La batalla histórica de la flota rusa en el Mediterráneo

3 de abril de 2015 Francisco Fornals, para RBTH
Desde hace más de dos siglos los cuerpos de cientos de marinos rusos descansan en Menorca. En la actualidad se plantea colocar un nuevo monumento en su memoria.
Cuadro de Aivazovski
Cuadro de Aivazovski

Durante el reinado de los  zares Pedro y Catalina, en el siglo XVIII Rusia se transformó en una gran potencia europea. El zar Pedro el Grande inició la formación  de una gran flota militar, que Catalina acabó de perfilar en la segunda mitad del siglo XVIII con ayuda británica.

Hasta entonces, la Flota rusa estaba confinada en el mar Báltico, bloqueada por los hielos durante los meses invernales. Para que una escuadra sea eficaz tiene que serlo en todos los mares y en todas las condiciones meteorológicas, lo que precisaba  el acondicionamiento técnico de buques, bases navales y el adiestramiento minucioso de la tripulación. 

Rusia  necesitaba una salida al Mediterráneo por sus costas del Mar Negro. Gran Bretaña le ayudó en esta la gran travesía, facilitándole la escala en los puertos británicos, el apoyo de sus astilleros y la preparación de sus mandos en las escuadras británicas, además de la inclusión de algunos oficiales de la Royal Navy en la flota rusa.

Este cambio implicaba el enfrentamiento con el Imperio turco, que aunque ya decadente, conservaba aún una notable pericia en la navegación y el mando de las escuadras en todos los mares del mundo.

Para emprender este reto marítimo Catalina confió el mando de su Flota al almirante Spirídov, que demostró su capacidad de mando para superar las dificultades que se presentaron. Los británicos no tenían demasiada confianza de que tan difícil reto pudiese ser superado por la marina rusa. No obstante, tanto mandos como marineros, resolvieron brillantemente las difíciles situaciones que se les presentaron en la travesía y en el posterior combate naval contra los turcos.

El primer escuadrón de la flota rusa mandado por Spirídov que atravesó el estrecho de Gibraltar llegó al puerto de Mahón (Menorca) en unas condiciones un tanto adversas, con gran parte de las tripulaciones atacadas por el escorbuto.

Murieron un gran número de marineros y sus cuerpos fueron enterrados en Cala Figuera, en el propio puerto de Mahón. Andreas, el hijo del almirante murió también, y está enterrado en la iglesia de la Concepción de Mahón, antes iglesia ortodoxa de la colonia griega de esta ciudad.

Los cientos de marineros fallecidos por el escorbuto fueron trasladados años después al cementerio de la colonia ortodoxa griega, en Mola de Mahón en el año 1820. El monumento se mantuvo unos 40 años y acabó desapareciendo. En la actualidad no queda resto alguno.

Superado el escorbuto, la flota rusa continuó sus singladuras hasta el mar Egeo. Se enfrentó y derrotó brillantemente a la escuadra turca en la batalla de Chesma (1770) frente la costa de Turquía.

Al firmarse la paz, los rusos abrieron el Mar Negro a su navegación, donde pocos años después se levantaba el puerto de Odessa, y en la península de Crimea, el puerto de Sebastopol, que llegó a ser la base naval de la Marina del Mar Negro, con la que la zarina Catalina había soñado.

Esta fue una temprana aproximación de Rusia al mundo occidental, por medio de su Marina de Guerra, que llegó a ser muy frecuente en el Mediterráneo en los años siguientes.

La presencia rusa en el Mediterráneo se debe a la flota zarista y sería un olvido  imperdonable  no reconstruir el monumento a sus marinos enterrados en la Mola de Mahón en 1820.

Esperemos que pronto Rusia levante de nuevo el obelisco en recuerdo a los marineros de la escuadra del almirante Spirídov, fallecidos en 1769. 

Francisco Fornals Villalonga es coronel y director del Museo Militar de Menorca, miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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