La violencia en Kirguizistán, reflejo del pasado

La reciente crisis política interna de Kirguizistán ha estallado en una nueva dirección con un aumento de la violencia étnica. Entre el 10 y 11 de junio, la ciudad de Osh, en el sur, donde reside un número significativo de uzbecos, vio como una gran reyerta entre jóvenes desembocó en disturbios por toda la ciudad.
El gobierno provisional de Kirguizistán decidió declarar el estado de emergencia en varias áreas densamente pobladas del sur como consecuencia de los hechos. Se habló también de una intervención exterior para evitar una mayor escalada de l violencia. El 13 de junio, unas 75.000 personas de la etnia uzbeca habían abandonado sus casas en Kirguizistán y habían cruzado la frontera a la vecina Uzbekistán. Actualmente viven principalmente en las regiones de Andiyan, Ferganá y Namangán. ¿Cuál ha sido la causa de este sangriento enfrentamiento cuyas últimas consecuencias resultan aún extremadamente difíciles de predecir?

Para empezar, no se trata de la primera vez que salen a la luz contradicciones entre kirguís y uzbecos en la historia reciente. La violencia estalló entre ambos grupos en junio de 1990.

La composición de la población de Kirguizistán es conocida no sólo por su diversidad, sino también por la concentración de grupos étnicos en diversas regiones del país. Los kirguís constituyen poco más del 70% de la población, mientras que los uzbecos, el segundo grupo étnico más grande del país, constituyen alrededor del 15%. Los uzbecos viven principalmente en los territorios del sur y suroeste del país. Dada la proximidad física a su propia república, la etnia uzbeca se ha mantenido tradicionalmente un tanto aislada dentro de Kirguizistán, mostrando su determinación por preservar su idioma, cultura y puestos en la administración para los representantes de su etnia.

A los sucesos de junio de 1990 se les ha denominado la "matanza de Osh". Los hechos vuelven a repetirse con no pocas similitudes, aunque en 1990 los uzbecos y kirguís eran ciudadanos de la Unión Soviética. Tanto entonces como ahora el enfrentamiento surge por causas parecidas. Una escasez de recursos naturales, una escasa representación en el gobierno y el control de las drogas. En 1990, otorgar tierras a los ciudadanos fue una preocupación clave de las ONG Adolat (uzbeca) y Osh-aimagi (kirguizistana). Desde la Revolución de los Tulipanes en 2005, sólo un uzbeco ha ocupado un puesto en el gobierno por un periodo corto y sólo como gobernador. Y tanto entonces como ahora, el factor del narcotráfico sigue jugando un papel importante. La lucha por controlar el flujo de narcotráfico se ha ocultado y sigue ocultándose, aunque la presencia de numerosas contradicciones entre las etnias constituye, en sí mismo, y genera, un cóctel peligrosamente explosivo. Tanto en 1990 como en 2010 el empobrecimiento de la población ha ayudado objetivamente a los radicales de ambas facciones.

Hace veinte años, a costa de los increíbles esfuerzos por parte del ejército y policía soviéticos, se evitó que Uzbekistán se metiera de lleno en el conflicto. Sin embargo, según el comité investigador de la fiscalía soviética, unos 1.200 kirguís murieron en el conflicto ocurrido en las ciudades de Uzguén y Osh, así como en las aldeas de la región de Osh. Los investigadores identificaron unos 10.000 episodios de actividad criminal, y se enviaron a los tribunales unos 1.500 casos criminales. En 1990, entre 30.000 y 35.000 personas participaron en el conflicto.

Tras la "matanza de Osh", el conflicto se calmó, pero los problemas sistémicos no llegaron a resolverse. Durante los primeros años, tras el colapso de la Unión Soviética, Askar Akáyev, líder del Kirguizistán independiente, intentó llevar a cabo una política de integración con la minoría uzbeca. En 1994, bajo el lema “Kirguizistán es el hogar de todos”, Akayev constituyó la Asamblea del pueblo de Kirguizistán. También confirió al ruso el status de lengua oficial. Las autoridades incluyeron a las élites regionales, entre ellas las de la etnia uzbeca. Sin embargo, con el paso del tiempo, la concentración del poder económico y político en manos del círculo de Akáyev, junto con los continuos desacuerdos entre las autoridades centrales y las regiones, restó eficacia de forma sustancial a los esfuerzos destinados a conseguir la unidad del país. La emigración de la etnia uzbeca aumentó en consecuencia en los años posteriores a 2000. En 2002, una encuesta de opinión llevada a cabo por un centro cultural uzbeco en Osh indicó que más del 60% de los encuestados (1.436 uzbecos) consideraban inadecuadas las políticas del gobierno central.

En los años posteriores al 2000, las autoridades centrales de Kirguizistán simplemente no prestaban la suficiente atención al sur del país, que se regía en gran parte conforme a sus propias leyes y normas. A esto se sumaba el hecho de que las dos "revoluciones" de los últimos cinco años, acompañadas de disturbios masivos, desorden y saqueos, crearon la ilusión de que el mejor modo de resolver problemas graves era mediante luchas callejeras y pogromos.

A las dificultades del país también se suma la compleja situación geopolítica de la región. En 1990, Afganistán era un país mucho más estable y no se percibía como un problema global desde el punto de vista del narcotráfico o el terrorismo. Y aunque la Unión Soviética tocaba a su fin, sus recursos eran suficientes para detener la matanza entre uzbecos y kirguís. Las autoridades de Kirguizistán son en la actualidad mucho más débiles y mucho menos capaces de normalizar la situación dentro del país sin ayuda exterior. Pero, ¿hasta qué punto es posible una acción exterior eficaz? El Kirguizistán actual presenta varios intereses que compiten entre sí, y que están a menudo contrapuestos. Es obvio que las posiciones de Uzbekistán y Kazajstán, ambos reclamando el liderazgo en Asia Central, no suelen coincidir. Para Uzbekistán, la estabilización de la situación en el sur de Kirguizistán no constituye únicamente un asunto geopolítico, sino es también una cuestión de prestigio interno. Y a Kazajstán, que no quiere por un lado que un país vecino se convierta en un segundo Afganistán, le gustaría que la situación en Osh y sus alrededores se estabilizara. Pero para la élite kazaja, un fortalecimiento unilateral de la posición de Tashkent también resultaría peligroso.

Rusia y Estados Unidos tienen también sus motivos. Ni Washington ni Moscú verían con buenos ojos que se exportara el "modelo afgano". Sin embargo, como ocurre con los países de Asia Central, Rusia y Estados Unidos no está acostumbrado a jugar a juegos de suma cero, y lo que ocurra con Asia Central tras el año 2011, cuando Washington abandone Afganistán, sigue siendo un interrogante. Sin embargo, independientemente de las maniobras geopolíticas que tienen lugar alrededor de Kirguizistán, es obvio que sin un concepto adecuado de un país unido, y sin llegar a alcanzar un consenso dentro de la clase política kirguís, no puede surgir nada constructivo de los esfuerzos que realicen otros actores desde el exterior. Hasta que las autoridades centrales no sean legítimas, y como tales, desarrollen un modelo de relaciones aceptable con la minoría uzbeca, el fantasma de Osh les seguirá persiguiendo.

Serguei Markedónov es experto en el Caúcaso y Asia Central