El mundo entra en un periodo de desconfianza

Alekséi Iorsh
Aunque hoy no se puede hablar de paréntesis veraniego, a medida que se acerca el mes de agosto la agenda política oficial se va despejando. ¿Qué asuntos deja aparcados por vacaciones la política internacional hasta otoño?

Los principales acontecimientos de la temporada pasada fueron el proceso de Minsk, el auge del Estado Islámico (ISIS), el agravamiento de la crisis de deuda griega y las prósperas negociaciones del programa nuclear iraní. Cada uno de estos eventos tiene sus antecedentes y su propia lógica, aunque en conjunto dan una imagen general de la política global. Ucrania, Grecia e Irán representan tres caras distintas de la diplomacia contemporánea.

El proceso de Minsk es un intento desesperado de detener el enorme derramamiento de sangre ocasionado por una situación en la que no se llega a comprender quiénes son las partes implicadas en el conflicto ni cuáles son sus objetivos. Los interlocutores centran sus esfuerzos en el desarrollo de fórmulas cargadas de ambigüedad, puesto que ninguna de las partes tiene intención de aceptar unos compromisos claros y concretos.

A nadie se le escapa que las negociaciones han adoptado un carácter sui géneris: ya no se discute sobre quién debe cumplir qué obligaciones, sino sobre qué quiere decir ‘cumplir’ en este contexto. Mientras tanto, todos repiten como un mantra que no hay ninguna alternativa a los acuerdos de Minsk, lo cual es cierto. El cese de la guerra a gran escala ya es un logro, pero el restablecimiento de una paz duradera parece imposible. Está claro que la situación es frágil y peligrosa, pero ilustra una de las verdades de nuestro tiempo: en un mundo que se encuentra en estado de transición, algunos problemas no tienen solución. Como mucho podemos intentar minimizarlos.

En este sentido, los acuerdos de Irán conforman el polo opuesto. El proceso de negociación se ha prolongado durante mucho más tiempo porque las partes —Teherán y Washington— querían revisar literalmente cada paso. De hecho, en este caso sí se buscó la máxima concreción para no dar pie a dobles interpretaciones. La razón es sencilla, ninguna de las partes confía en la otra, situación que no deja margen para pactos entre caballeros. Cada punto aquí ha de ser registrado en acta y se fijan con antelación mecanismos de control. Solo así queda alguna probabilidad de que se cumplan los compromisos; el acuerdo alcanzado permite confiar en que así será. El proceso de Ginebra y Viena (a diferencia del de Minsk) ha demostrado que si las partes saben lo que quieren y desean llegar a un acuerdo se pueden lograr muchas cosas. No cabe duda de que la voluntad política se ha visto complementada por la atmósfera extendida en Oriente Próximo, origen del desmoronamiento de la región, que obliga a superar las barreras previas y a buscar nuevas formas de supervivencia política.

Y llegamos al caso de Grecia. El ‘compromiso’ alcanzado ha dejado a todos un sabor amargo y la sensación de que no se ha solucionado nada (excepto doblegar a una de las partes). La necesidad de poner orden en la eurozona era evidente desde hacía tiempo, misión que requiere de liderazgo político si se tiene en cuenta que el consenso no llega por sí solo. Liderazgo que por supuesto había de asumir Alemania, el país más poderoso de la zona euro. Sin embargo, la manifestación de la voluntad del líder no solo ha provocado recelo en la región, sino que además ha despertado la duda de si el líder sabe realmente lo que hay que hacer. Sea como fuere, la crisis de la eurozona es una muestra del tercer tipo de negociaciones posible: la imposición de la voluntad del más fuerte, que algunos aceptan voluntariamente y de buena gana y otros lo hacen con miedo y desconfianza.

El cuarto acontecimiento más relevante de la temporada, el auge del Estado Islámico, nivela en cierto modo todo lo expuesto anteriormente, ya que muestra un elemento ante el que la diplomacia y la política resultan inútiles, independientemente de la forma en que se presente. El Estado Islámico supone una fractura sistémica de los modelos que guiaron la construcción de Oriente Próximo en el siglo ХХ.

El mundo lleva ya tiempo sufriendo profundos cambios, pero ahora se está extendiendo la incertidumbre no solo en el futuro, sino también en la eficacia de los métodos que conocemos para solucionar los problemas sociales.

Un síntoma preocupante del periodo actual es el debate, cada vez más frecuente, sobre la inminencia de una gran guerra. Un miedo que creímos dejar atrás definitivamente en la década de los 90 vuelve a hacerse sentir. Y ello a pesar de que muchos expertos señalan que en realidad no existen fundamentos reales que justifiquen la nueva carrera armamentística ni un choque serio de intereses. Sin embargo, la frontera entre realidad y ficción está hoy muy difuminada.

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Publicado originalmente en ruso en Rossiyskaya Gazeta

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