El baile de Rusia con la OTAN

La primera vez que se consideró seriamente la incorporación de Rusia a la alianza fue a comienzos de los años ‘90, cuando el ex presidente Boris Yeltsin ejercía presión con miras a una integración en las instituciones occidentales más destacadas. A comienzos de la década de 2000, el ex presidente Vladimir Putin contribuyó a impulsar una mayor cooperación con las estructuras de seguridad occidentales bajo el emblema de la lucha conjunta contra el terrorismo.
Pero desde entonces es mucho lo que cambió. El impulso de Rusia hacia la integración occidental ha sido reemplazado por un deseo más intenso de recuperar su influencia global, campo en el que el Kremlin espera confrontar algún día con la OTAN. Vemos cada vez más cismas entre los miembros de la OTAN a medida que su número aumenta. Si Rusia se convirtiera en miembro pleno, la OTAN pasaría con seguridad a ser una organización completamente disfuncional, luego de lo cual Washington perdería todo interés en ella.

El ingreso de Rusia en la OTAN sería aceptado con mucha frialdad por China, que probablemente lo vería como la última etapa del encierro geopolítico que le generan los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Esto aumentaría las tensiones en las relaciones ruso-chinas y haría perder a Rusia uno de los mayores logros en la política exterior post-soviética: la consolidación de relaciones estables y amistosas entre Moscú y Beijing. Además, a pocos miembros de la OTAN les gustaría quedar entrampados defendiendo a su nuevo integrante sobre los 4.300 kilómetros de frontera ruso-china.

Sería muy poco realista tratar de resolver el problema de la seguridad europea de una sola vez dejando ingresar a Rusia y, es de suponer, a Ucrania, Georgia, Belarús, Kazajstan y otros Estados de la ex Unión Soviética en la OTAN. (Esa “otra OTAN” existe desde hace mucho –la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa— y no tiene sentido duplicarla.)

En vistas que el ingreso de Rusia en la OTAN evidentemente no es un tema para el futuro cercano, ¿qué se puede hacer para, simplemente, mejorar las relaciones OTAN-Rusia? El primer paso sería admitir que las excesivas sospechas crónicas que alberga Moscú hacia la OTAN y Estados Unidos no fortalecen la seguridad europea. Moscú tiene la idea fija de que Occidente está resuelto a debilitar a Rusia por todos los medios posibles, con el objetivo último de desmembrar al país y descomponerlo en satélites serviles. Según este pensamiento, la expansión de la OTAN, el apoyo occidental a las “revoluciones de colores” ocurridas en el espacio post-soviético y los planes estadounidenses para “encerrar” a Rusia con su escudo global antimisiles son todos elementos de un insidioso complot occidental para poner a Rusia de rodillas.

Hay un segundo concepto erróneo y es que es Rusia y no Occidente la que tiene el papel del malo. Esta noción sostiene que el Kremlin sueña en restablecer su imperio perdido anexando o sometiendo a las ex repúblicas soviéticas –e inclusive a los ex países del Pacto de Varsovia— y una vez más enviar a los disidentes a gulags siberianos. Esta rusofobia se vio, por ejemplo, en la forma suspicaz en que Occidente analizó la guerra entre Rusia y Georgia en 2008, las críticas acumuladas en contra del presidente Dmitri Medviédiev por su doctrina de “intereses privilegiados” con las ex repúblicas soviéticas y el interés del Kremlin por comprar un buque de guerra a Francia.

Estas exageradas visiones anti-occidentales o anti-rusas no reflejan de ninguna manera la realidad post-Guerra Fría. No obstante, ambas ideas erróneas están profundamente instaladas en la psicología de ciertas facciones de la elite gobernante a ambos lados del cerco. Sólo el tiempo y un trabajo concienzudo pueden eliminar gradualmente estas percepciones tan hondamente arraigadas. Estados Unidos debe dar el primer paso para mejorar las relaciones, sobre todo por haber perdido tantas oportunidades en las administraciones de los ex presidentes George W. Bush y Bill Clinton. Han sido más diligentes llevando adelante una estrategia de transformar a la superpotencia derrotada en un socio independiente y respetado de Estados Unidos.

A la inversa, Rusia debería adoptar medidas prácticas para disipar los temores de sus vecinos en Europa Central y del Este. El Kremlin ya se ha dado cuenta de que sin buenas relaciones con Polonia no tendrá relaciones normales con la Unión Europea ni con Occidente. Putin hizo mucho por mejorar las relaciones con Polonia en estas últimas semanas. A Rusia le conviene convertir a Varsovia en un auténtico socio económico y político al mismo nivel que las relaciones que mantiene con Berlín, París y otras capitales europeas. Es muy poco probable que Polonia sea un defensor categórico de Rusia dentro de la Unión Europea o de la OTAN de un momento para otro pero, si Varsovia adopta una política más favorable hacia Rusia, esto podría contribuir a mejorar las relaciones generales entre Rusia y Occidente. Además, el Kremlin debería establecer un tono nuevo y positivo hacia los Estados Bálticos. Moscú tiene que dejar de tratarlos como marginados. Rusia puede empezar abriendo sus archivos estatales y creando condiciones apropiadas para una seria discusión sobre temas relacionados con su historia común, aunque por momentos difícil y dolorosa.

Ni la ampliación de la OTAN ni el pacto de seguridad europea propuestos por Medvedev son capaces, por sí solos, de unir a Europa. Lo que se necesita es crear una zona de seguridad común que abarque a todos los Estados en los que se eliminaría la guerra y el uso de fuerzas armadas. Ya se logró dentro del marco de la OTAN y la UE. Existe de facto entre Rusia y la mayoría de los Estados europeos, Alemania incluida.

En la construcción de este marco de seguridad amplio hay una laguna: la relación estratégica de Rusia con Estados Unidos. Un buen lugar para empezar sería trabajar juntos para construir escudos antimisiles regionales. Los primeros pasos fueron dados en 2003 bajo los auspicios del Consejo OTAN-Rusia, cuando se llevaron a cabo ejercicios conjuntos asistidos por computadora para desarrollar la interacción operativa en un futuro sistema antimisiles funcionando en un teatro común. Ha habido muchos intentos de acercamiento verbales de ambas partes para continuar este trabajo, pero deben transformarse en proyectos concretos.

Resolver el “tema Rusia” no allanará por sí solo el camino a la seguridad europea. Hay conflictos no resueltos en el Cáucaso, en Kosovo y en Chipre. Las partes inmediatamente involucradas en esos conflictos deben encontrar la forma de llegar a una reconciliación. Ésta podría producirse pronto si existiera un nivel adecuado de entendimiento y cooperación entre Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia. La creación de un territorio común para un acuerdo de seguridad de gran alcance es el proyecto colectivo más importante del siglo XXI – una proeza que, de realizarse, sería comparable en significación con la creación de la OTAN.


Originalmente publicado en The Moscow Times