El profeta que creía en la felicidad

Foto de ITAR_TASS

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Han pasado cien años desde el día en que en un pueblo ruso tuvo lugar un acontecimiento que tendría repercusión en el mundo entero : de la finca llamada Yásnaia Poliana se marchó de madrugada, a escondidas y sin que lo viera su mujer, un anciano de ochenta años. Se llamaba León Tolstoi. Su nombre resonaba más allá de las fronteras de Rusia. Si había alguien que fuese considerado una autoridad espiritual en la Europa de principios del siglo XX, ése era el anciano Lev de Yásnaia Poliana.

Las circunstancias de su partida y su muerte, que ocurrió diez días después, fueron rápidamente oscurecidas por rumores y conjeturas, convirtiéndose en un mito dentro del que se acabó extraviando la verdad. Pasado un siglo, es todavía más difícil separar la realidad de la ficción, pero precisamente éste ha sido el reto que se planteó el escritor y periodista Pável Basinski, autor del libro “Huida del paraíso” publicado este año en Moscú. Con la máxima atención y delicadeza, Basinski sigue el camino seguido por Tolstoi, desde que era un “chaval frívolo”, como lo solían llamar sus hermanos, hasta que se convirtió en un oficial de mérito, terrateniente y padre de una gran familia, un escritor cada vez más conocido y, finalmente, un maestro de la humanidad. Este camino no fue sólo largo y glorioso, sino que también tuvo amargas etapas.

Tolstoi creía que el ser humano había sido creado para ser feliz. Él mismo soñaba con la felicidad, y el paraíso, pero no para sí mismo, sino para la mayoría. Desde aquel día en que de niño, junto con su hermano Nikolai, enterraron al lado de la finca de sus padres en Yásnaia Poliana una simbólica “varita verde” que, según cuenta la leyenda, podía hacer felices a todas las personas.

Desde entonces se fue alejando cada vez más de su tranquila infancia, de esa fácil receta de la felicidad, e intentaba encontrar una vía nueva, más perfecta, pero una y otra vez volvía a darse cuenta de lo poco que había adelantado en su búsqueda. Llegará el momento en el que Tolstoi, ya envejecido, diría: “Si fuera a crear seres humanos, los crearía viejos para que se fueran haciendo niños poco a poco”. Pero estas palabras fueron precedidas de siete décadas en las que Tolstoi había intentado alcanzar la felicidad terrenal. El autor de “Huida del paraíso” no sólo estudia la partida de Tolstoi, su huida, sino también el propio paraíso, ese gran proyecto tan largo como su propia vida. Algo impresionante, exitoso en muchos aspectos y, sin embargo, no del todo feliz. La razón de esta infelicidad no radicaba tanto en la temprana muerte de sus padres, de sus queridos hermanos e hijos, incluido Vánechka, su hijo predilecto, sino que mayor obstáculo para su felicidad estaba en la incomprensión que Tolstoi sentía incluso en los seres más cercanos.

Como suele ocurrir con toda doctrina compleja y polifacética, los seguidores más cercanos de Tolstoi alteraron el sentido de su filosofía. Es sabido que el escritor no aguantaba a los llamados “discípulos de Tolstoi” (tolstovtsy) por su estrechez y fanatismo, que contradecían la esencia misma de aquella espiritualidad profundamente personal que Tolstoi cultivaba con tanto apego y a cuya altura intentaba estar. “Huida del paraíso” es también un libro sobre varias décadas de la vida, llena de acontecimientos, de Tolstoi, en los que el escritor estuvo madurando dolorosamente no sólo su capacidad de enseñar, sino también de actuar de acuerdo con sus convicciones, y la justicia. Además de vivir correctamente, y hacer esfuerzos por volver una y otra vez a ese camino. Es increíble que precisamente este hombre que intentaba basar toda su vida en los principios de la misericordia, fuera excomulgado por la Iglesia Ortodoxa y declarado hereje. Pero en realidad, la Iglesia no alejó a Tolstoi de su seno, sino que ella misma se alejó de Tolstoi, y fue así como sus contemporáneos percibieron este acontecimiento.

Tolstoi vivía en Yásnaia Poliana, su finca, que estaba abierta a cualquiera: viajero, admirador, bandido o mendigo. Estaba dispuesto a encontrarse con cualquiera. Al mismo tiempo, se encontraba cada vez más ensimismado escuchando la voz de su alma, y reaccionaba con indignación ante cualquier injusticia o grosería. Yásnaia Poliana, su lugar natal, se convirtió en su puerto, su refugio, la tierra que le daba fuerzas. Sin embargo, allí tampoco le dejaban en paz. Sus obras literarias se convirtieron en objeto de controversia entre su familia y sus discípulos. Su “huida del paraíso” fue el resultado de vacilaciones y meditaciones dolorosas de muchos años y, a la vez, un acto espontáneo e improvisado. Quizás el mayor mérito del libro consista en que se oye la voz del propio Tolstoi, un hombre que duda, que se analiza a sí mismo de una forma implacable y es capaz de tomar hoy una decisión que ayer mismo le parecía imposible.

Sin embargo, ya desde su juventud, nada en la vida de Tolstoi ocurría por mera casualidad. Nunca negó su responsabilidad por un solo acto suyo llevado a cabo de forma consciente, por más horroroso que le pareciera. Incapaz de seguir siendo el centro de las intrigas, abandona Yásnaia Poliana, un lugar tan querido por él, a donde volverá para siempre. Fue sepultado en el mismo sitio donde hacía más de setenta años él y su hermano habían escondido una “varilla verde” que tenía que traer la felicidad a los seres humanos. Pasados siete años estallaría la Revolución de Octubre, y aquella tierra, como decía el pequeño Vánechka dando una patada en el suelo, sería “pada todas las pedsonas”. Pero todo aquello ocurrió de una forma muy diferente de la que había soñado el conde León Nikoláevich Tolstoi, este gran humanista acérrimo defensor de la no violencia.