Aires de cambio en las relaciones ruso-georgianas

Parece que al fin sopla una ligera brisa de cambio en las relaciones ruso-georgianas. Tras un paréntesis de tres años y medio, el pasado 1 de marzo se reabrió el paso fronterizo que une los puestos de control de Kazbegi, en Georgia, y Verjny Lars, en Rusia. El paso se encuentra a sólo 38 kilómetros de Vladikavkaz, la capital de Osetia del Norte, en la ruta militar Georgiana. Esta ruta constituye la arteria estratégica de comunicación más importante de la cordillera del Gran Cáucaso. Atraviesa el valle del Terek, cruza el desfiladero de Darial, el puerto de la Cruz, el valle del río Aragvi y termina en la capital de Georgia, Tbilisi.
Ninó Burjanadze, que lidera el partido Movimiento Democrático para una Georgia Unida, ha sido la última líder de la oposición georgiana que ha visitado Moscú. En octubre de 2009, Zurab Nogaideli, ex primer ministro y actual líder del Movimiento por una Georgia Justa, también visitó la capital rusa y el pasado 9 de febrero firmó un acuerdo de cooperación con el partido gobernante en Rusia, Rusia Unida, un paso sin precedentes por parte de un político georgiano. El año pasado, el líder de la Oposición Unida de Georgia, Levan Gachechiladz, candidato presidencial en 2008, anunció que estaba dispuesto a reunirse con el primer ministro, Vladimir Putin, y con el presidente, Dmitiri Medvédev, por el bien de su país. Sin embargo, la visita de Burjanadze a Moscú, más allá de sus reuniones con altos cargos del Gobierno, fue un acontecimiento extraordinario tanto para Georgia como para Rusia. A diferencia de Nogaideli, que pasó a ser una figura política pública sólo cuando dejó el cargo de primer ministro, Burjanadze lleva muchos años presentando una tenaz oposición a la política exterior rusa. Junto a Mijaíl Saakashvili y Zurab Zhvania, es un símbolo viviente de la Revolución de las Rosas y fue aliada del actual presidente de Georgia hasta las elecciones parlamentarias de 2008. En este contexto, no conviene subestimar su declaración sobre que Georgia debe cooperar con Rusia por su propio bien.

La importancia de la segunda visita de Nogaideli a Moscú tampoco es desdeñable. En esta ocasión, el ex primer ministro no llegó a Moscú con declaraciones abstractas y promesas de amistad, sino con la intención de discutir la posibilidad de abrir una ruta aérea directa y levantar el embargo a los productos georgianos. Cabe destacar que hasta Georgy Baramidze, ministro para la Integración Europea y Euroatlántica, se mostró optimista respecto al regreso de los productos georgianos al mercado ruso.

¿Son acaso “señales” de que las relaciones ruso-georgianas están empezando a resurgir desde el punto muerto en el que se encuentran actualmente? Para responder a la pregunta, primero hay que tener una idea clara de las medidas que podrían tomarse para mejorar las relaciones. Es probable que ni la reapertura del puesto de control de la ruta militar Georgiana ni las visitas de los líderes de la oposición a Moscú sirvan para potenciar las buenas relaciones entre los dos países, como insinuaron claramente los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores georgiano en sus declaraciones sobre la reapertura del puesto fronterizo.

Moscú y Tbilisi siguen teniendo una visión diametralmente opuesta respecto a la situación de las repúblicas separatistas de Abjasia y Osetia del Sur. Según la legislación georgiana, estos territorios están “ocupados” y la única posibilidad de restablecer las relaciones diplomáticas con Rusia es la “desocupación” (un término recientemente acuñado por los diplomáticos y los políticos georgianos). Moscú reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur el 26 de agosto de 2008. Anular ahora ese reconocimiento legal sería inaceptable. Moscú tiene relaciones diplomáticas con estas dos antiguas autonomías de Georgia, ha abierto sendas embajadas y comenzado a discutir la posible instalación de bases militares. Moscú firmó un acuerdo con Abjasia en febrero y está preparando un acuerdo similar con Osetia del Sur. Moscú y Tbilisi viven realidades diferentes con dimensiones políticas diferentes. Aquí no hay puntos medios, como tampoco los hay en las negociaciones de Ginebra sobre la estabilidad y la seguridad del sur del Cáucaso. Moscú exige la firma de un acuerdo jurídicamente vinculante que rechace el uso de la fuerza y Tbilisi sigue exigiendo la “desocupación”.

Sin embargo, reconocer la imposibilidad fundamental de llegar a un acuerdo sobre cuestiones políticas y jurídicas no significa, en modo alguno, que no pueda haber otros contactos de naturaleza humanitaria y socioeconómica. A fin de cuentas, ningún conflicto político-étnico está herméticamente sellado. La historia de tales conflictos ha demostrado que aun cuando los problemas políticos se prolongan en el tiempo sin hallar solución, los bandos contrarios buscan y establecen otro tipo de contactos de amplio espectro. Por ejemplo, con la ayuda de Atenas, la Nicosia oficial ha obstaculizado siempre el reconocimiento de la República Turca del Norte de Chipre. Sin embargo, el hecho de que estas dos comunidades hayan establecido contactos en un Chipre dividido influye en la normalización general de las relaciones interestatales de Grecia y Turquía y fomenta la apertura turca en el norte de la isla. En la actualidad, los turistas pueden visitar la región accediendo a ella desde la parte griega reconocida. El problema del estatus político del Transdniéster, territorio secesionista de Moldavia, lleva sin resolverse desde el año 1991, lo que genera tensiones, a veces críticas, entre Kishinev y Tiraspol. Pero esto no impide que hayan establecido contactos económicos, incluyendo rutas de transporte entre poblaciones separadas por el río Dniéster. Las relaciones entre Armenia y Turquía también son complicadas y contradictorias. La frontera terrestre entre ambas naciones permanece cerrada en la actualidad, sin embargo hay un vuelo directo de Estambul a Yereván y, en verano, de Yereván a Antalya. Además, el volumen de comercio se estima en 200 millones de dólares.

A la luz de los acontecimientos de marzo, es probable que Rusia y Georgia decidan crear un nuevo menú de relaciones bilaterales. En este menú no habrá platos abjasios ni osetios. Es más, tal vez no los incluyan hasta que no haya cooperación económica, simplificación de la política de visados y lazos socioculturales. En este aspecto también ha habido un cambio de conducta importante por parte de Moscú. Hace algún tiempo, los funcionarios del Gobierno ruso intentaron cultivar una oposición georgiana dentro de Rusia apoyando a figuras como el ex ministro georgiano de Seguridad, Igor Giorgadze, o el empresario Alexander Ebralidze. Sin embargo, hoy en día se relacionan de buen grado con la oposición que actúa en territorio georgiano. Moscú está empezando a apreciar las ventajas de emplear instrumentos de “poder blando”. En lugar de hablar de una “Georgia perdida para siempre,” Rusia puede, y debe, mantener un diálogo con quienes estén dispuestos a hacerlo y esquivar cuestiones complejas de estatus político. Hay numerosos aspectos de índole humanitaria que no hace falta discutir con Saakashvili, cuya presencia no es grata en el Kremlin. La Iglesia Ortodoxa de Georgia está dispuesta a establecer este tipo de contactos, al igual que los medios y los representantes de iniciativas públicas y organizaciones sin ánimo de lucro.

Para resolver estas cuestiones no es necesario hallar primero una solución definitiva al problema de los refugiados y los emigrantes forzosos, y menos aún determinar su estatus político en el futuro inmediato. Todas las partes del conflicto podrían salir airosas y ganar puntos si trabajasen constructivamente. Además, los mecanismos humanitarios pueden conducir a la creación de un sentimiento de confianza mutuo sin el cual ningún negociador, por muy competente que sea, logra resultados positivos.


Serguei Markedónov es analista político y experto en las regiones del Cáucaso y Asia Central.