¡La belleza es un poder terrible!

Imaginen las primeras horas de la mañana en Moscú o alguna de las provincias rusas. Decenas, cientos, hasta miles, de mujeres trabajadoras salen corriendo de sus casas hacia el tren, la parada de autobús y el metro. Pero la mitad de ellas no parece que vayan vestidas para ir a trabajar, sino más bien para acudir a una fiesta.

No puede faltar un maquillaje llamativo, peinados extravagantes, ropa entallada y siempre los altos tacones. A pesar del famoso clima ruso. A pesar de la nieve, la escarcha y la gélida lluvia. El asfalto, al igual que las pistas de patinaje, no es un obstáculo para las botas altas. Para un simple observador, la imagen de una mujer rusa andando sobre el hielo con unos tacones vertiginosos puede resultar alarmante. Pero si a ésta se le preguntara si no preferiría llevar un calzado más cómodo, se sentiría insultada. No sufre. Se siente bien porque sabe que está fantástica; y eso es lo más importante. A esa sensación maravillosa no le ponen freno ni aceras resbaladizas, ni salidas precipitadas de autobuses que siguen su ruta ni interminables escaleras de metro. He oído que en Europa se celebran carreras de mujeres con tacones. Las rusas no han sido invitadas. Y no deberían invitarles, porque se alzarían con todos los premios. Correr con tacones altos es el deporte nacional. Nos entrenamos todos los días, sin ni tan siquiera darnos cuenta.


Es cierto que nuestros tacones altos tienen la manía de romperse, pero por suerte siempre hay un zapatero en cada esquina por si eso ocurre. En el interior del quiosco encontramos amables hombres mayores, salvadores de zapatos en mal estado. Ser zapatero en Rusia es un negocio lucrativo, en gran parte porque una mujer que se precie tiene el suyo propio. Los zapatos de diseño no pueden dejarse en manos de cualquiera.

¿Por qué se van siempre las mujeres rusas ‘vestidas para matar’? Se supone que para agradar a los hombres rusos. En todo caso, eso es lo que ellos creen. La cuestión del sexo es un tema peliagudo: no hay suficientes hombres disponibles, y los que lo están, o beben o están metidos en asuntos peligrosos, poniendo en peligro su vida. Aun así, sería ingenuo pensar que una mujer que aparece al alba con unos taconazos en la parada de autobús espera encontrar al hombre de sus sueños allí. Las mujeres rusas no esperan que las cosas les caigan del cielo; van a por lo que quieren. Si necesitan que un hombre las haga feliz, se buscan uno, o más.

Las damas rusas prefieren andar descalzas que ser vistas en la calle con un traje elegante y zapatillas deportivas, como hacen las prácticas mujeres estadounidenses. ¿Un vestido y unas Nike? ¡De eso nada! Poco importa lo difícil que sea ir de casa al trabajo, la cantidad de autobuses, tranvías y trenes a los que se deban subir y bajar. Y las mujeres que conducen, que cada vez son más, tampoco están dispuestas a abandonar sus tacones. Puede que sean un peligro para otros conductores, pero las mujeres rusas están más preocupadas del peligro que corren sus zapatos de diseño sobre esas engorrosas alfombrillas de goma, y resuelven el problema colocando un cartón encima. A eso se le llama ser práctica ‘a la rusa’. ¿A quién le importa la comodidad? La belleza siempre será más importante.

La mujer rusa se viste primero para ella; después para el resto de las mujeres (para darles envidia), y por supuesto, tercero y último, para los hombres. En la película soviética de los años 40 Cenicienta, la maravillosa actriz Faina Ranévskaia, en el papel de madrastra, decía: “¡La belleza es un poder terríble!”. Me temo que la mayoría, por no decir todas las mujeres rusas, estarían de acuerdo.

Fotos de RIA_NOVOSTI