Carrera por la ‘premier league’ de Universidades

Para conseguirlo es imprescindible introducir el concepto de diferenciación en la educación superior. La calidad de la enseñanza y el potencial de investigación no es el mismo en todas las universidades, algo que hay que dejar claro desde el principio. Esto puede parecerle obvio a cualquier lector estadounidense, pero en Rusia (como en muchos países europeos) la tradición de la igualdad en la educación superior está profundamente arraigada.
Por ello, fue una verdadera sorpresa para muchos oír a Andréi Fúrsenko, ministro de Educación y Ciencia, decir que hay que reconocer que no sólo entre los clubes de fútbol hay un Premier League : también entre las universidades.

Siguiendo el ejemplo de China y de otros países, desde Alemania a Pakistán, el gobierno está implementando un ambicioso programa de modernización y mejora de la calidad de un grupo selecto de universidades. Más de dos docenas de instituciones, que ganaron los concursos celebrados en otoño de 2009 e invierno de este año, están recibiendo más fondos y más prerrogativas para diseñar sus programas académicos. Se espera que estos centros perfeccionen su forma de gestión, atraigan a jóvenes académicos, formen a su plantilla de profesores y, en última instancia, realicen más y mejor investigación.

Uno de los problemas que aquejaron a la educación superior rusa en los años post-soviéticos fue la escasísima competencia existente entre los centros. Lo que ha provocado que no exista prácticamente movilidad académica. Las universidades locales funcionan en un mercado cautivo.

Otro factor es el enorme aumento de la demanda de educación superior que se produzco tras la caída del comunismo: la población estudiantil creció más del doble. Sin embargo, a muchos de estos estudiantes la educación superior les interesaba fundamentalmente como medio de eludir el servicio militar. Otros eran los primeros de su familia que iban a la universidad, por lo que no podían evaluar la calidad de la educación que recibían. Esto creó evidentes incentivos para que las universidades aceptaran tantos alumnos como pudieran acomodar, lo que comprometió la calidad de la enseñanza y las llevó a abandonar cualquier intento de hacer investigación. A comienzos de esta década, muchos centros estatales y privados se habían convertido, en la práctica, en expendedores de diplomas. El resultado fue la total devaluación de los títulos.

Esta situación está cambiando. Debido a la brusca caída demográfica, en tres años la masa de potenciales estudiantes en el mejor de los casos se habrá reducido a la mitad con respecto a hace dos años, lo que obligará a los centros a competir por los alumnos. L os Exámenes Estatales Unificados también promoverán la competencia, al facilitar la comparación entre los alumnos aceptados por diferentes universidades.

El programa de universidades líderes da una señal muy clara de que a la universidad se la juzgará de acuerdo con patrones internacionales mesurables, algo reprobado hasta hace poco por la comunidad educativa, acostumbrada a echar mano de vagas referencias al “modelo nacional único de educación” para desechar cualquier intento de comparación con universidades extranjeras. Ahora, la evaluación se basará en criterios como los artículos publicados en revistas internacionales y su impacto, o el número de estudiantes extranjeros que ha atraído la institución.

Evidentemente, los desafíos son muchos. Pocos miembros de la comunidad académica conocen de forma directa una universidad de primer nivel. La mayor parte de los rectores de las “nuevas universidades nacionales” llegaron a su universidad como estudiantes… y nunca se fueron.

Pero a lgunos centros, con suerte, entrarán en la primera división mundial. Otros se verán relegadas a otorgar títulos menores. La máxima aspiración de los cambios es que a las nuevas generaciones les resulte más fácil determinar en qué títulos universitarios vale la pena invertir su tiempo y su dinero, y en cuáles no.

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