La animación rusa en busca de un héroe

Es cierto: a diferencia de los fabricantes de naves espaciales, los creadores soviéticos de películas animadas no contaban con la premisa de “alcanzar y superar a Estados Unidos”. En cambio, dedicaron todo el trabajo a sus conciudadanos: la audiencia soviética, lo cual no impidió, sin embargo, que varias de sus películas fuesen reconocidas a nivel internacional.

En la Rusia actual los artistas de la animación se enfrentan al eterno dilema de continuar produciendo sus propias películas independientes de autor o trabajar para la industria. Su decisión marcará el futuro de la animación en el país: participar en festivales para un puñado de profesionales, o bien realizar producciones para un público masivo.




“¡Queremos un Mickey Mouse soviético!”

En el verano de 1933, Moscú fue la sede del primer festival de películas animadas estadounidenses, acontecimiento que cambiaría la historia del cine de animación soviético. Las películas de Walt Disney maravillaron de tal manera al público, incluido Joseph Stalin, que se instaló la idea de que la Unión Soviética debía hacer algo semejante. “¡Queremos un Mickey Mouse soviético!” era el lema y la orden del día. Tres años más tarde, Soyuzmultfilm abriría sus puertas. Era una réplica exacta del estudio Disney y se valía de la producción en cadena.

En sus comienzos, los animadores rusos imitaban a Disney, pero luego fueron perfeccionando sus técnicas de dibujo. A su vez, el gobierno soviético no escatimaba en financiación, así que los artistas se daban el lujo de utilizar muchos más dibujos por película de lo acostumbrado. Mientras los países más industrializados intentaban recortar gastos al producir animaciones “limitadas”, con un promedio de cinco dibujos por segundo, en la Unión Soviética nunca se utilizaron menos de 12 dibujos por segundo; en algunas ocasiones, hasta se llegaron a utilizar 24. Por ello, la calidad de las películas animadas soviéticas era mucho mejor que la de la mayoría de las producciones occidentales.

La ausencia de violencia fue otro rasgo diferenciador entre el cine de animación soviético y el estadounidense. “Dibujos como ‘Tom y Jerry’, en los que los personajes están continuamente peleando y haciéndose jugarretas, nunca han sido muy populares aquí”, afirma Sergei Merinov, cineasta de Pilot Studio. “Nuestras películas siempre han sido menos agresivas. Nosotros no hemos apostado por la acción, sino por la psicología, el humor y el diálogo con el espectador. Esto no ha tenido ninguna relación con ideologías particulares; simplemente ha sido producto de los tradicionales cuentos populares de Rusia”.

Las mejores películas animadas soviéticas hechas en la “era Disney” —por ejemplo, El antílope dorado (1954) y La reina de la nieve (1957)—, fueron producciones de talla internacional. Hayao Miyazaki, el distinguido productor japonés de famosas películas animadas, vio La reina de la nieve cuando atravesaba un período muy difícil de su vida en el que estaba considerando dejar la animación. Gracias a esa película, se dio cuenta de que el cine de animación de buena calidad, hecho con dedicación, podía llegar a lo más profundo del alma humana.






A principios de los sesenta, la animación soviética logró finalmente desprenderse de la influencia de Disney, al mismo tiempo que en Soyuzmultfilm surgían directores como Fyodor Khitruk, creador de la versión rusa de Winnie-the-Pooh. Su primera película, Historia de un crimen, fue muy sorprendente debido a que su contenido era toda una novedad: tanto la historia, acerca de un hombre extremadamente amable cuyos molestos vecinos lo conducen a un intento de homicidio, como su arte, que se refleja en un montaje de dibujos animados combinado con recortes fotográficos. En 1962 la película fue galardonada con el León de Plata en el Festival de Cine de Venecia.

La técnica de superposición en capas de Khitruk fue perfeccionada por otro maestro de la animación rusa, Yuri Norshtein. Esta técnica se utilizó por primera vez en el cine de animación ruso en la década de los veinte, a falta de una alternativa mejor. Era mucho más sencillo cortar una figura en varias partes y moverlas frente a la cámara que hacer una película en base a dibujos. Luego resultó que un artista con gran imaginación podía crear todo tipo de cosas interesantes con esta técnica. Yuri Norshtein, por ejemplo, pensó en dividir la figura de un animal no sólo en partes más grandes (cabeza, tronco, patas), sino también en partes mucho más pequeñas mediante el uso de diversos materiales. El dibujante solía hacer bosquejos y dibujar líneas en papel de estaño y celuloide, que luego acomodaba en capas horizontales de vidrio a distinta distancia de la cámara para crear una imagen tridimensional del animal. Ésta es la técnica que utilizó en sus películas mundialmente famosas: Erizo en la niebla (1975) y El cuento de los cuentos (1979). Hace unos años, Erizo en la niebla fue elegida mejor película animada del mundo en una encuesta realizada entre 140 animadores y críticos de cine de diversos países. Norshtein también está utilizando esta técnica de superposición en capas en su obra The Overcoat (El sobretodo), basada en la historia de Gogol, película en la que, debido a problemas de financiación, ha estado trabajando durante más de 20 años y de la cual lleva finalizados 20 minutos.





“Una montaña de gemas”

El siglo de oro del cine de animación soviético concluyó con la llegada de la perestroika, cuando el inmenso estudio estatal Soyuzmultfilm se dividió en docenas de estudios privados. Por primera vez, los animadores soviéticos se vieron en la disyuntiva de producir películas de autor financiadas por patrocinadores y destinadas al exclusivo público de los festivales o ganar dinero con sus propios proyectos comerciales. Según Alexander Gerasimov, director del Festival Abierto de Cine de Animación en Suzdal, en los noventa la mayoría de los animadores apostaba por el cine de autor: “Empezaron haciendo animación ‘adulta’ con la esperanza de ganarse un lugar en los programas de los festivales internacionales. Se trataba de películas filosóficas acerca del sentido de la vida, del mundo interior del hombre. Nadie quería hacer películas para niños”.

Muchas de estas películas hicieron un buen papel en los festivales de cine de animación: la mayoría de sus programas incluía películas rusas, aunque el público masivo no las hubiese visto. A comienzos del 2000 hubo un intento vigoroso de captar la atención del público ruso cuando el gobierno volvió a financiar las películas animadas, aunque en la actualidad dicho intento se ha visto estropeado por las mejores películas occidentales. El primero de estos exitosos proyectos fue la serie Mountain of Gems (Montaña de gemas) producida por el estudio Pilot para la televisión. El objetivo de esta serie (que lleva filmados 52 de los 100 episodios planeados) es mostrar a los niños de Rusia el país en el que viven. Cada episodio es una mini película basada en un cuento popular de los pueblos de Rusia y comienza con una breve introducción sobre las costumbres y tradiciones del pueblo en cuestión. Por ejemplo, para rodar el episodio sobre una leyenda mordoviana, el director Sergei Merinov viajó por toda Mordovia en busca de información sobre la forma de vestir de la gente, sus costumbres y sus hábitos. El resultado fue tan pintoresco que en el Festival Panda de Oro de China ganó en la categoría Mejor Película y también en Mejor Maquillaje y Vestuario. Merinov fue invitado a presentar su película en el Festival National Geographic. “Poca gente conoce las diversas nacionalidades que abarca la Federación Rusa”, sostiene Merinov. “Y en el rodaje de esta película, nosotros también hemos aprendido muchas cosas interesantes”.

‘Smeshariki’

Al igual que Mountain of Gems dependió por completo de la ayuda del gobierno, puede decirse que Smeshariki es el primer proyecto comercial ruso realmente exitoso. Nació en el año 2003, en el estudio de animación computarizada Petersburg. “Al principio, había un gran escepticismo respecto de crear una marca rusa de películas animadas”, explica Alexander Gerasimov, coproductor de Smeshariki. “Se creía que ese ámbito ya había sido conquistado por extranjeros”. Sin embargo, al poco tiempo comenzaron a notarse las ventajas de mostrar un mundo sin violencia (la serie trata de nueve encantadoras criaturas redondas; ninguna de las cuales es mala). “Prácticamente regalamos la serie a la televisión; sabíamos que no generaría dinero”, dice Gerasimov. En la actualidad, sus personajes son reconocidos por casi toda la audiencia rusa y el año pasado, la serie debutó en el canal estadounidense CW, donde la llaman Gogoriki.

Actualmente, se comercializa una gran cantidad de productos bajo el nombre Smeshariki: DVDs, audiolibros, libros convencionales, una revista mensual, juegos de ordenador e interactivos. En 2008 la licencia Smeshariki facturó unos 160 millones de dólares.

Bogatyr Trilogy (La trilogía Bogatyr) es otro caso de éxito. Hablamos de un largometraje de dibujos animados en el que se recurre a la ironía para relatar las aventuras de tres héroes de la cultura popular rusa: Alyosha Popovich, Dobryn Nikitich e Ilya Muuromets. Esta película es una valiente y brillante obra del magnífico productor Sergei Selyanov, que se hizo famoso luego con la película de culto Brother. La tercera película de esta trilogía, Ilya Muromets y Solovei Razboinik, fue estrenada a principios de 2008 y, con un presupuesto de 2 millones de dólares, recaudó cerca de 10 millones.

Otra tendencia alentadora es que los modestos directores independientes resisten a las tormentas locales o financieras. Por ejemplo, el famoso director Ivan Maximov produce películas con presupuestos relativamente bajos, trabaja arduamente y su talento es excepcional. Sus películas, de dibujitos absurdos y conmovedores, se vuelven cada vez más conocidas. Y, si bien Wind Along the Coast (Viento sobre la costa) (2003) y Rain Down from Above (Cae la lluvia) (2007) no ganaron un Oscar, son películas que los espectadores rusos aman tanto como las producciones de Norshtein.

También es un placer ver las películas del pequeño estudio Metronome, fundado hace sólo tres años y que ya ha producido su encantadora segunda serie. La primera, World Lullabies (Canciones de cuna del mundo), dirigida por Elizaveta Skvortsova, consiste en varias docenas de clips de tres minutos de duración basados en canciones de cuna de distintos países. Por su parte, la serie Year Round (Todo el año), de doce capítulos, dirigida por Veronika Fyodorova, se encuentra en la etapa de postproducción. Involucra una colección de miniaturas basadas en la prosa de Yuri Koval.

“Hoy en día, los antiguos maestros luchan por defender el cine de autor, mientras que los animadores jóvenes están más a favor de la industria”, apunta Alexander Gerasimov, que tiene la esperanza de que la cantidad de películas presentadas en el festival de Suzdal haga revivir el cine de animación ruso. “Si en el año 1997 se filmaban 20 películas animadas, hoy filmamos 130, de las cuales 80 pueden competir”. Gerasimov también está convencido de que, a pesar del dominio de la animación por ordenador, las películas de dibujos animados no morirán, ya que los dibujos resultan muy naturales a la vista y la técnica del dibujo es la especialidad del cine de animación ruso.



Comentarios de Otto Alder

El suizo Otto Alder, experto en cine, dirigió un documental acerca de Fyodor Khitruk llamado The Spirit of Genius (El espíritu del genio) (1998) y es el actual director de la Academia Internacional de Cine de Animación de Lucerna.

“El cine de animación ruso tiene una larga trayectoria, es rico en tradiciones y cuenta con una escuela seria. Sus fundadores fueron figuras como el pionero en animación de títeres Vladislav Starevich, el experimentalista Nikolai Khodataev y el talentoso artista Ivan Ivanov-Vano. Tras un brillante período inicial, se sucedieron años de consolidación de la excelencia, de la mano de Soyuzmultfilm y, posteriormente, surgiría la “revolución artística” (que no puede llamarse de otro modo) liderada por Fyodor Khitruk.

“Actualmente, el cine de animación ruso no está atravesando uno de sus mejores momentos, como sucede en toda Europa del Este, pero aún cuenta con notables artistas y directores, tanto de la vieja generación (Yuri Norshtein, Eduard Nazarov) como de la nueva (Ivan Maximov, Mikhail Aldashin).

“Lo más sorprendente de sus películas es la narración: las historias que los directores eligen relatar mediante la animación y la manera en que lo hacen. Imagino que el tipo de historia que comúnmente se elige es la característica distintiva del cine de animación ruso, vinculado, por un lado, con la cultura popular del país y, por el otro, con los cuentos de hadas. Hoy en día, muchos directores de animación rusos eligen cuentos populares del país como tema para sus películas. En consecuencia, el cine contemporáneo es, en gran parte, etnográfico, a diferencia del canadiense o el suizo, por ejemplo. Resulta difícil imaginar que un proyecto como Mountain of Gems, del estudio Pilot, pueda desarrollarse en otro país”.

“El contenido de los cuentos populares dicta una cierta entonación en su narración. Por ello, las películas rusas de animación resultan esencialmente sensibles, sentidas y placenteras. Al menos yo disfruto viéndolas".