Jazzofrenia

Foto de ITAR_TASS

Foto de ITAR_TASS

Tiene doble nacionalidad. Por lo tanto, se puede afirmar que Ígor Butman es el norteamericano más conocido entre los músicos de jazz rusos y el músico de jazz ruso más conocido entre los americanos. , Una persona así puede perfectamente ejercer de embajador de la buena voluntad en relaciones entre Rusia y EEUU. En efecto, es algo que ya ha hecho varias veces. En junio de 2000 tocó para los presidentes Vladímir Putin y Bill Clinton. El mismo Clinton que, como es sabido, tiene pasión por el saxofón, se puso en pie para aplaudir a Butman y, en sus memorias describió aquel concierto de esta manera: "Al final, en un escenario totalmente oscuro, tocó mi saxofonista tenor favorito de entre todos los que están vivos: Ígor Butman. John Podesta (jefe de la administración de la Casa Blanca. - V.V.), que tenía la misma afición por el jazz que yo, estuvo de acuerdo en que nunca había oído una actuación mejor en vivo".

"He tocado para presidentes"

- ¿Qué te une a Bill Clinton?

- Tenemos muy buena relación, pero eso no se puede llamar amistad, al fin y al cabo no nos escribimos ni hablamos por teléfono todos los días.

- ¿Cómo os conocísteis?

- Toqué para los presidentes de EEUU y Rusia por primera vez en 1995, cuando Clinton se entrevistó con Yeltsin. Fue en Moscú, en una recepción nocturna en el Palacio de las Facetas. El día anterior estuvimos ensayando y se presentó un funcionario para supervisarlo, por si acaso. Habíamos tocado algo y uno de mis músicos dice: "Ígor, no hay que tocar de una manera tan expresiva. La gente estará cenando. ¿Para qué vamos a incomodarlos?" Pero otro músico comentó: "Al contrario, hay que poner mucha emoción. Ígor toca de manera impecable". Miramos al funcionario, a ver qué decía, y dijo: "Hemos llamado a Butman, así que toque como Butman. Confiamos en él, así que la responsabilidad es suya". Después de la cena me presentaron a Bill Clinton. Empezamos a hablar a través del intérprete, pero luego pasé al inglés. Hablamos de nuestros saxofonistas preferidos, de las boquillas, de los bastones... Clinton me contó cuántos saxofones le habían regalado. Eran incontables.

- ¿Qué tal toca Clinton?

- Toca dignamente. Cinco años más tarde, fue Putin el que organizó otro concierto en el Kremlin con el mismo invitado de honor, pero esta vez sin banquete. Tocamos con mucho ímpetu. Es este concierto del que Clinton habla en su libro. Escribió que no se esperaba un concierto de jazz en el Kremlin, pensando que iba a escuchar algo de Rajmáninov o un ballet. Y de repente, ¡jazz!, especialmente para este gran aficionado y conocedor de la materia. Fue después cuando Bill Clinton publicó el disco Bill Clinton Collection: Selections from the Clinton Music Room. Contenía sus obras preferidas y también incluiyó una de mis composiciones que fue tocada en aquel concierto. Toqué para Clinton por tercera vez en su 60 cumpleaños. El 26 de octubre recibí un mensaje de un auxiliar suyo que me estaba buscando. Llamé y me pidieron que estuviera el 28 de octubre en Nueva York para actuar ante Clinton. Pensé en los planes que tenía. El 27 de octubre era mi cumpleaños y ya había invitado a todo el mundo, así que no podía viajar. El 28 tenía dos conciertos, uno en Kaluga y otro en Tver. En Tver había un gran festival, así que se las podían apañar sin mí, y en Kaluga se trataba de la inauguración de las obras de construcción de una planta de Volkswagen, y allí tenía que estar a la fuerza. El concierto era a las once, a las doce estaría libre. El avión de Aeroflot salía de Moscú a Nueva York a las dos de la tarde. En tan poco tiempo era imposible llegar desde Kaluga hasta el aeropuerto Sheremétyevo incluso en coche oficial con las sirenas puestas. Me propusieron coger un helicóptero y una compañía me lo ofreció por 5 mil dólares. Entonces le comuniqué al ayudante de Clinton mis condiciones: 5 mil dólares por el helicóptero, un billete de avión a Nueva York en clase preferente para el 28 de octubre y otro para el día 29, de Nueva York a Italia, donde iba a tener otro concierto. Y ya está.

- ¿Y los honorarios?

- Dije que no quería honorarios. ¡Llegué a Nueva York a tiempo! Era una fiesta benéfica que Clinton había organizado con motivo de su aniversario. De repente anuncian: "¡El famoso saxofonista ruso Ígor Butman!" Clinton se levantó de un salto con lágrimas en los ojos. Resulta que no sabía que yo iba a ir, le habían preparado una sorpresa. Al final del concierto, Clinton subió al escenario para darles las gracias a todos los participantes. Luego me senté a la mesa, estuvimos escuchando jazz y se hizo una gran subasta en la que se recaudaron unos veinte millones de dólares.


"Prácticamente no tenemos formación musical de jazz"

- Has estado viviendo nueve años en Estados Unidos, la patria del jazz. ¿Qué es lo que aprendió allí como músico?

- Estuve allí desde 1987 hasta 1996. En todos esos años obtuve la confirmación de muchas de mis conjeturas musicales. Antes hacía algunas cosas de forma intuitiva, a tientas, y cuando llegué a Estados Unidos vi que cuando discutía de algo con músicos rusos, casi siempre tenía razón. Y no es porque fuera el más listo, sino porque estando todavía en Rusia observaba y copiaba muchas cosas de los músicos occidentales que venían a dar conciertos. En Estados Unidos pude comprobar que mis suposiciones eran ciertas.

- ¿Te refieres a algún tipo de idea musical o técnica interpretativa?

- Las dos cosas, pero sobre todo a las técnicas. Antes, en muchas ocasiones teníamos que adivinar las técnicas para conseguir tocar jazz. A veces era de risa. Uno de nuestros percusionistas, al escuchar las grabaciones de uno de sus colegas americanos aprendió a sacar del tambor un sonido igual apretando con las manos el plástico de una manera concreta. Tardó un año en aprender esta técnica y luego resultó que el músico americano simplemente tenía un pedal abajo. Además, viviendo en Estados Unidos he visto como se enseña la música en una de las mejores escuelas de jazz del mundo y qué es lo que se hace en las clases de armonía, solfeo y composición. Por ejemplo, se estudia el estilo de Thelonious Monk. Te enseñan cómo utilizaba los acordes, en qué secuencias interpretaba la melodía, cómo la construía y variaba. Y al final de la clase te dicen que en casa tienes que escribir una composición al estilo de Monk. La semana siguiente toda la clase se presenta con lo que ha compuesto. El profesor toca el saxo o la trompeta, un pianista le acompaña, y es así como se interpretan estas obras.

- ¿Se enseña el jazz en Rusia de otra manera?

- Yo diría que en Rusia no se enseña jazz. Si, por ejemplo, en Berkeley hay treinta bandas donde uno puede aprender a tocar jazz, en el Instituto Musical Gnésiny sólo hay una, dirigida por Alexandr Oseychuk. ¡Una sola! Mientras que hay cientos de alumnos potenciales. En todo el Instituto Gnésiny solamente hay big band, la de Anatoli Kroll. Y otras escuelas de música ni siquiera tienen una big band propia. He hablado con músicos que estudian en esos centros. Ellos dicen que nadie les enseña ni cuenta nada. La historia del jazz o no se enseña, o se enseña mal. Uno llega, por ejemplo, a un taller musical de Perm. "¿A qué saxofonistas conoces?" - "A Ígor Butman ". - "¡Perfecto! ¿Y a quién más?" - "Kenny G". Y con esto concluye la erudición de nuestro futuro músico de jazz. Hay gente que empieza a tocar en una orquesta sin saber ni entender nada de nada. No hay más remedio que ponerse a explicar.

- Pero, ¿existe un fenómeno al que podamos llamar “jazz ruso”?

- El jazz ruso está ahora mismo en proceso de dar un gran salto.

- ¿Qué quiere decir eso de “en proceso”?

- Significa que puede que demos un salto y puede que no. Potencialmente, somos capaces de dar un salto, pero nadie sabe cuándo se va a producir. Prácticamente no tenemos formación musical en jazz. Los talentos que existen no pueden desarrollarse completamente, y la industria del espectáculo tampoco se nutre de estos talentos.

- ¿Incluyes el jazz en la industria del espectáculo?

- Incluyo en esta industria incluso a la música clásica. Queramos o no, tanto el jazz como la música clásica son espectáculos. La gente trabaja y cobra por ello... Y si nos movemos en este espacio, tenemos que organizarlo bien, tal y como se hace en Alemania, Francia y Austria. Allí un músico recibe una subvención del estado y gracias a eso se da cuenta de la responsabilidad que tiene. Todos nos quejamos de que las estrellas de la música pop cantan con música grabada, pero no pueden hacer otra cosa si los músicos son malos porque no les enseñaron a tocar bien. Estamos perdiendo la escuela rusa de interpretación musical, hemos dejado de estar al tanto de lo que pasa en la cultura musical internacional. El cantante Yuri Shevchuk le hace a Putin preguntas sobre los mineros y las manifestaciones en la calle. ¿Por qué no le pregunta nada sobre la desastrosa situación en la que se encuentran los músicos?

"Me interesa la gente poderosa, la gente del mundo de los negocios, los deportistas"

- Este restaurante en el hotel Ulanskaia donde estamos hablando ahora mismo, ¿es tuyo?

- No, tanto el restaurante como el hotel son de mi amigo Alexandr Efanov que me ha acogido aquí junto a mi club de jazz. Por cierto, fue él el que hace un tiempo influyó en mi decisión de volver a Rusia. Me dijo: "Ven, aquí hace falta buena música, buen jazz, yo te apoyaré". Realmente ha apoyado muchos de mis proyectos.

- ¿El club de jazz en el restaurante Ulanski es uno de esos proyectos?

- Sí. Aquí vienen tanto estrellas internacionales como músicos jóvenes a los que se les conoce poco todavía. El club se desarrolla, va a un buen ritmo. Pero tranquilamente, sin prisas.

- ¿Tú también tocas aquí?

- Actúo regularmente, tres o cuatro veces al mes, o con la big band o con mi cuarteto. A veces también participo como invitado.

- ¿Es un club cerrado?

- No, las puertas están abiertas a todo el mundo. Uno puede venir, ponerse cómodo y escuchar música.

- ¿Eso quiere decir que lo que seleccionona a los asistentes es el precio de la entrada?

- El precio mínimo de la entrada es de 300-500 rublos. Cuando tocamos nosotros, cuesta mil rublos. Las veces que han venido estrellas internacionales hemos vendido entradas por seis mil rublos, pero no podíamos hacer otra cosa porque a las estrellas hay que pagarles unos honorarios dignos.

- ¿Y por qué has cerrado Le Club?

- Ha sido un club de jazz muy meritorio. Llevaba abierto ocho años, pero luego los ingresos empezaron a caer y los propietarios decidieron cambiar su perfil, convirtiéndolo en un restaurante con mucha carne en el menú, más cerveza y más fútbol en televisión. Así que Le Club dejó de ser un símbolo y tuve que cerrarlo.

- ¿No has desistido todavía de la idea de crear en Moscú un gran centro de jazz, tal y como lo hizo Winton Marsalis en Nueva York?

- Me hubiera gustado mucho crear un centro así, pero es un proyecto que implica una inversión muy complicada, sería difícil sacarlo adelante. Winton ganó un concurso y para construir el centro le concedieron un lugar maravilloso que incluso pretendía la Ópera de Nueva York.Aún así le costó 128 millones de dólares. Para construir un centro vamos a necesitar una suma parecida. Es muchísimo dinero y todavía hay que buscarlo. Podría haber inversiones tanto estatales como privadas, e incluso donaciones.

- Podrías apelar a tus amigos.Conoces a muchos representantes de la élite en el mundo de los negocios.

- Sí, es cierto, pero tengo que convencerles de que ése va a ser exactamente el centro de jazz con el que sueñan, en el que piensa mucha gente. Por ejemplo, quiero que allí se enseñe música, que los mejores músicos del mundo organicen talleres, que estudien los alumnos con más talento y que tengan a su disposición estudios de grabación y salas de conciertos. Que haya un museo de música. Al inaugurarlo podríamos rendir homenaje a nuestros grandes músicos de jazz: Lundstrem, Garanián, Utiósov, Eddy Rozner, Iosif Weinstein y Zfasman.

- Entre tus amigos no sólo hay gente importante del mundo de los negocios, sino también políticos influyentes, gente que está en el poder. ¿Quién busca más esta amistad, tú o ellos?

- Creo que es algo recíproco. Me interesa la gente en el poder, la gente del mundo de los negocios, los deportistas. Todos ellos han conseguido algo en la vida, y eso ya es una buena señal. Con algunos de ellos me unen las aficiones musicales, con otros, el deporte. No sé si estás al tanto de que yo, hace años, jugué al hockey con el SKA de Leningrado. Incluso todavía salgo a la pista de vez en cuando o bien con el Rosich, donde hay unos cuantos campeones olímpicos, o bien con el Premier, donde juegan ministros y viceministros. Por ejemplo, tuvimos un partido benéfico: el equipo de Alexandr Ovéchkin contra el de Ilyá Kovalchuk. En él jugaron los ministros Alexei Kúdrin, Serguéi Shoigu, Rashid Nurgalíav y el presidente de Tatarstán, Rustam Minnijánov...

- ¿Son buenos jugadores de hockey?

- Algunos juegan realmente muy bien, otros como aficionados. El presidente de Alfa Bank, Piotr Aven, juega muy bien, otros hombres de negocios también se comportan bastante bien en la pista. Es interesante tratar con ellos. Y si alguno de mis proyectos necesita su apoyo, esta gente lo apoyará. Pero eso no significa que estén haciendo cola para darme su dinero. Es un asunto complicado. Uno tiene que demostrar su derecho a crear un gran centro de jazz.


"Ha sido difícil pasar de los patines de hockey a los de patinaje artístico"

- ¿Por qué has participado en el proyecto “Estrellas sobre hielo"? ¿La fama musical no es suficiente?

- No esperaba que “Estrellas sobre hielo” tuviera tanta aceptación entre los telespectadores y que la gente me empezara a reconocer en la calle como uno de los participantes del proyecto. Lo único que pretendía era probar mis fuerzas en el patinaje artístico para mantener una buena forma física. Además... ¿qué otra oportunidad iba a tener yo para patinar junto a campeones olímpicos? Es un mundo diferente, otro tipo de conversaciones, otra interpretación del éxito.

- ¿Ha sido difícil pasar de los patines de hockey a los de patinaje artístico?

- Muy difícil, porque había que bailar con música. Además, los patines me quedaban grandes y no había tiempo para cambiarlos. La segunda vez los patines ya me quedaban bien y fue más fácil patinar. Después de haber participado en este proyecto, mi público musical también ha aumentado.

- ¿Y quién es su público musical?

- En mis conciertos se puede ver a personas muy distintas. La última vez que toqué con mi cuarteto en el club de jazz había muchas chicas de entre 20 y 30 años. A veces también viene gente de mi edad e incluso mayor. El público de jazz es bastante variopinto tanto desde el punto de vista social como de la edad. Un día el cantante Dima Málikov y yo, estando de vacaciones en Italia, fuimos al concierto “Chopin en el jazz”. La sala estaba llena de personas mayores, algunas de ellas en sillas de ruedas. El jazz apasiona a mucha gente.


"Toda nuestra vida es improvisación"

- Te dedicas al jazz desde hace 30 años. ¿Puedes decir que ya lo sabes todo sobre el jazz?

- Claro que no. Y aunque lo supiera todo, tendría que seguir respondiendo que no. Realmente hay cosas que ignoro, aún puedo descubrir en el jazz cosas nuevas para mí. A veces me doy cuenta que acabo de entender algo y pienso admirado: ¿Cómo habré podido tocar hasta ahora sin saberlo?

- ¿Te gusta improvisar en la vida?

- Improviso constantemente. Cuando vivía en Leningrado, en el pueblo Vesely, iba a una de las estaciones de autobuses, a veces por la izquierda, y a veces por la derecha, simplemente porque no era capaz de seguir siempre el mismo itinerario. Mi naturaleza no me permite hacer todos los días lo mismo. Me parece que sería horroroso. En general, uno no puede calcularlo todo, no se puede vivir la vida, como si se estuviera siguiendo una partitura, porque prácticamente todo en nuestra vida es improvisación. Pero hasta la improvisación tiene sus reglas. Dentro de ellas uno puede improvisar lo que quiera y fuera de ellas, no. Uno no puede conducir un coche improvisando. Cuanto más amplio es el marco de la improvisación musical, más se tiene que trabajar para ampliar la cultura general y, de esta manera, se tendrá más margen para improvisar en la vida.

El dossier de RG

En 1983 Ígor Butman empezó a tocar en la orquesta de Oleg Lundstrem, la mejor big band de la URSS. Recuerda que "de joven, durante las actuaciones muchas veces hacía guiños a las chicas que estaban en la sala.Cuando Oleg Lundstrem lo vio siempre intentaba ponerse en el escenario delante de mí para taparme. Una vez fuimos de giray el día del último concierto hicimos una fiesta, tal y como es costumbre entre los músicos. Bebimos algo antes de la actuación, pero tocamos bien, quizá con algo más de brío. Pues cuando Irina Ótieva salió al escenario (en aquel entonces era la cantante principal de la orquesta de Lundstrem), me entró la inspiración, y con las mismas salté al centro del escenario, me puse a bailar y acabé arrodillándome ante Irina. Ella estaba encantada, pero Lundstrem se puso todo rojo. Aquella actuación tuvo un éxito increíble, por eso creo que no me pasó nada. Es más, después, cuando actuamos junto con el grupo de rock Mashina Vrémeni, Lundstrem se me acercó y me pidió que repitiera el baile".