Memorias de un extranjero que vivió un cambio de época en Rusia

Un turista en la Plaza Roja

Un turista en la Plaza Roja

El ambiente en los años 90, en el declive de la Unión Soviética y comienzos de la Rusia post-soviética, y el de estos días, contrastan de manera abismal.

En la década de los noventa, pese a que fue un periodo muy difícil por los bruscos cambios que la sociedad soviética experimentó, se percibía un ambiente en el que valores como la solidaridad, la honestidad, la fraternidad, la cultura del deporte, la igualdad entre los hombres, la justicia y muchos otros, predominaban sobre los que mandan ahora, sobre todo en las grandes urbes de la Rusia actual.

Esos valores, que en mi opinión personal sólo pueden nacer, inculcarse y desarrollarse en un ambiente sano, fueron infundidos sobre la base del academicismo, dentro del contexto político, como respuesta al desconocimiento de los soviéticos de lo que ocurría más allá de sus fronteras y al aislamiento al que los sometieron sus líderes.

Esto se convirtió en una de las debilidades del sistema, que otras fuerzas, tanto externas como internas, aprovecharon para impulsar la desaparición de la URSS. Pero esto es un tema puramente político que abordaremos en otro momento.

Valga como ejemplo de ambiente sano el pasaje siguiente: en agosto de 1990 unos jóvenes latinoamericanos esperaban en el aeropuerto al responsable que los distribuiría en sus respectivos centros de estudios, y lo hacían sentados sobre sus equipajes por el temor de que se los robaran, algo normal en sus países.

Esa escena era graciosa, porque muchos de ellos, capitalinos, jamás se hubieran imaginado que algún día se encontrarían en la situación de los provincianos que llegan a las capitales de sus respectivos países: desconfiados, temerosos, desorientados, y porque en esos tiempos aquí (en Rusia) no se tenía idea de lo que era un ladrón, un carterista o nada por el estilo.

La mentalidad de la sociedad de entonces era distinta. Si perdías, por ejemplo, tu billetera, ésta era entregada intacta en tu embajada por la persona que la encontraba. ¿Creen que ahora eso es posible? Y, si lo fuera, ¿creen que la recibirían intacta?

Antes de que Moscú se llenara de mercadeo informal, había un orden y limpieza que, aunque quizás no sorprendiera a un europeo, a los ciudadanos de otros países, que en su mayoría eran del Tercer Mundo, sí.

Para las generaciones formadas en la escuela soviética, era inaceptable ver cómo los extranjeros que llegaban a estudiar comían bocadillos por las calles, silbaban, piropeaban a las mujeres escandalosamente, se reían a carcajadas en el metro como si alrededor de ellos no hubiera nadie más; tomaban cervezas y fumaban en el suburbano, en evidente violación de las reglas internas del país.

El tema del sexo fue uno de los que dejó perplejo a la sociedad soviética en esos tiempos. Un extranjero llegaba a este país, conocía a alguna mujer, la hacía su novia y convivía con ella en su propia casa, a veces sin el consentimiento de los padres.

Otros llegaban con muchos dólares y se daban la gran vida, mostrándose arrogantes, poderosos, despertando entre la población odio, recelo, envidia etc., puesto que aprovechaban su estatus económico para conquistar a las mujeres del país, embarazándolas y abandonándolas después a su propia suerte.

Algunos se casaron para obtener la residencia permanente. En muchos casos estafaban a los locales, privándolos, tal vez, de lo único que tenían en esos momentos de crisis: sus hogares, sus ahorros, etc.

Algunos grupos de personas provenientes de otros países del espacio post-soviético, que no menciono para no caer en el pecado de la xenofobia, empezaron a repartirse importantes ciudades del país, como Moscú o San Petersburgo. Se creían los dueños, imponiendo sus propias costumbres, estilos de vida, lenguas... ¡en un país ajeno!

Estas son algunas de las razones que han producido cierta reacción de rechazo entre la población rusa hacia los extranjeros, que algunos de ellos, por su complejo de inferioridad, denominan racismo, como si éste no existiera en sus propios países provienen no existiera.

Dudo que alguien se muestre indiferente ante una situación totalmente opuesta a la que está acostumbrado a vivir; que en tiempos de crisis total como la que vivió este pueblo se encuentre en condiciones de analizar las cosas sin emociones, de ceder lo que consiguió con mucho trabajo, esfuerzo y sacrificio durante muchos años.

Si queremos que nos miren bien, que nos acepten como somos, tenemos primero que aprender a vivir según la cultura, costumbres, y mentalidad de la población del país anfitrión, y si no somos capaces de ello, es preferible ser honestos con nosotros mismos y volver a nuestros países de origen, o bien buscar otro donde encontremos un modo de vida acorde con el nuestro .

El autor es el periodista de la Agencia de Información Internacional “RIA Novosti”.