Fiesta en el cementerio

Abrazadosa sus trompetas.Los actores tan pronto cuentan historias de sus parientes y conocidos, como tocan cualquier tipo de música. Foto: ITAR-TASS

Abrazadosa sus trompetas.Los actores tan pronto cuentan historias de sus parientes y conocidos, como tocan cualquier tipo de música. Foto: ITAR-TASS

Con la obra "Una fiesta en el cementerio" presentada en el festival "Temporadas de Stanislavski", el famoso director de teatro Alvis Hermanis de Riga, culmina, según sus propias palabras, su ciclo letón: una serie de obras que estudian desde distintos puntos de vista la historia de la identidad nacional, los tópicos y los mitos, tan numerosos en cualquier cultura.

Si realmente se trata de finalizar una historia, es difícil imaginarse un sitio más apropiado que un cementerio. Al elegir como tema la tradición letona de despedirse de los muertos de una forma alegre y festiva, Hermanis ha plasmado a la perfección la ambivalencia y la dualidad de suproyecto artístico.Por una parte, cargado de nostalgia por la utopía perdida de la felicidad colectiva y, por otra, de escepticismo e ironía, algo lóbrega, respecto a cualquier tipo de utopía.

Ha sido difícil conciliar estos dos estados de ánimo, por ello las "Fiestas" han resultado especialmente ascéticas. La pasión por lo "documental" que se ha apoderado de todo el teatro contemporáneo, tan exquisita y variadamente manifestada en las obras de Hermanis "Una vida larga", "El amor letón", "El sonido del silencio", "Marta del monte azul", aquí parece haberse agotado, reduciéndose a su estado más puro. El fotógrafo Mārtiņš Grauds pasó mucho tiempo en los cementerios fotografiando las celebraciones letonas en toda su variedad. Sus fotos, alegres, absurdas, tristes y no tan tristes, son comentadas por los actores que se encuentran sentados formando una austera fila, representando a los músicos de una banda funeraria.

Hay que advertir al lector que Letonia tiene una de las tradiciones paganas más antiguas: la que consiste en conmemorar a los muertos comiendo, bebiendo, cantando y bailando. En este sentido, esta tradición no se parece en nada al Día de Todos los Santos que en la tradición católica se celebra el 1 de noviembre y a la que distintos pueblos denominan de diferentes formas: "dziady" en Polonia y "dušeci" en Chequia y Eslovaquia. El Sábado Universal de los Padres, celebrado el último sábado de octubre en Rusia, también pertenece a esta tipología. Parece que sólo los americanos intentaron interpretar este día con toda la ambivalencia típica del carnaval, convirtiendo la conmemoración de los muertos en el desenfreno carnavalesco que representa Halloween. Pero Hermanis ha comparado la multitud de gente que baila, canta, come y bebe en los cementerios letones, con el famoso Día de los Muertos mexicano, para el cual el carnaval constituye una parte inalienable.

En esta obra llena de melancolía el teatro como tal es sustituido por unos narradores modestos, anónimos, que permanecen sentados en sus sillas, por lo que la atención del espectador se centra en las enormes fotografías de las fiestas funerarias que se van turnando como una especie de presentación interminable de diapositivas. La propia situación, la del encuentro con la muerte, les reconcilia con la idea de la fugacidad del tiempo. Parece que esta tradición, tal y como recuerda con cariño Hermanis, desapareció con el poder soviético y la independencia: las amargas palabras de los recuerdos suenan de un modo inequívoco, pero ya no contienen ni actualidad política ni desgarro.

Posiblemente, esta obra le hubiera gustado a Iosif Brodski, amante de la melancolía y la monotonía. Pero parece haber dejado indiferente al público moscovita de las "Temporadas de Stanislavski". No ha llegado a satisfacerlo ni emocionalmente, ni desde el punto de vista del ingenio teatral. Después de la reciente representación de "Sonia" de Hermanis y de la obra maestra de Nekrošius, "Othello", parece que el festival "Temporadas de Stanislavski" ha querido dar a conocer el otro extremo del teatro báltico: el del ascetismo melancólico desprovisto de emociones. No hay duda que el contraste ha resultado muy evidente,, y en este sentido se puede decir que el objetivo de los organizadores ha sido un éxito.