La propiedad del patrimonio artístico

La cantidad de objetos desaparecidos de los museos rusos puede ascender a 250.000 piezas. En 2008, el ministro de cultura, Alexander Avdéyev, informó de que “se han perdido menos del 1% de las piezas, y las que se perdieron no eran las más valiosas”. En efecto, la cantidad de objetos perdidos representa sólo el 0,33% del inventario completo de los museos . Una parte insignificante, teniendo en cuenta la naturaleza turbulenta de los últimos 93 años de la historia rusa, con dos guerras mundiales y una guerra civil. Tiene poco sentido, sin embargo, la afirmación del ministro de que las pérdidas son “mínimas”, lo cual parece demasiado optimista, por no decir completamente falso.

El patrimonio artístico sufrió, en el siglo XX, una sangría lenta y constante. Los primeros decretos de nacionalizació n ( 1918), se aplicaron también a las colecciones de arte y a cualquier obra de interés. Todo lo que no destruyeron las masas revolucionarias se destinó al “fondo estatal para los museos”. Las obras maestras del “arte burgués” se subastaron en Berlín, París, Londres. El San Jorge y la Virgen de la Casa de Alba, de Rafael; la Venus del espejo , de Tiziano; La Anunciación , de Jan van Eyck o el retrato de Velázquez del Papa Inocencio III (las piezas más preciadas del Ermitage) se vendieron a coleccionistas privados y marchantes de Estados Unidos y Europa en los años 20. Es probable que nunca se conozca el verdadero alcance de la “política cultural” soviética.

Un proyecto de ley enviado la semana pasada a la Duma Estatal (Cámara Baja) establece ahora las formas en que se “devolverán” los “bienes culturales” a las organizaciones religiosas, es decir, a la Iglesia ortodoxa. Si se aprueba, esta ley permitirá que millones de obras de arte y objetos religiosos cambien de manos y pasen de los museos a establecimientos privados de culto, e sencialmente. “El restablecimiento de antiguos bienes religiosos a las organizaciones religiosas”, como llama a la iniciativa el Patriarcado de Moscú, principal beneficiario de esta ley, no tiene nada que ver, en realidad, con la justicia ni con la continuidad legal. Desde los días de Pedro el Grande, los bienes de la Iglesia se incorporaron al dominio imperial y, como tal, el gobierno soviético los nacionalizó en 1918. Por ende, los orígenes de estos bienes que se “reestablecerán” no se remontan en absolut o a ninguna de las organizaciones religiosas que existen en la actualidad, sino únicamente, por tanto, a la dinastía Romanov. Los expertos de la denominada Cámara Cívica, institución encargada de analizar los proyectos de ley, han criticado la medida en un informe. “Los objetos culturales se volverán inaccesibles para las personas que profesen religiones distintas de la cristiana ortodoxa rusa”, afirman los miembros de la comisión de l a Cámara para el desarrollo y la protección de la cultura nacional. El informe insiste en que la ley entra “en conflicto con una gran cantidad de principios constitucionales y normas internacionales”.

La norma es un intento de manipular a los líderes religiosos, convirtiéndolos, una vez más, en incondicionales del Kremlin. Recientemente, el Patriarca Kiril aplaudió lo que considera el despertar de una nueva era, en la que la Iglesia ocupa un papel fundamental en la creación de una Rusia “moderna”. La sed insaciable de dinero y poder de aquellos a quienes se le encomienda la tarea de ejercer el liderazgo político y brindar una guía espiritual hace que ese futuro esté aún bastante lejano, por no decir inalcanzable.