La vida secreta del metro de Moscú

Foto de Alexandr Ermolitski

Foto de Alexandr Ermolitski

Miles de personas se abren hueco diariamente a través de un laberinto de arquitectura excepcional, asumida como natural por los usuarios habituales. Son pocos los que agudizan la mirada; tan sólo fotógrafos, turistas y yo. Ya he vivido varios meses en Moscú, pero aún encuentro fascinante el hecho de que el transporte público ostente semejante belleza. Prácticamente todas las estaciones centrales del metro tienen su propio diseño y muchas me recuerdan a grandes salones de baile.

Los moscovitas pasan a diario mucho tiempo subidos al metro, yo también lo hago. Teniendo en cuenta los grandes embotellamientos de Moscú, el metro resulta el medio más rápido para andar por la ciudad. En horas punta, es preferible cambiar de línea dos veces a permanecer completamente varado en el tráfico. Un boleto válido para 20 viajes cuesta alrededor de 15 euros.

El metro moscovita acoge a una amplia variedad de pasajeros: jóvenes y mayores, vagabundos malolientes y mujeres vestidas de Chanel o bellas señoras con tapados de piel—todos confluyen en los repletos vagones del metro moscovita. La gente mata el tiempo escuchando música en sus Ipods, leyendo libros en papel o electrónicos, disfrutando de una cerveza tras el trabajo en la oficina, coqueteando o incluso echándose una siesta. Después de cierto tiempo, me acostumbré a que el pasajero de al lado dejase caer levemente su cabeza sobre mi hombro al dormitar, o al ruido efervescente de una lata de cerveza que se ha abierto.

En los pasajes entre estaciones prospera una economía independiente. Se puede comprar de todo: entradas de espectáculos, portadocumentos, mapas del metro plastificados, juguetes, calcetines, flores, bufandas, gatitos, conejos y cualquier otra cosa que la gente vea factible de vender. Algunos vendedores ambiciosos incluso suben a los vagones, sobre todo en las estaciones más alejadas del centro. Ofrecen objetos prácticos, con unos gritos que resultan ser un deseperado intento por reducir el ruido del viaje.Algunas veces los productos son extraños, como unos masajeadores de cabeza metálicos. Debo admitir que no suelo comprar objetos de señoras que vendan en el metro, pero la gente del lugar lo hace en ocasiones. De todos modos, lo que no se pueda conseguir bajo tierra, se hará arriba, donde señoras mayores venden principalmente lo que cultivan en sus casas rurales:pepinos en escabeche,hongos,frutos rojos de estación, pasando por frutos secos, flores y calcetines, pantuflas y ropa hecha a mano. En lo personal, me gusta este servicio—poder obtener unos deliciosos y frescos frutos rojos o pepinos camino a casa, sin tener que detenerme en el mercado.

Ingresar en una estación de metro sin pagar es difícil en Moscú. Si lo hacéis, sonará una alarma que pondrá de manifiesto vuestra trastada. Ocasionalmente chavales jóvenes rapiñan un viaje gratis tras saltar sobre los sensores luminosos de las puertas y desaparecer entre la multitud. Entonces, enojados guardas hacen sonar sus silbatos. El personal del metro y la policía intentan mantener el orden, en especial en las caóticas horas punta. Pero los tiempos de la temerosa policía del metro han quedado atrás. Muchos oficiales son jóvenes y parecen un accesorio humano del metro moscovita, que le brindan un sabor especial. También las señoritas detrás de los mostradores vendiendo boletos. Aún no existen máquinas que hagan este trabajo y quizás sea eso, el personal y el contacto social, lo que le otorgan su encanto.

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