal demuestra claramente que un segmento de la población francesa siente que los inmigrantes amenazan su identidad y sospecha que estos colectivos pretenden vivir en comunidades aisladas y cambiar los valores del país.

Una parte de los problemas multiculturales de Alemania proviene del rechazo a la comunidad turca que, en muchos casos, no ha aprendido el idioma de Goethe pese a llevar muchos años residiendo en el país.

¿En qué medida se puede comparar esta situación con la mezcla de nacionalidades que hay en Rusia, compuesta de 176 grupos étnicos diferentes , de los cuales un 20 por ciento son musulmanes?

Para entender las profundas diferencias entre estas dos realidades, es necesario comparar el modelo fundacional de Europa, donde la mayor parte de los estados están condicionados por la idea de una nación, un pueblo, y el modelo fundacional de Rusia, un imperio construido a partir de la asimilación progresiva de distintos pueblos.

De hecho, el crisol actual de Rusia se ha ido formando por oleadas de rusos étnicos que se dispersaron por el continente euroasiático: los cosacos fueron uno de los primeros pueblos representativos de la “conquista del oriente”; en el siglo XVIII, los Antiguos Creyentes rechazaron las reformas del patriarca Nikon y fueron deportados a Siberia por Catalina la Grande, llevándose con ellos la cultura europea al exilio; en el siglo XIX, los jóvenes nobles decembristas , imbuidos de ideas occidentales, también fueron exiliados a zonas orientales. Bajo el mandato de Joseph Stalin, millones de personas pertenecientes a distintos grupos étnicos fueron desalojadas y deportadas a regiones lejanas para construir obras de infraestructura.

La Unión Soviética desarrolló un gigantesco aparato que mezcló pueblos y culturas. Stalin utilizó el desplazamiento forzoso para eliminar todo tipo de resistencia a la autoridad de Moscú; esta política tuvo la ventaja adicional de fraguar una conciencia colectiva, pese a estar integrada por distintas etnias. La mezcla étnica que hay en Moscú tiene un alcance asombroso: el hombre alto y rubio le dirá que su padre es georgiano, su colega resultará ser checheno, Marat es tártaro, algo que tal vez pueda sorprender. Pero todos ellos comparten el mismo humor y los mismos valores.

Si los rusos étnicos (russki), que se encuentran en todo el territorio ruso, constituyen el “núcleo” de la Federación Rusa, en realidad no son más que una etnia entre muchas otras, incluidos los grupos compuestos por baskires, adigués y yakutios, todos ellos denominados rossianin (rusos por nacionalidad). La atormentada historia rusa ha dado como resultado, paradójicamente, una mezcla étnica nacional que aporta un rico intercambio e influencias mutuas entre los rusos étnicos y los grupos locales de todo el país.


Un Islam nativo

El mejor ejemplo de integración entre las distintas etnias de Rusia es Tartarstán. Su identidad actual, fraguada por una historia de conflictos, no ha impedido que se haya convertido en una región musulmana absolutamente integrada en la Federación Rusa. El “yugo tártaro”sometió a Rusia durante más de tres siglos y marcó profundamente ambos pueblos. Incluso en el Moscú actual es sorprendente la cantidad de rusos que tienen antepasados tártaros. Empezando por la caída de Kazán durante el reinado de Iván el Terrible, Tartaristán se convirtió en un modelo de convivencia entre tártaros y rusos, que constituyen el 43 % y el 38 % de la población de la república respectivamente. La misma Hillary Clinton pidió consejo al antiguo presidente de la república, Mintimer Shaimíyev, sobre la “tolerancia multicultural”. En Tartarstán, así como en la República de Bashkortostán, el Islam no constituye al cien por cien la identidad de estos grupos, que se consideran a sí mismos rusos. Shaimíyev lo ha llamado un “islam europeo”.

Las tensiones que persisten en la actualidad están vinculadas a la inmigración. Los habitantes de los países de Asia Central, que suelen ser musulmanes, constituyen un alto porcentaje de los trabajadores no cualificados que desempeñan trabajos poco remunerados en las ciudades rusas y no cuentan con la confianza de muchos rusos. La policía no se molesta en investigar los delitos de xenofobia, cuyas víctimas suelen ser de origen asiático o africano. Pero dentro de la Federación Rusa, las tensiones étnicas se sienten con mayor intensidad en las repúblicas del norte del Cáucaso, donde los viejos conflictos seculares entre las distintas etnias han pasado a ser una batalla contra los extremistas islámicos. La sombra de estos conflictos se ha extendido a muchas ciudades de Rusia, y no es sorprendente que un extranjero oiga en Moscú frecuentes manifestaciones de censura contra los caucásicos.

Aunque es probable que el siglo XXI traiga nuevos retos a la unidad nacional rusa, el país parece preparado para afrontarlos. Ninguna política ha creado una división insuperable entre sus habitantes, como sucedió en la antigua Yugoslavia, y el furor que rodea las causas religiosas tampoco monopoliza el debate público en Rusia. Por el contrario, el potencial es enorme y el país todavía puede erigirse como modelo de multiculturalismo. El Kremlin de Kazán, que exhibe una mezquita junto a una iglesia, es quizá uno de los símbolos más poderosos de esta posibilidad.

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