El caso de los espías

Los vecinos se entrevistaron en Marquette Road,en Montclair, Nueva Jersey. Fuente: AP / Schultz Rico

Los vecinos se entrevistaron en Marquette Road,en Montclair, Nueva Jersey. Fuente: AP / Schultz Rico

En las relaciones entre Estados Unidos y Rusia ha estallado un ruidoso escándalo. El FBI ha arrestado a once personas acusadas de espiar para Rusia. Los servicios secretos están convencidos de que todos ellos son oficiales del Servicio de Inteligencia Exterior ruso (SIE), que permanecían ocultos y clandestinos. Sin embargo, el Ministerio de Justicia desmintió ayer al diario "Ъ" la versión del contraespionaje, afirmando que “no tienen fundamentos para considerar que alguno de los sospechosos recibía o transmitía información secreta”. Los expertos rusos y norteamericanos están convencidos de que en este caso los intereses internos del FBI han pasado por encima de los federales. La reacción ante el escándalo por parte de los círculos políticos de ambos países evidencia que ni el Kremlin ni la Casa Blanca quieren que este escándalo se convierta en un conflicto.
El ministerio de Justicia estadounidense informó sobre la detención de 11 personas acusadas de espiar para Rusia el lunes (en Moscú ya pasaba la medianoche). El FBI llevó a cabo los arrestos simultáneamente en varias ciudades norteamericanas el pasado domingo, dos horas después de culminar la visita a los EE UU del presidente ruso, Dimitri Medvédev. En los documentos entregados al tribunal, al día siguiente, el nombre de la mayoría de los acusados aparece entre comillas ya que, según el FBI, todos ellos utilizaron pasaportes falsos, intentando “legalizarse en los Estados Unidos por encomienda del SIE”.

Anna Chapman, Vicky Peláez y Juan José Lázaro fueron arrestados en Nueva York. Richard y Cynthia Murphy en la pequeña ciudad de Montclair, en el estado de Nueva Jersey. Michael Zottoli, Patricia Miles y Mikhail Semenko, en Arlington, un suburbio de Washington donde hace unos días degustaron unas hamburguesas Dmitri Medvédev y Barack Obama. En su piso en Cambridge, cerca de Boston, fueron arrestados Donald Horward Heathfield y Tracey Lee Ann Foley. Por último, otro de los acusados, Christopher Metsos, fue detenido en Chipre, pero tras pagar una fianza fue de inmediato liberado hasta la decisión del juez.

A excepción de Anna Chapman, Mikhail Semenko y Christopher Metsos, en todos los casos la acusación se ha presentado contra los dos miembros de un matrimonio. Son sospechosos de “conspiración con el fin de actuar en calidad de agentes de un gobierno extranjero”. A todos, a excepción de los esposos Murphy, se les ha acusado de “conspiración criminal para lavar dinero”, delito castigado con una pena de hasta 20 años de prisión.

De acuerdo con los documentos del FBI entregados al tribunal, todos los acusados debían “norteamericanizarse al máximo” para lograr acceder a documentos de la administración estadounidense, así como “establecer contactos con centros de planificación y adopción de decisiones políticas”.

El seguimiento de los sospechosos se realizaba desde el año 2000, y durante este tiempo el contraespionaje recolectó varios centenares de tomos que conforman la causa criminal. Los servicios especiales norteamericanos creen que al SIE ruso le interesaba un amplio abanico de cuestiones, desde las posiciones de Estados Unidos sobre las negociaciones de desarme hasta el programa atómico de Irán y las versiones sobre el reemplazo del titular de la CIA. “Intenten determinar la posición de la delegación norteamericana y los objetivos que Obama se plantea para la cumbre de julio, así como los argumentos que utilizará su equipo para intentar inclinar a Rusia hacia la cooperación en interés de Estados Unidos”, dice uno de los mensajes obtenidos por los agentes en vísperas de la visita del presidente estadounidense a Moscú, el año pasado.

Según el FBI, todos los arrestados hicieron un curso de preparación intensiva, que incluyó el estudio de idiomas extranjeros, el aprendizaje de formas de establecer vínculos con organismos y personas externas, métodos para evitar la vigilancia, y la utilización de mensajes cifrados, tintas invisibles y posibles escondites. El grupo detenido en un barrio de Nueva York utilizaba a veces el código Morse. Todos los demás preferían una técnica más moderna: los códigos secretos se insertaban en imágenes de ordenador y se colgaban en páginas de Internet de acceso abierto, o bien se enviaban por correo electrónico. En los ordenadores confiscados en la casa de Donald Heathfield, los agentes del FBI descubrieron facturas de los espías desenmascarados. Así aparecen en el original en el diario "Ъ": “Recibido del Centro 64.500 dólares. Ingreso 13.940 dólares. Gastos: alquiler 8.500; servicios comunales 142; teléfono 160; alquiler de coches 2.180; combustible 820; educación 3.600; gastos en Francia 1.000; servicios médicos 139; gastos en abogados 700; comida y regalos 1.230; direcciones de correo electrónico y materiales para ordenadores 460; negocios 4.900; viaje para la reunión 1.125.

Según los documentos de la acusación, el “Centro” les tuvo que recordar más de una vez a los conspiradores el objetivo por el cual habían sido enviados al extranjero. “Ustedes han sido destinados a una prolongada comisión de servicios en Estados Unidos”, dice uno de los mensajes cifrados. “Su educación, sus cuentas bancarias, el coche, la casa, todo esto existe para un solo fin: el cumplimiento de la tarea principal. Localizar y trazar vínculos con los círculos políticos e informar sobre ello al Centro”.

De los materiales del FBI es posible deducir cuándo llamaron la atención por primera vez de los servicios especiales los acusados. El seguimiento sobre Anna Chapman, por ejemplo, se estableció hace apenas año y medio. Desde enero hasta junio de 2010, la vigilancia determinó diez ocasiones, como mínimo, en las que ésta intercambió información con la persona que en los documentos de la investigación figura como “colaborador de las estructuras gubernamentales rusas N 1”. El FBI considera que se trata del tercer secretario de la misión de Rusia en la ONU. Pero en la delegación rusa ante la ONU unas diez personas figuran como terceros secretarios. Ningún documento especifica quién de ellas era el encargado de mantener la comunicación con los agentes. La transmisión de datos se hacía con un ordenador: Champan entraba en un café, encendía su portátil y, al poco tiempo, pasaba por allí un microbús con el logotipo de la misión diplomática rusa. El FBI cree que en los ordenadores de los sospechosos se había instalado un módulo especial que permitía establecer rápidamente contacto con la red local.

Los encargados de controlar a los agentes también les proveían de dinero durante sus encuentros personales. El 6 de junio de 2009, las cámaras de videovigilancia de la estación de ferrocarril North White Planes registraron el encuentro de Murphy con una persona llamada en los documentos “colaborador de las estructuras gubernamentales rusas N3”. Se reunieron en la escalera, el agente abrió su bolso y alguien que pasaba a su lado metió con agilidad un pesado paquete de plástico. A los pocos meses, Murphy le transfirió parte del dinero recibido a Zottoli. Parece que las partes establecieron este diálogo: “Perdón, ¿pero no nos encontramos en Bangkok en abril del año pasado?” – “No recuerdo abril, pero estuve en Tailandia en mayo de ese año”.

Al menos dos de los sospechosos fueron detenidos después de ser contactados por agentes del FBI, que se presentaron como colaboradores de la embajada rusa. Los espías accedieron al contacto e incluso aceptaron dejar la información requerida en un escondrijo cuya ubicación les señalaron los agentes del FBI.



Por lo demás, detrás de esta historia de detectives, descrita con mucho colorido por el FBI, sigue sin aclararse lo principal: si los sospechosos lograron infligir algún daño serio a la seguridad de Estados Unidos. A diferencia de la aplastante mayoría de los escándalos que han involucrado a espías rusos en los últimos 15 años (ver la info), en este caso el FBI menciona sólo algunos episodios menores. Entre ellos, información transmitida en otoño de 2009 por Cynthia Murphy sobre la situación del mercado mundial de oro, los contactos de Lázaro con un desconocido e influyente financiero neoyorquino, y la reunión de uno de los sospechosos con “un científico vinculado con la elaboración de bombas de aviación destinadas a la destrucción de refugios”.

Pese a ello, el lunes pasado, los tribunales federales de Nueva York, Virginia y Massachusetts denegaron la libertad bajo fianza a los sospechosos. Su destino será resuelto por un tribunal que se reunirá en el Distrito Sur de Nueva York el 1 de julio.

Sin embargo, la versión del FBI sobre el desenmascaramiento de una red de espías ya ha sido desmentida, en la práctica, por el Ministerio de Justicia norteamericano. Su representante Dean Boyd declaró a "Ъ" que “el tribunal no ha presentado acusaciones de espionaje porque este término presupone el intento de transmitir materiales secretos a terceras personas o estados, y nosotros no tenemos fundamentos para considerar que alguno de los sospechosos obtuvo o transmitió datos secretos”.

Las consecuencias del escándalo quedaron casi de inmediato difuminadas por el contenido de las acusaciones presentadas a los detenidos. Los expertos apuntan a los intereses internos de los servicios especiales estadounidenses. “Para mí es evidente que las consideraciones operativas en el FBI se impusieron sobre las reflexiones acerca de la posible tensión en las relaciones ruso-norteamericanas”, declaró a "Kommersant" Harvi Kler, profesor de la Universidad de Emory y autor del libro “Espías: auge y caída del KGB en América”.

Dmitrii Trenin, director del centro moscovita Carnegie, considera que el escándalo pudo ser provocado por varios grupos. En primer lugar, “aquellos políticos norteamericanos que creen que Barack Obama se ha acercado demasiado a los rusos, ya que es funcional para sus designios”. En segundo lugar, los propios servicios especiales, que tras una serie de grandes fracasos que condujeron a la renuncia el mes pasado del director de Inteligencia Nacional Dennis Cutler Blair, resolvieron que tenían que demostrar su celo profesional. “Tras el intento de atentado en Times Square, el FBI tenía que demostrar su solidez”, opina Trenin, que considera poco convincentes las acusaciones presentadas contra los detenidos. “Si fuesen culpables de un crimen o de un caso real de espionaje, se hubiera dado a conocer de inmediato. Pero hace muchos años que el FBI seguía a este grupo y no ha presentado ninguna prueba de espionaje. Es como si a un individuo arrestado por asesinato lo juzgaran finalmente por estacionar en un lugar no permitido”.

Es llamativo que tanto los funcionarios rusos como los norteamericanos han comentado el incidente con extrema precaución. “No nos han aclarado de qué se trata. Confío en que lo hagan. El momento ha sido escogido con especial elegancia”, dijo el titular de la cancillería rusa Serguéi Lavrov, que se encontraba ayer en Jerusalén. Por la tarde, el representante del ministerio de Asuntos Exteriores, Igor Liakin-Frolov, confirmó que algunos de los detenidos son ciudadanos rusos que han vivido en diferentes momentos en Estados Unidos, y dijo que no han puesto en marcha ninguna acción dirigida contra los intereses de este país.

En Moscú, un alto cargo diplomático ha declarado que “el grado de confidencialidad en las relaciones entre Obama y Medvédev es tal, que si el presidente de EE UU se hubiera enterado de la operación durante la visita de su homólogo ruso se lo habría dicho. Si no lo hizo, esto significa que supo de la operación en el último momento”.

El Kremlin quiere diluir el escándalo lo más rápido posible, algo que ha confirmado la fuente citada por "Kommersant", que ha añadido que “todos los portavoces recibieron una orden tácita de no comentar el incidente”. Y, a juzgar por los hechos, se está cumpliendo con celo. El ayudante del presidente ruso, Serguei Prijodko, la secretaria de prensa, Natalia Timakova, y el titular del Comité de asuntos internacionales de la Duma, Konstantín Kosachov, se negaron ayer de manera rotunda a comentar el escándalo de los espías.

Lo mismo sucedió en la parte estadounidense. Frente a las preguntas de los periodistas ayer sobre el tema, Barack Obama respondió lacónicamente: "Thank you". No hubo forma de obtener una respuesta más explícita por parte del presidente de Estados Unidos. Sólo el subsecretario de Estado, Philip Gordon, hizo declaraciones: “Pretendemos continuar el desarrollo de las relaciones con Rusia y queremos considerar el escándalo de los espías en este contexto”.