Rusia se acuerda de sus huérfanos

Foto de Gianluca Battista

Foto de Gianluca Battista

En Rusia hay alrededor de 700.000 niños en orfanatos. Tras décadas de indiferencia, las adopciones nacionales empiezan a aumentar.

María Pichúgina, de 25 años, es la directora del centro para huérfanos de la Comunidad Infantil de Kiteh, unos 60 kilómetros al sur de Moscú. La mayor parte de su vida ha transcurrido en el orfanato. Su madre se trasladó allí hace diez años, con María y su hermana, para dedicar su vida a paliar la grave situación de los huérfanos.

De los millares de niños sin padres que crecen en la Rusia actual, sólo unos pocos tienen la suerte de vivir en esta comunidad, en la que padres voluntarios los adoptan oficialmente y les dan un hogar y un futuro.

El fundador de la comunidad fue Dmitri Morózov, periodista radiofónico, que decidió hace casi 20 años hacer algo como respuesta al creciente número de niños callejeros que vivían en Rusia, sin encontrar cobijo en las instituciones.

“En la década de 1990, tras la caída de la Unión Soviética, había muchos niños sin hogar y a nadie le importaba,” declaró Morózov a RIA Novosti. “La gente estaba demasiado preocupada en cómo conseguir dinero. La actitud general, tanto del gobierno como de los ciudadanos, era de que aquello no era nuestro problema”.

La situación apenas ha mejorado desde entonces. Según una estimación de 2008, hay unos 700.000 niños en los centros de acogida rusos. El amplio sistema de orfanatos que funciona en la actualidad se remonta al periodo soviético, cuando las calles se llenaron de niños, a raíz de la guerra civil, y los orfanatos pasaron a formar parte del sistema educativo comunista. Desde entonces, la situación se ha perpetuado.

El 80% de los niños acogidos por el sistema de orfanatos son “huérfanos sociales”, niños que han sido apartados de sus familias por las autoridades, muchas veces por problemas relacionados con el alcohol u otras drogodependencias.

Ante la reciente proliferación de casos de maltrato a los niños rusos adoptados en Estados Unidos, la atención de los medios de comunicación se ha centrado en los peligros de la adopción internacional. Sin embargo, no se habla mucho de otras cuestiones fundamentales: ¿Por qué hay tantos huérfanos en Rusia? ¿Qué se está haciendo para resolver el problema?

En 2009, más de 1.500 niños rusos se entregaron en adopción sólo en Estados Unidos. Morózov opina que las adopciones internacionales son una forma de no abordar el problema real. “Al parecer, es lo más fácil para los burócratas” señala. “En los últimos años parece que hemos caminado por el buen camino. El gobierno está intentando desarrollar una estructura. Por ejemplo, empieza a haber organizaciones no gubernamentales. La sociedad rusa es muy amplia; tenemos que ser capaces de contener el problema”.



Uno de los mayores obstáculos para la adopción en Rusia ha sido siempre la burocracia. El diácono Alexánder Vólkov adoptó un niño hace tres años. “Durante mucho tiempo era muy difícil. El sistema no lo permitía, y nadie quería enfrentarse”, señala. “Ahora tanto el gobierno como las asociaciones voluntarias están empezando a ocuparse, incluso hay muchos orfanatos que están cerrando por la cantidad de adopciones que se realizan”, explica Vólkov. En 2008, más de 9.000 niños fueron adoptados en Rusia.

“Cuando mi madre murió, nuestro padre se emborrachaba a menudo y no podía cuidar de nosotras, de modo que nos abandonó,” cuenta Anastasia, que tiene 14 años y vive en Kítezh. “A veces lamento la vida que me ha tocado. Pero hay que sobreponerse. Yo no puedo hacer nada para cambiar el pasado”, afirma.
El futuro de otros niños rusos es mucho más incierto que el de Anastasia y su hermana, que han encontrado una familia en Kítezh.



“Verla por primera vez fue muy bonito e impactante ”

Monsterrat Xicoira y José Ramón Amorós adoptaron a Adriana Polina hace cuatro años en Rusia. Antes habían adoptado a María Mei en China.
Antía Castedo, Rusia Hoy


Ambas tienen dos nombres: el primero, español; el segundo, el que les pusieron al nacer en sus países de origen. Las dos llegaron a un orfantato cuando eran bebés. Hasta allí las fueron a buscar sus padres, Montse y José, para llevarlas hasta Barcelona, donde viven. María Mei es la mayor, con nueve años. Adriana Polina tiene cinco. Estudian en el Colegio Suizo y sus padres quieren que aprendan ruso y chino, porque un día quizás quieran visitar sus lugares de nacimiento, y la experiencia será más plena si hablan los idiomas respectivos.

Adriana pasó dos meses en un hospital al nacer porque no había sitio en ningún orfanato. Cuando Montse y José llegaron a buscarla, a un centro en la ciudad de Tver, la temperatura era de 25 grados bajo cero. “Abrimos la puerta y al entrar había estalactitas”, relata Montse. Sólo algunas habitaciones tenían calefacción. Adriana era un bebé de diez meses cuando la vieron por primera vez. “Era la cosa más blanca que había visto en mi vida, no le había dado el sol nunca”. Para su madre, ese momento fue “el más bonito, impactante y difícil de explicar”.

Tras la primera visita, la ley rusa establece que los futuros padres deben acudir tres días seguidos a ver a la niña. Una mujer observa las reacciones del bebé y de la pareja, para luego testificar en el juicio, que se celebrará un mes después. “Te preguntan de todo y dura más de tres horas”, explica Montse.

Con la experiencia de haber adoptado en dos países, opinan que lo mejor de hacerlo en Rusia es que “una vez que te dan el niño, sabes que nadie te lo puede quitar”. Para que un niño pueda ser adoptado por una pareja extranjera, todos sus familiares tienen que haber renunciado a su custodia. Además, sólo se inician los trámites si ninguna familia rusa ha querido adoptarlo.

España y Rusia negocian en la actualidad la firma de un acuerdo bilateral, requisito impuesto por el gobierno ruso en mayo pasado a todos los países y sin el cual no se podrán realizar adopciones.