Cuando algo se desmorona en Ucrania, la razón es siempre la misma: que este es un país sin ley, y Putin hace lo que quiere. Pero cuando algo se desmorona en los Campos Elíseos, en las islas de los bienaventurados, en la tierra prometida del bien, de los prodigios y del orden, allí donde se preocupan por que nada caiga ni se hunda, ¿qué debemos pensar entonces? Nuestro cerebro no puede pensar en ello sin colapsarse. La UE en sí no nos salva de que se nos caiga el techo pero, por alguna razón, hablar de ello se considera poco decente. 

También se considera indecente decir dos o tres cosas relacionadas con el triángulo Ucrania – Rusia – UE.

Ucrania está molesta porque el gobierno que la propia población ha escogido no permite que el país entre en Europa. Europa se indigna porque quien no permite a Ucrania entrar en Europa es el Kremlin. Aunque enfadarse porque sea el Kremlin el que no lo permite significa reconocer que este es más fuerte. 

Aunque la verdad es que la familia europea no se siente incompleta sin Ucrania. Tampoco se sentiría incompleta sin otros muchos países. Hace diez años los griegos se indignaron porque Bruselas había publicado un folleto para la población sobre la historia de la Europa Unida en el que se remontaban hasta el imperio de Carlomagno. Mi espíritu estaba con los griegos, aunque mi cabeza también comprendía a Bruselas. 

La familia europea no se siente incompleta sin otros muchos vecinos cercanos, como Rumanía, Bulgaria, Serbia, Macedonia, Albania, así como Letonia y Lituania,  incluso sin Grecia y Chipre, antiguos países miembros con una larga trayectoria capitalista. Por el contrario, la familia europea se queja: ¿para qué tenemos a estos países, de qué nos sirven? “Rumanía y Bulgaria deberían estar contentos de haber saltado a tiempo a bordo de este tren en marcha”, me dijo en 2007 en Bucarest un embajador de la UE muy conversador. 

Las tablas de la página 23 del Eurobarómetro muestran que la mayoría de los ciudadanos, tanto de los antiguos países como de los nuevos miembros de la UE, consideran que el proceso de ampliación de la Unión Europea ha finalizado. Y este sondeo se llevó a cabo justo después de lo sucedido en la Plaza de la Independencia. 

A la familia europea Ucrania en general le da igual. A Europa lo que le importa es Rusia. Hace ver que piensa en Ucrania, pero en realidad tiene en mente a Rusia. Si más allá de la frontera de Ucrania comenzara un estrecho y tras este hubiera el Cáucaso, si más allá de su frontera comenzara el océano, Europa tomaría las decisiones partiendo únicamente de sus relaciones con Ucrania, de si es o no cercana, europea, etc. Pero la familia europea toma las decisiones sobre Ucrania, Georgia, Moldavia, Bielorrusia, partiendo de sus relaciones con Rusia. Es más, no parte de sus relaciones, sino simplemente del hecho de que lo que existe es Rusia y no ese deseado océano. 

Por muy distintas razones de las que ahora es difícil olvidarse e incluso sin ninguna razón, por mera costumbre, Europa opina que no hay que dejar las cosas al azar. Porque el azar es peligroso y puede llevar a la expansión de Rusia, que se expandirá eternamente. Y esto no sería bueno. 

En el triángulo de las relaciones Europa – Rusia – vecinos de Rusia, no puede existir un momento en el que Rusia de pronto se encuentre más cerca de Europa que Ucrania o cualquier otro vecino común. 

Independientemente del régimen, del gobierno, de la ideología que haya en Moscú, el vecino de Rusia será un pariente más cercano de Europa que la propia Moscú. Evidentemente, existe la apertura de un nuevo mercado, pero la razón principal del acercamiento entre Europa y Ucrania no está en la atracción de Europa hacia Ucrania, sino en el rechazo de Moscú por parte de Europa. 

Por ello no es cierto que Europa vaya a salvar a Ucrania del autoritarismo ruso. Su elección a favor de cualquiera de sus vecinos, y no de Rusia, no depende de ningún modo de quién gobierne en el Kremlin. Europa no establecerá de ningún modo su frontera ni a lo largo del Océano Pacífico ni a lo largo de los Urales. La frontera pasará cerca del Dniéper, un poco a su izquierda o a su derecha. 

Para la familia europea cualquier vecino de Rusia, por el mero hecho de que no es Rusia, será preferible. Y no existe ningún régimen político en Rusia que pueda remplazarlo. Y esta es la prueba de que Europa habla de Ucrania pero piensa en Rusia. Europa quiere que Ucrania se separe de Rusia por su propia cuenta. En Europa saben perfectamente que la separación de Ucrania y Rusia no es empresa fácil, pero quieren que Ucrania pague ella misma este coste con entusiasmo y con la fe en su sueño.

Y la Europa en la que piensa Ucrania (una familia igualitaria, educada y rica) es, evidentemente, un sueño. Esa Europa no existe. Allí hay ricos y pobres, y algunos países son más igualitarios que otros. Unas cuantas firmas en un papel con estrellas dibujadas no pueden cambiar ni el medio, ni la calidad y cantidad de la población, ni el producto interior bruto ni la relación entre deuda y reservas. Si se mira con frialdad, Lukashenko tiene mayor igualdad en sus relaciones con el Kremlin que los griegos con Merkel: que intenten si no los griegos imponer al director de un consorcio alemán. 

La adhesión a la Unión Europea no ha vuelto más occidental a ningún país de la Europa del Este. 

Artículo publicado originalmente en ruso en Slon.ru.