Enredo en oriente medio

El asalto de comandos israelíes a la flota que transportaba ayuda humanitaria hacia Gaza provocó una crisis internacional cuya envergadura, sin embargo, no vale la pena sobreestimar. Es evidente que las motivaciones de los organizadores de la “Flotilla de la libertad” no eran únicamente solidarias: la violación del bloqueo marítimo es un acto político. Sin embargo, si se analiza la cuestión desde una perspectiva amplia, más allá de establecer culpabilidades, el que más pierde es, seguramente, Israel.

El estado hebreo se vio muy beneficiado por el fin de la Guerra Fría. Su capital humano se fortaleció con la aliá (ola migratoria) desde la Unión Soviética, y el mundo árabe perdió a su protector político y militar. Estados Unidos, eterno patrón de Israel, se convirtió en la fuerza dominante, fortaleciendo su posición en todo el mundo, incluido Oriente Medio. La primera Guerra del Golfo prometía una época más segura para Israel. Pero los cambios incorporaron nuevas amenazas en Oriente Medio.

En primer lugar, la desaparición de la URSS no liquidó la amenaza del radicalismo, sino que lo convirtió en algo más difícil de controlar. Los extremistas reemplazaron rápidamente las insuficiencias en el mundo árabe. Y no quedó ni rastro de la contenedora influencia que ejercía la Unión Soviética.
En segundo lugar, con la desaparición de la división bipolar del mundo, ante los Estados Unidos se abrieron nuevas posibilidades. Y aunque Israel siguió siendo un aliado clave, ya no era tan irremplazable como hasta la caída del Telón de Acero.

En tercer lugar, el impulso hacia la democratización también se expresó en el incremento de la presión sobre Israel con el fin de obtener un acuerdo para la creación del estado palestino.
El proceso de paz de la década de los 90 del siglo pasado no sólo fue un fracaso, sino que también desequilibró por completo la situación. La culminación del enredo llegó de la mano de George W. Bush, cuya administración, considerada proisraelí sin ambajes, acabó con el enémigo número uno de Israel, Sadam Hussein, pero también agravó la situación en Oriente Medio. Las “elecciones libres” impuestas a los palestinos legitimaron a Hamás y sumieron el conflicto en un atolladero.

La idea de un proceso de paz quedó desacreditada, también ante la sociedad israelí, lo que se refleja en el recrudecimiento de la línea política actual del país. En el Viejo Mundo, donde la izquierda liberal es fuerte, se ha debilitado el tabú que impedía oponerse a la política israelí, vinculado con el sentimiento de culpa por el genocidio judío en la segunda Guerra Mundial.

Entre tanto, en EE UU crece el descontento por la situación en Oriente Medio, donde la potencia es rehén del respaldo al estado de Israel. La administración de Barack Obama sabe que el conflicto palestino-israelí ensombrece las relaciones de Washington no sólo con los árabes, sino con los musulmanes en general.

Estos cambios vienen a sumarse a las carencias del propio estado hebreo que, en primer lugar, no cuenta con una lógica integral de conducta y, además, ve cómo sus acciones de fuerza son cada vez menos eficientes.

La razón de la primera carencia es la presión exterior. Desde que Israel aceptó, a principios de los 90, iniciar el proceso de paz, se vio envuelto en una serie de condicionantes interminables. Era imposible separar al interlocutor político de los terroristas: el mismo Arafat jugaba todas las cartas. La ruptura entre Al Fatah y Hamás pareció abrir la posibilidad de jugar a “buenos” y “malos”, pero el triunfo de Hamás en las elecciones volvió a complicar las cosas. Israel no puede negociar una solución política consistente ni tampoco combatir a pleno pulmón. En la parte palestina, falta una dirección única para negociar.

La pérdida de eficiencia de las acciones bélicas está relacionada con esta primera carencia. Israel ya no está capacitado para resolver los conflictos con la fuerza, algo que se hizo evidente en la guerra contra la milicia chií Hezbolá, en el verano de 2006. Tampoco la operación en Gaza, a finales de 2008 y principios de 2009, acabó con Hamás. Israel lo justifica por la reacción de repulsa internacional que le obligó a interrumpir las acciones militares. Sin embargo, si comparamos esta operación con las guerras de los 60 y 70, contó con mucho más tiempo y los resultados fueron muy inferiores.

Por último, el asalto a la flotilla ha generado dudas sobre el profesionalismo de la inteligencia israelí y de sus comandos, que convirtieron la operación en una catástrofe para la imagen del país.



El escenario futuro se entrevé sombrío. Israel, al perder respaldo internacional, adoptará una posición de fuerza más radical y buscará apoyos entre los más conservadores de EE UU. El mundo árabe, por su parte, incrementará la presión. Para Ankara, que ha jugado un papel clave en el reciente incidente, ya no son prioritarias sus relaciones con Israel. Los militares turcos, principal motor de estas relaciones, ceden ahora ante los cambios internos, lo que aprieta aún más la situación. Y todo ello si no explosiona algún otro gran conflicto, como el de Irán. Podría incluso ocurrir que Israel lo potenciase, calculando que EE UU sólo puede apoyarle. Aunque los líderes mundiales deban lidiar con las consecuencias.

Jefe de redacción de la revista Russia in Global Affairs

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