La sociedad civil rusa gana una batalla en el bosque de Khimki

Fotos de Kommersant

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Ha sido en internet, principal medio de comunicación de la protesta social rusa, donde el jefe del Kremlin ha puesto fin, con mano de hierro, a la construcción de la primera autopista del país que tenía que atravesar el bosque de Khimki para unir Moscú y San Petersburgo.

"La construcción de la autopista ha sido objeto de una decisión gubernamental adecuada y de las consecuentes deliberaciones judiciales. Aunque nuestros ciudadanos, entre los que se encuentran representantes de Rusia Unida (el partido en el poder) y de la oposición, así como asociaciones y círculos de expertos, consideran que este proyecto necesita ser sometido a una revisión adicional", ha declarado Medvédev en su videoblog de la página web del Kremlin.
En el centro del conflicto que desde 2007 enfrenta a los militantes ecologistas y a las autoridades rusas están las 144 hectáreas de árboles de uno de los pulmones de la capital rusa, condenados a ser talados para que el gigante francés BTP Vinci construya una autopista. Este caso, que se presenta como una síntesis de las tensiones acumuladas tanto a nivel local como federal, ha sido presentado por los ecologistas ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en marzo de 2009.

El gesto de buena voluntad de Medvédev representa un golpe de efecto si te tiene en cuenta que, últimamente, el conflicto ha entrado en una fase especialmente agresiva. Y es que a finales de julio, los activistas que acampaban en el parque para protegerlo fueron expulsados por el OMON, la policía antidisturbios. La líder del movimiento ecologista, Evguenia Tchírikova, por su parte, ha declarado haber sido amenazada de muerte.

Pero la situación ha cambiado. En julio y agosto, la capital rusa se asfixiaba con el humo de los incendios forestales que llegaba hasta la misma ciudad, y estos bosques mártires se convirtieron en el símbolo de la ecología tantas veces sacrificada en favor de los intereses económicos. El verano de 2010 pasará a la historia como el momento del despertar de la conciencia colectiva rusa, que ha alimentado con su descontento la red, convertida en la voz más potente del inconformismo social en el país.

Pero una incógnita aún persiste: no se sabe si las autoridades serán capaces de sacar conclusiones de los incendios sin limitarse a la reconstrucción de las casas destruidas. Aunque la decisión del líder ruso parece digna de alabanza, hay que tener en cuenta que su efecto ha sido debilitado por las críticas a la reacción del Kremlin ante la crisis y el rencor acumulado por la sociedad rusa. Este giro inesperado también se inscribe en una estrategia de seducción populista que pretende atribuir todos los fallos a las autoridades locales, que han sido criticadas por su negligencia.

Aunque los ecologistas de Khimki no deberían precipitarse a cantar victoria, la iniciativa de Medvédev, sin duda alguna, constituye un paso en la dirección correcta.

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