El destrozo de la heroína

Productores en el valle de Kandahar. Afganistán esla principal fuente de heroína y otros narcóticos en Rusia.

Productores en el valle de Kandahar. Afganistán esla principal fuente de heroína y otros narcóticos en Rusia.

Las fuerzas internacionales no actúan sobre los campos de amapola mientras 30.000 personas mueren al año en Rusia a causa de la droga.

Sveta Makhnenko tiene vagos recuerdos de haber estado caída en el suelo: la nariz rota, las extremidades adormecidas y un dolor intolerable y punzante en cada músculo de su cuerpo extenuado. Poco a poco fue recuperando la conciencia, como si alguien encendiera la luz. Una enfermera dijo: “Ésta no llega a la mañana”.

“Había tocado el fondo”, explica Makhnenko. “No quedaba espacio para seguir cayendo”. Hace diez años, cuando era profesora de historia en la escuela Nizhny Novgorod, Makhnenko era conocida “por su aguda inteligencia y su buen gusto”. En una década, quedó reducida a una adicta consumida: “Perdí los dientes, perdí a mis amigos. Vendí mi piso”, cuenta.

Con 42 años, ha sobrevivido y es una paciente recuperada del centro de rehabilitación Exit de Nizhny Novgorod. Otras 30.000 personas en Rusia no han tenido tanta suerte y murieron el año pasado de sobredosis de heroína. Las autoridades rusas vinculan otras 100.000 muertes a problemas relacionados con la droga.

Hace veinte años, la heroína era un hábito exótico que los rusos conocían sólo como una plaga que arrasaba en los países occidentales. En ciudades como Nizhny Novgorod, lo que mataba era el vodka y el alcoholismo a gran escala. En la actualidad, las escaleras en el polígono industrial de GAZ, cada vez más vacío, están cubiertas de jeringas. Los pasajeros no pueden esperar un tren sin que alguien les ofrezca inyectarse heroína por dos dólares y medio. La heroína es hoy más barata que una botella de vodka.

La dosis que casi mata a Makhnenko fue de un gramo. Cada año, 70 toneladas de heroína entran en Rusia desde los campos de amapolas de Afganistán. Las bolsitas de plástico con polvo blanco viajan por Asia Central. Algunos contrabandistas las introducen en cebollinas o repollos tiernos y dejan que el vegetal crezca a su alrededor. Otros simplemente las transportan entre su ropa y en bolsos. “El tráfico de drogas afgano es como la ola de un tsunami rompiendo en Rusia. Nos está sumergiendo”, ha declarado Victor Ivanov, director del Servicio Federal para Control de Narcóticos en Rusia. “Para que Rusia deje de ser el mayor consumidor mundial de heroína afgana, tenemos que combatir el problema desde sus raíces” en Afganistán, continuó.

Pero Estados Unidos no está por la labor. Considera que la erradicación inminente de la amapola sería perjudicial para la operación militar en Afganistán: enfadaría a los campesinos que la producen, lo que podría acercarles a los talibanes. Pero es Rusia, y no Estados Unidos, el país más directamente afectado por esa estrategia política.

Según las cifras que maneja Ivanov, al menos 120.000 consumidores y traficantes de droga fueron condenados a prisión el año pasado, llenando las cárceles ya atestadas de Rusia: “Batimos el récord Guinness; hasta en China encarcelaron a menos delincuentes relacionados con la droga (60.000). Es inútil combatir el problema sólo en nuestro territorio”.


Drogadictos fumando hachís en un edificio abandonado en Kandahar. Muchas de estas drogas entran en Rusia por la frontera sur del país.


Kabul

A comienzos de marzo, Ivanov viajó a Kabul con un grupo de periodistas. Fue con una misión: declarar que Rusia vuelve a Afganistán para luchar, esta vez contra las drogas.
El nuevo rol de Rusia en Afganistán quedó más claro el verano pasado, cuando el presidente estadounidense Barack Obama y el ruso Dmitri Medvédev crearon un equipo para cooperar en una serie de temas, entre ellos la campaña contra las drogas.

Ivanov, el zar antidroga, se reunió con homólogo estadounidense, Gil Kerlikowske, director de la Oficina para el Control de las Drogas. Juntos acordaron que Rusia podría usar su experiencia y su conocimiento del país para ayudar a encontrar traficantes y jefes militares que cultiven amapolas.

Es algo sabido que la producción de opio está financiando la insurrección islámica no sólo en países de Asia Central y el Cáucaso Norte, sino también en Afganistán. Sin embargo, el camino entre la determinación y la acción está repleto de intereses en conflicto.

Rusia, según Ivanov, vuelve a Afganistán para reconstruir alrededor de 140 infraestructuras, como la central eléctrica de Naglu, el túnel Salang, y diversas fábricas y autopistas. El embajador ruso en Kabul, Andrei Avetisyan, confirmó la intención de Rusia de demoler la Casa de la Ciencia y la Cultura, arruinada por metralla de los talibanes y que actualmente es un refugio de heroinómanos sin techo, para construir ahí un hospital quirúrgico para niños.

No obstante, el principal motivo que tiene Rusia para volver a Afganistán es combatir el tráfico de drogas: “Deberíamos actuar desde el comienzo del suministro […]. En este sentido, la información que vamos a proporcionar es muy valiosa”, declaró el zar antidrogas ruso en la reunión del Consejo Internacional Antidroga en Kabul. Ivanov también Sugirió que la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad) utilice sustancias químicas para eliminar las plantaciones de amapola en Afganistán por lo menos en un 20%, y no en menos de un 4%, para golpear directamente a los traficantes.

La reacción de la comunidad internacional fue tibia. Los representantes de los países en las Naciones Unidas y la OTAN declararon que respetan al gobierno electo de Afganistán y que son los líderes afganos quienes tienen que decidir dejar sin trabajo a los productores de opio. Según los representantes de ambos organismos, no sería ni productivo ni razonable destruir los campos de amapolas.

En el avión de regreso a Moscú, Ivanov parecía frustrado. “Oigo una y otra vez los mismos clichés. En los ocho años que lleva la OTAN en Afganistán, el volumen de producción de droga se ha multiplicado por 40. El objetivo declarado de la presencia de la OTAN en Afganistán, la estabilidad, no está más cerca. Al contrario, se está alejando”. Según el alto cargo, el apoyo al programa antidroga ruso varía según los países . “En Italia, Francia y Alemania oímos voces que también están alarmadas y admiten que el problema está creciendo. Ellos sí tratan el tráfico de drogas como un problema serio”, concluyó.

De los campos a las venas

Mientras tanto, miles de heroinómanos sufren en Nizhny Novgorod. Los métodos de tratamiento rusos son controvertidos según los criterios occidentales. En Rusia no se utiliza metadona y en los centros más viejos a veces se encadena a los pacientes a una cama en los primeros días de abstinencia.

El Centro de rehabilitación Exit de Nizhny es un modelo. Los pacientes reciben tratamiento en ocho clínicas residenciales en los límites de la región de Nizhny Novgorod, rodeados por idílicos campos de cebada y bosques de abedul de la campiña. Después de pasar el dolor de los peores días, los pacientes de Exit se ayudan unos a otros para aprender a vivir y recuperarse de su dependencia psicológica. Cortan leña, se preparan sus propias comidas y rezan juntos con Denis Zorin, sacerdote y ex adicto. “La heroína es el mal del mundo”, dice Zorin. “Es comparable a un arma química, capaz de destruir a nuestra sociedad silenciosamente, sin hacer mucho ruido”.

Las flores del mal, en Afganistán