La cooperación antiterrorista es necesaria

Los brutales atentados ocurridos en París muestran que cualquier país puede sufrir un ataque terrorista.

El viernes 13 de noviembre se convertirá en el 11-S francés. Así lo han declarado ya los terroristas del Estado Islámico. La “Internacional Terrorista” ha demostrado su capacidad para cometer una serie de atentados terroristas al mismo tiempo en una gran ciudad y en lugares de gran concentración de gente: en la calle, en un estadio y en una sala de conciertos. A pesar de que en Francia está prohibida la libre posesión de armas, los terroristas tuvieron acceso no solamente a los explosivos habituales en este tipo de atentados, sino también a fusiles Kaláshnikov.

Todos aquellos que hace poco señalaban con el dedo a los servicios especiales egipcios, que o bien cometieron una negligencia, o bien permitieron la traición en sus propias filas dejando pasar una bomba a un avión ruso en Sharm el-Sheij, hoy deben reconocer que incluso un Estado democrático civilizado con unos servicios especiales altamente equipados y bien entrenados puede verse totalmente indefenso frente a este tipo de ataques a gran escala. Para poder prevenir al 100 % este tipo de sucesos debe cambiar la propia sociedad, el régimen, el sistema político. El estado militar debe convertirse en un modo de vida. Y tampoco esto garantizaría al 100 % la seguridad.

Ahora que todo el mundo se compadece de los franceses, debemos recodar los llamamientos repetidos una y otra vez para la lucha contra esta amenaza global que supone el terrorismo. ¿Cuántos de estos llamamientos se hicieron a partir del 11 de septiembre de 2011? ¿Pero dónde está el resultado? Sí, se desarticuló Al-Qaeda, se asesinó a su líder, pero esta organización ha revivido después de muerta y se ha encarnado en una nueva, con miembros mucho más fanáticos y feroces.

Oriente Medio se ha revuelto, y ya vemos un pseudoestado terrorista en el lugar donde, según los maravillosos planes de Occidente, la tiranía de los antiguos sátrapas como Sadam Husein o ahora Bashar al Asad debía ser remplazada por una democracia electoral. Lo único es que el electorado, las calles de estos países árabes, votan más bien favor del terror contra la civilización occidental, y desde estos mismos países occidentales miles de voluntarios viajan para incorporarse a las filas del Estado Islámico. Según ellos, para conseguir un nuevo orden mundial, siguiendo los planes de unos bárbaros y unos asesinos. Esta es la idea de “justicia” en el marco de la lucha contra la injusticia del capitalismo moderno y de los ideales que nunca llegaron a hacerse realidad: “libertad, igualdad y fraternidad”.

Últimamente ya se hacía evidente la posibilidad de un atentado a gran escala en Europa. Primero un avión ruso, tras cuya catástrofe muchos declararon que se trataba de la “venganza por la aventura de Putin en Siria”. Después, solo dos días después, un atentado doble en un barrio chiita de Beirut, en el que fallecieron decenas de personas.

En esa ocasión, los terroristas del mismo Estado Islámico, o de estructuras similares, se vengaban de que la agrupación chiita Hezbolá se encuentre luchando del lado de Asad en Siria. La comunidad mundial se estremeció, pero la resonancia, evidentemente, no tuvo nada que ver como con la que han tenido los acontecimientos en Francia. Claro, aquello sucedía “allí en Beirut”, en la periferia del “mundo civilizado”. Pero ahora vuelve a quedar claro que todos nosotros somos esa “periferia”, que todos vivimos en la línea del frente en la lucha contra el terrorismo.

Y si los fanáticos que han asesinado a esa gente en París gritaban “¡esto es por lo que hacéis en Siria!” (Francia se ha unido recientemente a la coalición antiterrorista que lleva a cabo ataques contra el Estado Islámico), esto no significa que países como Gran Bretaña, por ejemplo, que por ahora se ha abstenido de solidarizarse militarmente con Estados Unidos, estén libres de este tipo de atentados.

Evidentemente, la primera reacción de los europeos y franceses en particular será el cierre de fronteras y un aumento febril de todo tipo de medidas de seguridad. Muchos recordarán, naturalmente, las recientes admoniciones debido a la ola de refugiados procedentes de Oriente Próximo en Europa, alegando en múltiples ocasiones que entre ellos se ven muchos hombres jóvenes y fuertes.

Muchos temen que entre el millón de refugiados llegados a Europa podría haber unos 25.000 combatientes islamistas. Este tipo de amenaza fuer mencionada no hace mucho por el jefe de la Administración del Kremlin, Serguéi Ivanov, y por el presidente Putin desde su tribuna en la ONU, quien, haciendo referencia a los cientos de miles de refugiados que han abandonado Oriente Próximo, preguntaba a los líderes occidentales: “¿Entienden ustedes lo que han provocado?”

El 11-S se ha repetido. Y todos los miembros del mundo civilizado debemos comprender que lo hemos hecho todo mal durante los últimos 15 años en la llamada lucha contra el terrorismo, y no solo ello, sino que además debemos crear nuevas formas de cooperación en este ámbito. Entre otras, debemos promover la cooperación entre Rusia y occidente.

Dejar de lado toda discrepancia, tanto respecto a la cuestión siria como respecto a la ucraniana, ya que esta segunda ha venido condicionada por esa misma política de dobles raseros que ha obligado a muchos a olvidar que todos pertenecemos a una misma civilización judeocristiana que en la actualidad se encuentra ante la mayor amenaza de su historia reciente. Por ahora debemos reconocer que los fanáticos terroristas actúan de forma mucho más unida que todo el llamado mundo civilizado cuando se trata de organizar este tipo de ataques asesinos.

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