Ayer viernes, a las 23.24 (hora de Moscú), un asteroide de unos 50 metros llamado 2012-DA14 pasó de puntillas junto a la Tierra. Jamás los radares han detectado una roca pasar tan cerca. Nos sobrevoló a unos 27.000 kilómetros de distancia de la superficie terrestre, casi 8.000 kilómetros por debajo del cinturón de satélites en órbita estacionaria. Los científicos descartan que exista alguna posibilidad de impacto contra nuestro planeta. Pero no  siempre los terrícolas hemos tenido tanta suerte.

El 30 de junio de 1908, una tremenda explosión partió en dos el cielo de Tunguska, un remoto lugar de Siberia. Tal vez fue un asteroide o un trozo de cometa. Pero fuese lo que fuese logró arrasar más de 2.000 kilómetros cuadrados de tundra, derribó 80.000 árboles, hizo volar varios metros a los caballos y tumbó carruajes y personas a 500 kilómetros de distancia. Después vino algo más extraño todavía: una rara luz iluminó el norte de Europa y Rusia durante varias noches hasta el punto que los periódicos de la época aseguran que se podía leer bajo la luna, como expuso un lector de ‘The Times’ en una carta al director ese mismo año sin que nadie pudiese darle una explicación.

En Rusia, inmersa ya en las agitaciones de los últimos años del zarismo, el impacto se acogió con bastante más zozobra. El corresponsal del periódico británico 'The  Observer' escribía décadas después que aquel día “muchos rusos pensaron que se trababa del fin del mundo, dejaron sus pertenencias y se refugiaron en monasterios, para rezar ante el inminente Día del Juicio Final”.

La Rusia de los zares no tuvo prisa en ponerse a investigar el suceso, que se achacó a una advertencia divina sobre el mal camino que estaban tomando los mortales. ¿Qué ocurrió en Siberia aquel día? La época tan pretérita y lo inaccesible de la zona dejan demasiados interrogantes. Hasta 1921 no llegaron las primeras expediciones a la zona, y encontraron cosas muy extrañas. El bosque estaba arrasado, sin rastro de árboles viejos y muchos doblados como fichas de dominó. Pero no había cráter ni restos de roca. La hipótesis de que el responsable fuera un cometa ganó fuerza a partir de entonces, pues solo así se explican estos síntomas en la zona. El mineralista Leonid Kulik (1883-1942), al frente de aquella primera expedición, decidió volver a la zona en 1927. Fue un viaje infernal a través de tormentas y bajo temperaturas de 40 grados bajo cero. Escogió un nativo de esa zona para que le guiase hasta el lugar del impacto y por fin logró encontrar huellas sobre el terreno.  

Pero un equipo de investigadores italianos ha asegurado tener nuevas pruebas que apuntan a la caída de la roca.  Un lago cercano puede ser el tan buscado cráter del llamado ‘evento Tunguska’, que ha inspirado hasta un capítulo de la serie ‘Expediente X’. “La hipótesis más probable, pero no probada, es que se tratara de un asteroide pequeño de unos 50 o tal vez 60 metros de diámetro [similar pues al que hoy viernes nos ‘visitará’] compuesto por carbono y que debido a su baja densidad no pudo resistir la entrada en la atmósfera, experimentando una fragmentación y vaporización de tipo explosivo”, explica Mario Di Martino, del Observatorio Astronómico de Turín, que a finales de los noventa visitó el remoto paraje siberiano y ha seguido deshaciendo el misterio desde entonces.

En 2009 un grupo de expertos de la Universidad de Cornell halló evidencias de que el evento pudo haber sido provocado por un cometa que se desintegró en el aire. Pero parece que partículas diminutas parecidas a los componentes de los meteoritos también han aparecido en la madera de los árboles caídos. Ése es el rastro de un meteorito.

Di Martino  cree que todas las pistas no son suficientes para llegar a una conclusión firme, pero los científicos creen además que el lago Cheko, puede esconder el cráter de la explosión. De hecho, los científicos creen que hay un objeto en el fondo del lago, lo que podría ser algún resto pétreo del meteorito. Pero eso es algo que no se puede asegurar al menos hasta que alguien llegue al fondo del lago dispuesto a desenterrar la estruendosa incógnita y esto requiere mucho dinero. “Haría falta un magnate del gas o el petróleo  que financiase esto, que sería una bella iniciativa publicitaria y un paso positivo para la ciencia, especialmente en Rusia, donde muchas personas son conscientes de este extraordinario evento”. Pese a las semanas que pasó perdido en la taiga, el científico reconoce: “El misterio de Tunguska permanece”.

 


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