La marca profunda de la huella cultural rusa

El general de División, Alexei Schwarz, otorga medallas a sus soldados en 1914, poco antes de emigrar a Argentina.

El general de División, Alexei Schwarz, otorga medallas a sus soldados en 1914, poco antes de emigrar a Argentina.

Numerosas oleadas inmigratorias aportaron a la Argentina el bagaje cultural de quienes llegaban desde Rusia. Hoy persisten los rastros de ese legado.

En la historia de las relaciones entre Rusia y la Argentina nunca existieron problemas serios y mucho menos conflictos serios. Es posible que este hecho, así como el benéfico régimen inmigratorio, sumado a la lejanía de los centros mundiales de conmociones políticas y militares haya contribuido a generar el flujo de decenas de miles de emigrantes de Rusia a la Argentina.

Desde finales del siglo XIX Argentina recibió varias oleadas de inmigración rusa. Los niños rusos se criaron con una educación argentina y se insertaron en la vida del país.

Pero si bien se convirtieron en ciudadanos plenos de la Argentina, que hablaban en español y adoptaron la cultura del país, seguían pensando y sintiendo en ruso.

Esta fusión de las culturas rusa y argentina resultó plenamente fructífera. La historia se desarrolló de tal modo que en la Argentina recaló una significativa parte de la “emigración blanca”, la que ha sido portadora de las ideas de la “Rusia exterior”, este fenómeno único en la interacción de las civilizaciones mundiales. En la Argentina se encontró un terreno fértil para tal interaccción. Este país se distingue entre otros Estados latinoamericanos por sus tradiciones culturales europeas, por supuesto, con su especificidad nacional.

Buenos Aires se considera por derecho propio la capital cultural de América Latina. Aquí el nivel de la vida intelectual es elevado y el sistema educativo está desarrollado, aunque sean los propios argentinos quienes más lo critican. Pero esta crítica da testimonio de exigencias que son solamente propias de las sociedades informadas.

En la Argentina viven descendientes de descollantes personalidades de la historia rusa, como Aleksandr Pushkin, el poeta Fiódor Tiútchev, el compositor Nikolái Rimski-Korsakov, los príncipes Dolgorukii, el mariscal de campo Mijail Kutúzov, el industrial y mecenas Savva Mámontov o el pintor Aleksandr Benois, entre otros. Es imposible no mencionar a los tataranietos del primer canciller del Imperio Ruso, Aleksandr Gorchakov. En Buenos Aires vivieron la Gran Princesa, María Pávlovna Románova, o el conde Sergei Zúbov, descendiente de Platón Zubov, favorito de la Emperatriz Catalina II. El aristócrata era conocido por su colección de pinturas y miniaturas en marfil, que luego fue donada a uno de los museos argentinos.

No es asombroso descubrir en una serie de casas en Buenos Aires cuadros de Zinaida Serebriakova y Marc Chagal, dibujos de Konstantin Korovin y León Bakst, objetos con el sello de Fabergé y porcelana rusa, o antiguos íconos.

Los rusos realizaron un significativo aporte en el desarrollo de la Argentina. Trajeron muchos cultivos con los que el país es hoy famoso -como el girasol, el lino, variedades de trigo- y té, que ahora se exporta a Rusia.

Nikolái Álbov, un célebre investigador de la flora de la Tierra del Fuego, encabezó el departamento de botánica en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Fueron rusos los pioneros de la conquista argentina de la Antártida (Vladímir Dobrovolskii). Ingenieros rusos construyeron caminos, puentes y diques; biólogos y paleontólogos participaron en el establecimiento de los parques nacionales y se ocuparon de la forestación en las regiones desérticas de la Argentina. El General de División Alekséi Schwarz, autoridad mundial en fortificaciones, daba clases en el Colegio Militar, donde uno de sus discípulos fue el futuro presidente, Juan Domingo Perón. El ballet clásico argentino debe su origen a los bailarines y pedagogos rusos que arribaron en 1920. Incluso en el famoso tango se mezclaron nostálgicas melodías rusas. La directora y crítica teatral rusa, Galina Tolmachova, difundió el sistema de Stanislavski en los teatros argentinos y fue la primera traductora de las piezas de Anton Chéjov, tan populares hasta el día de hoy en los escenarios locales.

Nikolái Álbov, el investigador de Tierra del Fuego


La huella cultural rusa en la Argentina es significativa e interesante.

Esta creación de dos culturas es orgánica para la Argentina. Su experiencia se caracteriza por la interacción en lo humanístico y su significado supera el marco del hemisferio Occidental y podría ser usado para el diálogo entre civilizaciones en todo el mundo.

Evgueni Astajov, ex embajador Extraordinario y Plenipotenciario en Argentina, es profesor e historiador. Entre 1999 y 2000 fue embajador de Rusia en el Uruguay y, desde entonces, hasta 2004, embajador en la Argentina y concurrente en Paraguay. Ex observador por parte de Rusia en la Asociación Latinoamericana de Integración.