La Unión Europea y Rusia: ¿qué viene ahora?

Caricatura de Dmitri Divin

Caricatura de Dmitri Divin

Luego de la trágica muerte del presidente polaco Lech Kaczynski, el 10 de abril, y las circunstancias que rodearon al 70° aniversario de la masacre de miles de oficiales polacos en Katyn, nos vemos obligados a analizar una vez más el papel que juega la historia en la política.

La reacción de Rusia al accidente del avión presidencial polaco demostró que las simples relaciones humanas son capaces de suavizar hasta las tensiones históricas más espinosas. Desde ya que se necesita también la voluntad política. De hecho, el gradual mejoramiento de las relaciones entre Rusia y Polonia no comenzó en las últimas semanas sino poco después de que Donald Tusk se convirtió en primer ministro de Polonia en 2007. En líneas generales, la política exterior de Rusia es reactiva por naturaleza y responde tanto a estímulos positivos como negativos. La voluntad de Tusk de ser flexible con Rusia -en contraste con su predecesor, Jaroslaw Kaczynski, que no hizo esfuerzos especiales para establecer un diálogo- obtuvo la respuesta correspondiente de parte de Moscú. El resultado fue que se resolvió en 2008 el problema de la carne polaca y ambos países comenzaron un diálogo constructivo sobre distintos temas, incluído Katyn.

Desde ya que los factores internos de Rusia también jugaron un papel. Dos meses atrás, escribí en esta columna que la época en que las autoridades rusas podían usar el pasado soviético del país como herramienta política está llegando a su fin. Los acontecimientos de esta primavera lo confirman y la razón es simple: quedó claro que los intentos para aglutinar a la gente en torno al legado del ex líder soviético Iósif Stalin no sólo fracasaron sino que provocaron una vana e infructuosa polémica. Algunos miembros de la elite gobernante, como el intendente Yury Luzhkov, siguen usando el tema stalinista para avanzar sus intereses personales, pero la mayoría de las autoridades reconocen que jugar “la carta Stalin” agotó su potencial y hasta se convirtió en algo políticamente riesgoso.

Un ejemplo de este conflicto tan inútil y pretencioso puede encontrarse en las objeciones que plantearon grupos nacionalistas de izquierda por la decisión del Kremlin de invitar al desfile del Día de la Victoria del 9 de mayo a representantes de los países Aliados. La histeria por este deseo de dotar a la ocasión de una importancia internacional demuestra únicamente que con la sociedad rusa confundida e insegura de sí misma, hay más para perder que para ganar al usar la Segunda Guerra Mundial para sumar puntos políticos.

El hecho de adoptar un enfoque pragmático puede reducir la intensidad de los desacuerdos internos e internacionales, pero no va a eliminarlos. Esto se debe a que Rusia ve a la Segunda Guerra Mundial de forma muy distinta a cómo lo hace el resto de Europa.

Rusia se centra en la guerra en sí y en su victoria sobre el enemigo fascista que amenazó la propia existencia del país. Toda discusión sobre el precio pagado por esa victoria o sobre los motivos secundarios que las autoridades soviéticas habrían tenido es considerada una blasfemia. Lo que es más: la victoria sobre Adolfo Hitler se destaca como la fuente de orgullo patriótico más importante en la historia de Rusia del siglo XX. Esto explica el fervor por los intentos de reescribir el papel de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Los intentos para rebajar el papel de Rusia en la victoria son vistos como intentos para minar la propia fundación del estado.

Para la Europa actual, la guerra en sí tiene menos importancia de lo que la siguió. En el período de post guerra, Europa se las arregló para vencer finalmente las desastrosas políticas que llevaron a su colapso durante la primera mitad del siglo XX. Hay dos acontecimientos que fueron de suma importancia. El programa para la integración europea, iniciado en los años 50, marcó el fin de la confrontación franco alemana que había generado ambas guerras mundiales. También, la caída de la Cortina de Hierro y el colapso del imperio comunista permitió a Occidente lavarse las manos del “pecado” de haber llegado a acuerdos con Stalin en Yalta y Potsdam.

En otras palabras, mientras que Rusia se enorgullece de haber frenado una amenaza existencial y ve a ese logro como un momento de triunfo geopolítico, Europa siente vergüenza por haber desatado una guerra tan monstruosa y haber aceptado sucias soluciones de compromiso luego de ello, en primer lugar. Estas son dos visiones muy divergentes del mismo hecho histórico. La historia es importante para cada país y sirve como fuente de inspiración política, en especial, cuando el futuro parece cada vez más incierto y confuso.

Como Rusia y el resto de Europa no tienen todavía una idea clara sobre qué lugar ocuparán en el siglo XXI, se aferran al pasado de forma desesperada. En un sentido, todo está claro en lo que respecta a la posición de Rusia: el país sufrió un trauma tremendo en 1991 cuando la Unión Soviética colapsó, y todavía trata de definir su identidad geopolítica. Parecería ser que la Unión Europea no tiene este tipo de problemas. A pesar de que la integración de sus estados miembro resultó exitosa en líneas generales, está cada vez más claro que Europa está perdiendo su importancia global y se está convirtiendo en un protagonista secundario, enredado en sus propios problemas internos.

Cuando los europeos dicen que su modelo administrativo está en crisis, se refieren de forma implícita a crisis pasadas como la “Euroesclerosis” de los años 60 y 70, que finalmente superaron. En general, el carácter político de la UE está basado en un sentimiento de progreso fenomenal, que Europa Occidental logró en la segunda mitad del siglo XX. En la historia hubo muy pocos ejemplos en donde los enemigos eternos se hayan reconciliado y en donde la conveniencia económica haya sido ubicada por encima de las ambiciones nacionales provincianas.

Al mismo tiempo, los éxitos de Europa ocultan el hecho de que estos resultados previos se lograron bajo condiciones únicas -una amenaza común, el patrocinio de EEUU y un grado de homogeneidad entre los estados miembro-. Pero como la arquitectura global cambió tanto, no está claro si Europa podrá repetir sus éxitos en el futuro.

En este sentido, Rusia y Europa se encuentran en una situación retrógrada similar. Pero teniendo en cuenta sus visiones tan distintas sobre el pasado, esta similitud los separaría más de lo que los uniría.

Las simples relaciones humanas son capaces de suavizar hasta las tensiones históricas más espinosas.