Pragmatismo triunfante

En una situación de degradación de las instituciones internacionales, con un orden mundial que se cae a pedazos y con cambios poco previsibles en el comportamiento de los países, hay que ser muy optimista para creer en la armonización de las relaciones y en la reducción de la conflictividad.
La temporada 2009-2010 de la política exterior rusa destaca por su gran coherencia ideológica y una elegancia redonda. Empezó en septiembre con el artículo de Dmitri Medvédev “¡Rusia, adelante!” y una detallada explicación de sus principales ideas en la reunión con los miembros del club internacional de discusión “Valdai”. La continuación se materializó en la carta del Presidente de la Asamblea Federal, en la cual Medvédev dijo que el objetivo principal de la diplomacia consistía en promover la modernización. El remate final ha sido su intervención en la reunión con el cuerpo diplomático en la que se impuso, a los embajadores y a los representantes permanentes rusos, el saber de memoria todas las direcciones prioritarias para el desarrollo, desde la biomedicina hasta las telecomunicaciones.

Este énfasis es perfectamente comprensible: la política exterior tiene que estar al servicio de la política interior. En la carta del presidente a la Asamblea Federal, incluso se encomienda “elaborar criterios claros para la valoración de los resultados de la política exterior con el fin de conseguir los objetivos para la modernización y dar un gran paso tecnológico”. Los criterios no han sido elaborados ya que nadie sabe cómo hay que hacerlo, pero el espíritu de pragmatismo total y absoluto ha triunfado. Por ejemplo, el proyecto del Programa de utilización eficaz y sistemática de los factores de la política exterior con el objetivo de conseguir el desarrollo de la Federación Rusa a largo plazo, que ha sido elaborado por el MAE por encargo del presidente y que ha aparecido recientemente en la prensa por vías no oficiales, no es otra cosa que un listado de proyectos concretos que el Estado está dispuesto a apoyar.

Sería absurdo cuestionar la racionalidad del pragmatismo en la política exterior. Sin embargo, es imposible sustituir con el “pragmatismo” un sistema de coordenadas políticas completo y coherente.

En estos últimos meses se han dado varios ejemplos de cómo la política rusa se queda estancada entre distintos tipos de “pragmatismo” sin ser capaz de elegir cuál es el más atractivo.

Por ejemplo, el comportamiento de Rusia en relación a las sanciones contra Irán. Después de muchas vacilaciones, Moscú tomó la decisión política (a favor del “reinicio” de sus relaciones) de tender la mano a Estados Unidos y apoyarle en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, aquel mismo día se oyeron declaraciones de que ésto no influiría para nada en los intereses comerciales de Rusia y que las relaciones comerciales con Irán no se verían afectadas, etc. Por cierto, hasta ahora Moscú no ha llegado a hacer público el veredicto final respecto a si las sanciones de la ONU se refieren también a los misiles S-300.

Un ejemplo más característico todavía es una cuestión que aún sigue sin ser aclarada: ¿Qué formato de integración es el más conveniente para Rusia, el global (entrar en la OMC) o el regional (Unión Aduanera con Bielorrusia y Kazajistán)? Las divagaciones sobre la “sincronización” de ambos procesos suenan como una mera excusa, ya que en la práctica una cosa contradice a la otra.

En ambos casos se puede comprobar que cualquiera de las dos contradictorias posibilidades es “pragmática” y útil desde el punto de vista de la modernización. Tanto la cooperación con EE UU como la ampliación del mercado de la alta tecnología rusa en Irán. Tanto la entrada en la OMC como la ampliación del mercado para los productores rusos en el marco de la Unión Aduanera. Mientras que, por ejemplo, las “alianzas para la modernización” propuestas por el presidente, estrictamente hablando, no necesariamente están relacionadas con cambios en la política exterior. Para atraer tecnología y capital extranjero, mucho más importante que cualquier tendencia en las relaciones internacionales es tener un clima favorable para las inversiones dentro del país, sobre el cual los diplomáticos, evidentemente, no tienen ningún poder.

En el caso del presidente, el pragmatismo se interpreta como algo prooccidental. En el caso del primer ministro, la interpretación tiende casi a lo opuesto. El pragmatismo, en el fondo, no es más que el eufemismo de turno para designar la incapacidad de definir claramente la posición del país en la arena internacional.

En ello no hay nada sorprendente o terrible: el mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa, se están desarticulando los sistemas de relaciones tradicionales y es imposible tomar decisiones definitivas. Pero Rusia se encuentra en una serie de encrucijadas importantes y, si tan sólo se basa en el pragmatismo, no podrá elegir el camino correcto.

En primer lugar, se trata de la situación en los territorios de la antigua Unión Soviética. El objetivo que Moscú se propuso durante años se ha conseguido. De hecho, esta zona dejó de ser prioritaria para los jugadores que rivalizaban con Rusia por la influencia en la región, es decir, la Unión Europea y EE UU. En parte ha sido debido a sus problemas internos y, en parte, a la perseverancia de Moscú en defender su “derecho de privilegio”, que culminó en “la guerra de los cinco días”.

Ahora Rusia tiene que decidir qué va a hacer. Tal y como se puede deducir de los acontecimientos que tuvieron lugar en el periodo 2009-2010, Moscú no tiene una estrategia de liderazgo definida. Los intentos de llevar a cabo una política razonable en los ámbitos económico y político-militar, chocaron contra la resistencia (o inacción) de sus socios, ya que las relaciones con estos últimos no llegaron a regularizarse. La situación de Kirguizistan en abril, y sobre todo en junio, ha demostrado, para gran sorpresa de muchos vecinos, que Rusia no se precipita y aprovecha de la situación para reforzar sus posiciones.
Por una parte, es un signo alentador porque la capacidad de valorar objetivamente sus posibilidades y los riesgos reales es una demostración de madurez. Hace un par de años Rusia, obsesionada con la idea de la autoafirmación, se hubiera apresurado a intervenir sin preguntarse si estaba preparada para este tipo de operaciones. Por otra parte, existe un déficit claro de estas posibilidades, tanto desde el punto de vista político o militar como desde un punto de vista jurídico. La próxima vez, esta ausencia de influencia externa en la zona en conflicto y teniendo en cuenta el más que probable aumento de la inestabilidad, puede inducir, por ejemplo, a Estados Unidos a intervenir de una forma más activa y, en este caso, la frágil estructura de la balanza de los intereses de Rusia estaría en peligro. Y es que el “reinicio” de las relaciones con EE UU sigue basándose en una autolimitación mutua con esperanzas de obtener dividendos en el futuro, pero carece de un fundamento político y económico sólido.

En segundo lugar, en el mapa de la política rusa ha aparecido la región de Asia Pacífico. Esto ha llegado con retraso, ya que se lleva muchos años hablando de la reestructuración del paisaje mundial en favor de Asia y de los graves problemas del Lejano Oriente ruso. Sin embargo, es muy importante plantear correctamente esta cuestión.

El tema de la correlación de las directrices asiáticas y europeas en la política de Rusia también se plantea en un contexto de modernización, pero detrás de ello se esconde un serio problema geopolítico e incluso cultural. Europa es sumamente importante para Rusia como fuente para el desarrollo e, historicamente, siempre lo ha sido. Sin embargo, estratégicamente el Viejo Mundo se está debilitando y está perdiendo su papel central. Asia es una región que se desarrolla a pasos de gigante. Su papel político y económico está creciendo, pero Rusia no siente proximidad cultural o con la civilización de esta región e, incluso, le tiene un poco de miedo. Y teniendo en cuenta el papel de EE UU, que es un factor definitivo para el equilibrio estratégico mundial, el dilema que tiene Moscú es sumamente complicado.
La relación del desarrollo interior con la política exterior resulta posible hasta cierto punto, pero su fusión completa llevaría a la desvalorización de ambos.

En otras palabras, las relaciones económicas con los principales países occidentales para crear “reservas de innovación” sustituirían a la democratización real del estado y de la sociedad. Y los intentos de fortalecer la “alianza para la modernización” limitarían las posibilidades de la política exterior.

El hecho de que la política exterior tenga que crear unas condiciones favorables para el desarrollo nacional es incuestionable. En este sentido, es tan necesario crear relaciones normales con los países vecinos y con otros socios, como evitar conflictos excesivos. El MAE tiene muchas posibilidades de mejorar, teniendo únicamente en cuenta el estilo de muchas declaraciones oficiales. Para ser justos, tendríamos que decir que los servicios diplomáticos muchas veces tienen que tratar con las consecuencias de las acciones de otros servicios totalmente diferentes, desde las guerras energéticas hasta la increíble inmovilidad de los principios del Servicio Federal de Defensa de los Derechos de los Consumidores “Rospotrebnadzor”.

Sin embargo, el objetivo principal de cualquier política exterior siempre ha consistido y consistirá en garantizar la paz y fortalecer la seguridad, y la promoción de la biomedicina vendrá después.

Pero el presidente considera que “en el escenario mundial es evidente la actual tendencia a armonizar las relaciones, establecer el diálogo y disminuir la conflictividad“. En una situación de degradación de las instituciones internacionales, con un orden mundial que se cae a pedazos y con cambios poco previsibles en el comportamiento de los países, hay que ser muy optimista para creer en la armonización de las relaciones y en la reducción de la conflictividad.

Redactor jefe de la revista “Rusia en la política global”. Se graduó en la Facultad de Filología de la Universidad de Moscú y desde 1990 está especializado en periodismo internacional. Trabajó en la Radio Internacional de Moscú, en los periódicos “Segodnia”, “Vremia MN”, “Vremia Novostei”. Es miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.