Del gesto adusto de Putin a la sonrisa de Medvédev

La publicación de un documento del Ministerio de Asuntos Exteriores en la edición de Russian Newsweek ha desatado acaloradas discusiones entre periodistas y analistas de la política exterior sobre los “planes secretos” del Kremlin y del mencionado ministerio para mejorar las relaciones con Occidente. En él se explica cómo explotar ciertos factores externos para ayudar a modernizar el país y fortalecer su posición en el escenario global.

El documento presupone que la crisis financiera mundial ha creado nuevas condiciones en las que los líderes tradicionales, es decir, Estados Unidos y la Unión Europea, pierden ventaja a favor de los nuevos centros de poder emergentes. Rusia debe aprovechar la coyuntura, reza el documento, a fin de crear “alianzas para la modernización,” fomentar su propio desarrollo y fortalecer su posición nacional e internacional.

Pero Occidente no es el único objetivo del que habla el documento. También se destaca la importancia de integrar las economías de las antiguas repúblicas soviéticas – pese a los intentos por parte de distintas fuerzas externas a la región de debilitar Rusia - y utilizar la crisis para ampliar su influencia económica en los estados bálticos, “dada la brusca caída de su atractivo inversor para los países de la UE y el descenso del valor de sus activos.” Además, el documento adopta una postura firme respecto al interés estratégico de Rusia en el Ártico y la intención de “limitar su acceso a los actores externos a la región, incluyendo la OTAN y la Unión Europea”.

Con todo, uno de los leitmotivs del texto es que Rusia debe aprovechar este momento de mayor debilidad y menor confianza de los países occidentales. Para lo cual, debería ayudar a la UE a resolver sus principales problemas internacionales a cambio de asegurarse la colaboración de la Unión en los intereses y las propuestas del Kremlin sobre un nuevo diseño europeo para la seguridad. El principal mensaje para Europa es que Rusia quiere afianzar sus relaciones políticas y comerciales con la UE, pero de igual a igual.

En cuanto a los países que Rusia considera prioritarios no ha habido sorpresas. El país apuesta por Alemania, Francia, Italia y España, mientras que las relaciones con Inglaterra continúan frías. En la versión final del texto habrá una lista ampliada de países e “intereses nacionales” prioritarios, una vez que los grupos de presión se hayan pronunciado al respecto.

También hay una serie de referencias interesantes a China que sugieren que Rusia “debe prestar especial atención al creciente protagonismo de China en los asuntos internacionales, incluyendo la repercusión que tienen las actividades de Pekín en nuestros intereses nacionales e internacionales.” Probablemente, esto sea todo lo que Rusia esté dispuesta a decir públicamente respecto a su preocupación por el papel predominante que está adquiriendo China. Esta sección del documento también menciona la importante influencia que ejerce Rusia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde “en las condiciones actuales, China necesita nuestro apoyo con mayor frecuencia que nosotros el suyo”.

Además, Moscú espera recibir ventajas económicas concretas a cambio de brindar apoyo a Irán, Siria y Cuba, países que, todos ellos, afrontan distintas presiones y sanciones internacionales. Por otra parte, parece que el Kremlin quiere esquivar la mala experiencia que tuvo con Libia. Cuando Trípoli renunció voluntariamente a su programa de armamento nuclear, inició la cooperación con Occidente en la toma de medidas contra el terrorismo internacional y dejó de figurar en la lista de los estados parias, olvidándose al instante del apoyo que recibió de Rusia durante todos los años que figuró en dicha lista.

Pese a que el Ministerio de Asuntos Exteriores mostró una postura firme respeto a los intereses rusos en el Ártico y las antiguas repúblicas soviéticas, dos áreas en las que los países occidentales ejercen mayor presión sobre el Kremlin, es evidente que una de las prioridades del documento es fortalecer los intereses comerciales con Occidente. Pero esto no es nada nuevo. Durante la mayor parte de su presidencia, Vladimir Putin intentó establecer relaciones comerciales con distintos socios occidentales en base a una serie de beneficios mutuos, desde la ya olvidada idea del “endeudamiento para la inversión” del año 2000, hasta el deseo de construir relaciones de “intercambio de activos” energéticos en 2005. Todas las propuestas de Rusia pasaban por un mayor acercamiento a Occidente.

Sin embargo, todos estos planes fracasaron. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea concentraban sus esfuerzos en una expansión económica, política e ideológica, rechazando a Rusia una vez tras otra. El espíritu competitivo, la envidia y la retórica incendiaria eclipsaron la estrategia pragmática y racional. Europa y Estados Unidos habían planeado basar sus relaciones con Rusia en la idea de los valores comunes, pero Moscú rechazó de plano esa estrategia. Además, ni el estilo de Putin ni su peculiar sentido del humor tenían buena acogida en Occidente. Lo único que logró Putin, para quien la hipocresía política internacional es un defecto desdeñable y la franqueza pública una virtud, fue establecer un lenguaje común con algunos políticos occidentales que compartían sus ideas, pero no fue suficiente para afianzar los vínculos con Occidente.

En la actualidad, las relaciones están más equilibradas. Los dos bandos han sabido reconocer los límites de su propia capacidad. Occidente no dispone de recursos suficientes para dominar las antiguas repúblicas soviéticas y Europa tiene bastante con atender sus propios problemas. Rusia ha reconocido la vulnerabilidad de su economía y ha establecido prioridades realistas, lo que significa que el Kremlin podría abandonar la obstinada postura de antaño y adoptar una actitud más flexible y conciliadora.

El presidente Dimitri Medvédev hizo unas declaraciones revolucionarias durante el transcurso de una entrevista con un periodista danés a finales de abril. Cuando el periodista le preguntó qué cara debía presentar Rusia al mundo exterior, Medvédev sonrió y dijo: “La cara que tengo ahora mismo, una cara sonriente. Si Rusia presenta una sonrisa a los demás países, será lo más adecuado.” Pero eso no fue todo. El presidente ruso añadió: “Rusia no debe enseñar los dientes a nadie, ni enfadarse, enfurruñarse u ofenderse.” Ningún líder ruso había hecho semejante autocrítica en público.

Es cierto que las relaciones entre Rusia y Occidente están cambiando, pero el cambio no se debe a ninguna estrategia específica de Moscú. Los objetivos que establece el documento del Ministerio de Asuntos Exteriores son los mismos que antes, aunque mejor definidos. Pero las tácticas son más flexibles. En particular, Rusia está hoy dispuesta a ofrecer “recompensas” a cambio de unas relaciones constructivas con Occidente y no sólo sus “represalias”, utilizadas con exceso,. Un ejemplo de esta tendencia son las nuevas estrategias de acercamiento a Estados Unidos, Polonia y Ucrania.

Si la política de Putin se definió en gran medida por el lema “quien nos ofenda no durará ni tres días,” según su declaración del año 2000, Medvédev ha formulado, diez años después, una versión bastante más positiva: “Sonreímos a quien nos sonría.” Este último intento de pragmatismo tal vez sea más productivo, siempre y cuando no interfieran factores externos o internos imprevistos.

Fyódor Lukyánov es editor de la revista Rusia en Asuntos Internacionales.